quinta-feira, 12 de dezembro de 2013

La locura de Hamlet y la del mundo por Antoni Vicens


“¿Alguien comprende ni tan solo a Hamlet? No es la duda, sino la certeza lo que lo enloquece... (...) Todos tenemos miedo de la verdad.”
“Shakespeare (...) concibió el tipo de César. Una cosa así no se inventa.”
Friedrich Nietzsche, Ecce homo


Hamlet sigue avanzando hacia nosotros, armado de pies a cabeza con los signos de nuestro ser, y nos arroja su desafío: ¡Ven hacia mí, si puedes. Sal a mi encuentro y encuéntrate a tí mismo! Sé el hombre de deseo que dices que quieres ser; pero antes pasa por mi historia.
Jacques Lacan dedicó a Hamlet sus siete lecciones de seminario el año 1959 en un momento crucial de su carrera y de su enseñanza. La necesidad de hacer reconocer el valor de la formación psicoanalítica que él y su grupo dispensaban aparece como un acto en el cual el sentido de su clínica, de su elaboración conceptual y de su política estaban a punto de dejarlo, como el hombre auténtico, solo con su deseo. Creo que esas lecciones que dedicó a Hamlet ilustran la posición tomada por Lacan en el destino del psicoanálisis, y anticipan los contenidos de lo que desarrolló en el seminario del curso siguiente, La ética del psicoanálisis. Quiero decir con esto que anuncian el viraje extremo que tomaría su trabajo, y que de hecho nos lleva hasta las instituciones actuales del psicoanálisis.
Lacan presenta a Hamlet como a un hombre de deseo, que no puede dejar de actuar, pero cuya acción es pospuesta. No indefinidamente, sino hasta un punto muy preciso: Hamlet sólo hace lo que ha de hacer - matar a Claudio - cuando él mismo ya está condenado a muerte sin remedio.
En este trayecto nos muestra su culpabilidad inconsciente: aquella que se liga a su ser. “Le es insoportable ser”, dice Lacan. Y su monólogo To be or not to be, el solo hecho de pronunciarlo, lo lleva al compromiso de ser. L’engage (...) dans l’être, dice Lacan, haciendo referencia a las doctrinas entonces próximas del engagement; pero también l’engage se lee langage. Leamos pues ahí que Hamlet enseña el compromiso de nuestro ser con el lenguaje.
Hamlet desea, pues, pero no sabe qué quiere. Avanza en la vía de su deseo, pero sólo lo asume cuando ha entrado en un espacio cuya lógica había de desarrollar Lacan en su Seminario al año siguiente. Se trata del espacio privilegiado de la tragedia: la dimensión del ser entre dos muertes. En la tragedia Edipo rey, lo que introduce a Edipo en esa dimensión es la peste de Tebas; y a Antígona su acto fatal la conduce a ser enterrada en vida, muerta antes de morir, para morir después de muerta.
A través de la obra de Freud, el psicoanálisis recupera ese espacio para nuestros tiempos “áridos del cientifismo”. En este sentido, la lectura de Hamlet es muy ilustrativa porque, a diferencia de Edipo, que es un héroe de los tiempos antiguos, Hamlet es un hombre de nuestra época: es el sujeto de la ciencia, el hombre contemporáneo a The Advancement of Learning, de Francis Bacon, que antecede en poco al Discurso del método cartesiano.
Hamlet es un hombre que sabe y, podríamos decir, que sabe demasiado. Así como Edipo, dice Lacan, mata a su padre y se casa con su madre sin saber que lo son, Hamlet es aquel que, de entrada, y merced a la palabra del espectro, ya sabe. Y precisamente sus dificultades provienen de ese saber y de su dominio. Es por eso que se impone a sí mismo una forma de locura: suspendido como está a la hora del Otro - como dice Lacan en su Seminario -, se ve obligado a desconcertarlo en busca de la oportunidad de llevar a cabo su política.
De otro lado, la tragedia nos muestra que su deseo no se realiza si no es pasando por todo un campo de obstáculos especulares. Y si lleva adelante su deseo es frente a esos espejos. Nos encontramos ciertamente en el espacio de la política de los tiempos modernos: el palacio de Versalles es un palacio de espejos; y también cuando se firmaron los tratados que supuestamente habían de poner fin a la Gran Guerra.
La tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca se desarrolla entre unos personajes inolvidables. Digamos para empezar que Ofelia no es el espejo de Hamlet, sino que, precisamente, ella es la ocasión de que surja el objeto que no tiene imagen especular. Ofelia es para Hamlet la idea que él tiene del ser: o es una condena o es un don. Si, de un lado, Ofelia representa la matriz, Hamlet precisa que de esa matriz saldrán nuevos condenados. Si, por otro lado, Ofelia es el objeto más precioso, el objeto excelente, si es lo que viene a completar el narcisismo masculino de Hamlet, si responde a la figura de lo que significa su nombre - como dice Lacan: o phallos, el falo -, entonces Ofelia es el signo propicio del don del amor. Es en esa vacilación donde se juega la ambigüedad de la actitud de Hamlet con Ofelia. Pero a esos dos aspectos de Ofelia hay que añadir un tercer paso: es el de Ofelia muerta. Y es ahí donde ya no quedan espejismos; Ofelia muerta es la ocasión para que el héroe pronuncie su cogito y asuma su ser: This is I, Hamlet the Dane. Lo que quiere decir: “A mí me toca hacer su duelo; y con el trabajo de ese duelo asumo mi deseo”.
Claudio, en un sentido, es un personaje edípico, es aquel que hizo lo que Hamlet no se atreve a hacer: matar al padre; pero, al mismo tiempo, encarna el poder real. Aunque hay que decir que, como político, resulta bastante mediocre: si de un lado consigue detener la ofensiva de Fortimbrás, del otro aparece como un rey culpabilizado, dividido pues, y que no puede llegar a dar la talla. De hecho, con sus decisiones políticas, va destruyéndose más y más, como un hombre poseído por la pulsión de muerte. Fijémonos en cómo ha de soportar todas y cada una de las insolencias de Hamlet; y cómo no consigue convertirlo en uno de sus hombres fieles, ni tan sólo ofreciéndole la sucesión al trono. Utiliza como espías a dos tontos como Rosencrantz y Guildenstern; ha de esconderse ridículamente tras los tapices para espiar; tiene remordimientos todo el tiempo y por todo lo que hace; no le cae bien el vestido de rey; no soporta verse reflejado en la pantomima; prepara un complot para matar a Hamlet, y le sale mal; esconde la muerte de Polonio y provoca una rebelión popular. La obra nos da los suficientes indicios de que fue él quien hizo matar a Ofelia, pero es sólo porque no sabe qué hacer con ella. Y, finalmente, prepara un segundo complot para matar a Hamlet que acaba llevándose a todo el mundo y dejando el reino en manos de otra dinastía. Y, para colmo, ni siquiera es él quien vota por el nuevo monarca, sino que lo hace Hamlet moribundo.
Gertrudis, por su parte, es una mujer dividida entre un amor enfermizo por su hijo y un deseo tan grande de no dormir sola - con béant, según el calificativo de Lacan -, que acorta su duelo de viuda hasta servir su cuerpo aún caliente del anterior marido al usurpador. Y dejamos de lado su hipotética participación en el asesinato de Hamlet, cuyo examen resultaría muy elocuente para la comprensión de aquel amor idealizado que, según Hamlet hijo, le tenía su padre.
Lacan nos hace prestar atención también al hecho de que Laertes, amigo de Hamlet, amigo de verdad, a pesar o quizá a través incluso de su rivalidad, viene a ser su imagen especular, tal como él mismo se lo dice cuando acepta el duelo: I’ll be your foil, Laertes!: “seré tu espejo, seré la hoja brillante sobre la cual darás tu reflejo mejor”.
En efecto, La tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca se nos presenta como un juego de espejos en el cual el espectador es capturado. La play-scene es como el espejo en el fondo de Las meninas, donde nos vemos reflejados, pero precisamente ahí donde no nos corresponde estar: en el lugar de los reyes que está pintando Velázquez. Cuando Claudio se ve en la pantomima, no puede ver más que aquello que pone en crisis su cualidad de rey: su culpa, su interior; olvidando lamentablemente que los reyes no tienen interior.
La obra propone también otra simetría, la que se produce entre la corona de Dinamarca y la de Noruega. Como dice Hamlet, en una línea que ha desafiado las interpretaciones, I am but mad north-north-west, “Sólo estoy loco nornoroeste.” En efecto, esa es la orientación exacta de la línea recta navegable que conduce desde Elsinor hasta la capital de Noruega. En cambio, dice Hamlet “cuando el viento sopla del sur, sé distinguir un halcón de un serrucho.” Es que, exactamente al sur de Elsinor, en su mismo meridiano, está Wittemberg, en cuya Universidad Hamlet aprendió las distinciones básicas del lenguaje y las artes políticas de los tiempos modernos.
Noruega es pues el “Otro escenario” de la obra, que nunca aparece en escena, pero que está presente todo el tiempo. De ahí van llegando indicios hasta que, con el desenlace de la obra, podríamos decir que el espejo se gira: de Hamlet padre a Fortimbrás padre; de Hamlet hijo a Fortimbrás hijo; y en ambos casos un tío mediador.
En este juego de escenarios, y en relación con los personajes de la tragedia, se desarrolla la locura de Hamlet, en la que distinguimos tres formas, que llamaremos la neurosis hamletiana, la locura bufonesca de Hamlet, y una tercera clase de locura, que hay que referir a la locura del mundo.
En primer lugar pues, Hamlet es un neurótico; o podríamos decir incluso que representa la neurosis misma. Tal como dice Lacan, le es insoportable ser; se siente culpable por su ser. No puede atacar a Claudio, porque ve en él a su padre; y si se ve ahí a sí mismo es en tanto que hombre de su madre. Y de otro lado, no puede separarse de Gertrudis, está fijado a ella. Y es precisamente por todo eso que se encuentra sin saber qué es lo que ha de querer; a la vez que está embarazado con un saber que lo impulsa inevitablemente a actuar. En este sentido, procrastina; pospone su acto. Y esa neurosis se cura: cuando Ofelia está muerta, surge, del duelo, la posibilidad de una nueva metáfora y de un nuevo objeto motor de su deseo. Lo que equivale a la recuperación freudiana del superyó con el acontecimiento inconsciente denominado por Freud complejo de castración.
Pero, de otro lado, Hamlet, a partir del momento en que sabe las circunstancias de la muerte de su padre el rey, adopta como estrategia política la de hacerse el loco, la de actuar como un bufón de corte, personaje de otro lado bien shakespeariano. No es por nada que, en la escena con los enterradores, se encuentra frente a frente con la calavera de uno de ellos, de uno de los auténticos, de los que ya no quedan en el tiempo de Hamlet hijo, un bufón al que profesó verdadero amor y que le enseñó cosas esenciales en su formación como hombre de corte. Y, a partir de ahí, Hamlet representa la transformación en la que hacerse el loco pasa a ser, como dice Lacan, una de las dimensiones esenciales en la política del héroe moderno.
La de hacerse Hamlet el loco es una maniobra que saca de sus casillas a Claudio y lo pone a su merced. Maniobra política de gran vuelo que contrasta con las intrigas anticuadas y ridículas de sus adversarios. Véanse, por ejemplo, los caricaturescos consejos que Polonio da a Laertes como viático. De esa locura, lo más divertido es quizá la respuesta psicoterapéutica que, como indica Lacan, despierta en Polonio. Su diagnóstico es: “Vuestro noble hijo está loco, loco, loco.” Y la causa de esa locura es el amor.
Hamlet, en efecto, se pone a hablar de una manera casi maníaca, como diagnostica Lacan. Juega a negar el sentido, a desligarse del falo, del falo monárquico por ejemplo. Con lo cual no diremos que ridiculiza a sus adversarios, sino, mejor, que hace surgir la thing que se esconde bajo los ropajes, los brillos, los toques de trompeta de la corte. Y es precisamente por aquí que esta segunda locura de Hamlet nos lleva a la tercera. Pero antes de hablar de ella, habremos de referirnos a la locura del mundo.
A lo largo de La tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca, Shakespeare esparce numerosos indicios del desorden del mundo en el que viven tanto Hamlet como los demás personajes. Por ejemplo, conocemos cómo Lacan resalta un detalle que había escapado a los lectores más perspicaces de la obra, que se encuentra en su comienzo mismo, en la escena del cambio de guardia. El que llega pregunta: Who’s there?, “¿Quién está ahí?” - cuando la pregunta debería haberla hecho quien hace la guardia. Y éste replica, naturalmente: “No, respondedme a mí. Deteneos. ¿Quién sois?” Desde el mismo comienzo de la obra se nos indica que algo está trastocado. El sentido de estas réplicas es: ¿Hay alguien que vigile, aquí?
Unas líneas más abajo, Horacio y Marcelo hablan de la aparición, como de un presagio, “de alguna extraña erupción en nuestro estado”. Parece, vienen a decir, que el cadáver del valiant Hamlet, de Hamlet padre, se remueve en su tumba, porque el joven Fortimbrás quiere atacar el estado, el cual, en estas condiciones, está en pie de guerra. Horacio recuerda entonces los presagios que anunciaron la caída de César: muertos saliendo de sus tumbas, cometas y eclipses. Y sólo por una fanfarronería denegadora Claudio se burla de ese joven Fortimbrás que cree que, muerto Hamlet padre, “el estado está desamparado y fuera de quicio”.
Recordemos también la frase de Hamlet: All is not well, “No todo está bien”. O la famosa réplica de Marcelo: Something is rotten in the state of Denmark, “Algo está corrompido en el estado de Dinamarca.” O también cómo, al final del primer acto, Hamlet utiliza palabras parecidas a las de Claudio, pero él afirmativamente: “Los tiempos están desquiciados.”
Es pues en relación con este desquiciamiento de los tiempos que, como dice Hamlet, “El rey es una cosa; una cosa hecha de nada”. Y es de ahí que proviene la tercera clase de locura hamletiana.
En la obra escuchamos de la boca de Hamlet algunas manifestaciones que apuntan a señalar que él, Hamlet en persona, sabe muy bien lo que es ser rey, lo que es ser rey en los tiempos que le toca vivir; y también que sabe que ese rey que ahora gobierna Dinamarca, un “rey de harapos y remiendos”, es demasiado corpóreo, demasiado obsceno para representar la verdad de la corona: es indigno.
Por ello se lo puede capturar, al rey, su consciencia culpable, con una representación teatral: The play’s the thing, Wherein I’ll catch the conscience of the King. “La obra de teatro es la cosa en la cual capturaré la consciencia del rey.” Esto es tanto como decir que Claudio no está a la altura de la thing incaptable que el rey ha de representar. Y es el propio Claudio quien, justo antes del monólogo de Hamlet To be or not to be, se compara con la puta que no vale ni la cosa - the thing - que le sirve para maquillarse.
Y también, cuando Rosencrantz le suplica a Hamlet que indique dónde está el cuerpo de Polonio, Hamlet responde: “El cuerpo está con el rey, pero el rey no está con el cuerpo”, lo que señala de nuevo la incapacidad de Claudio para ser la cosa de nada que sostiene la corona.
El rey, pues, es una cosa. Es, de un lado, el falo, la sombra alargada, outstretched, erecta; es una anamorfosis; pero también es polvo, un cuerpo finalmente, mortal como tal. Pues bien, esta dualidad está presente todo el tiempo en La tragedia de Hamlet, y la tragedia es que nunca llega a ser sintetizada.
Ciertamente, en la transmisión de este poder real, de padre a hijo especialmente, hay algo que falla. Pero hemos de entender también el cambio de época que se produce entre Hamlet padre y Hamlet hijo. En efecto, Shakespeare los utiliza para representar una transformación capital que se produce en Europa en la constitución de la monarquia, una transformación de la que fue pionera la Inglaterra del Renacimiento. Es algo sobre lo que nos ilustra el libro de Ernst Kantorowicz, publicado en los EEUU dos años antes del Seminario de Lacan sobre Hamlet: The King’s two Bodies, o: Los dos cuerpos del rey. En él vemos de qué manera Inglaterra se avanzó un siglo respecto del continente en la identificación clásica del monarca con el Estado, que para los franceses llegaría a su cumbre con Luis XIV. Kantorowicz describe minuciosamente las nociones teóricas que contribuyeron a una transformación paulatina, que quizá pasó desapercibida para los contemporáneos, pero de la cual el genio de Shakespeare nos permite captar algunas dimensiones.
Es de destacar la interesante lectura que Kantorowicz hace del Ricardo II de Shakespeare, y la forma en que muestra cómo una noción cristiana como la de cuerpo místico fue secularizándose hasta formar la noción del cuerpo del Estado que, desde el Renacimiento hasta nuestros días, es vigente. Kantorowicz muestra cómo, desde el Renacimiento, el rey está provisto, de hecho, de dos cuerpos: uno caduco, mortal, hecho de realidad, y otro inmortal, permanente, ficción de la realidad del reino. Así se hace posible que el rey, siendo como es la cabeza del Estado, sea a la vez su cuerpo entero, y que el rey, de legitimar su poder por el uso de la fuerza, pase a ser el sostén corporal del Estado.
En el paso de la edad media al Renacimiento, el rey se sitúa, como una nueva e inédita figura del tiempo, en el espacio intermediario entre la eternidad y la temporalidad. Como los ángeles, es creado y temporal, a la vez que, permanente como es, es un ser inmortal.
La monarquia moderna nace provista de la noción de un tiempo que, aun siendo infinito, posee un pasado y un futuro: es el tiempo de la crónica, antecedente de la historia propiamente dicha. Y, si el cuerpo del rey es una ficción - Kantorowicz insiste en el hecho de que, nacida esta doctrina en Inglaterra, no podía consistir en una abstracción, sino en una ficción -, es una fictio figura veritatis, como decía santo Tomás, o una verdad con estructura de ficción, como dice Lacan.
Lo que aquí nos interesa subrayar que es el cuerpo del rey, un cuerpo instalado en la dimensión de la inmortalidad, lo que sostiene esta ficción. Y es así que el rey no muere nunca: él es la continuidad dinástica: Corona non moritur. Es un ave fénix: “!El rey ha muerto! ¡Viva el rey!”.
El rey tiene pues una existencia doble: doblemente amenazada, doblemente mortal, por la muerte que le amenaza a él, y por la Otra muerte, la que amenaza a la corona. Esta es pues la thing, la cosa que es el rey: un ser que tiene que componérselas con esas dos muertes. Y esta es también la cosa que debe llegar a ser el rey en Dinamarca, justo en el tiempo que va de Hamlet padre - un rey sacado de una saga medieval, que se juega, él con su único cuerpo, en un duelo a muerte, un trozo del reino - a Hamlet hijo, que sabe ya qué cuerpo de ficción son los reyes.
Vemos entonces lo que tiene Hamlet frente a sí: llegar a ser esa cosa, aceptar serla, encarnar esa ficción que figura la verdad. Y, efectivamente, no faltan las referencias de Hamlet a sus derechos a la dignidad real, a su legítima pretensión a la corona. Y es algo que también tiene presente Laertes cuando advierte a Ofelia de que la elección de esposa por parte de Hamlet se ha de ceñir a la ley y a los consejos de este cuerpo del cual él es la cabeza.
Recordemos también cómo, después de la frase: The time is out of joint, “Los tiempos están descoyuntados”, Hamlet añade: “Maldita suerte, que hubiese de nacer yo para enderezarlos”. Entendamos: para ponerlos en el Derecho. Y evoquemos también cómo Ofelia, en la cima de su locura de angustia, pregunta: “¿Dónde está la bella Majestad de Dinamarca?”. Se trata de la misma majestad que ella había de representar con Hamlet después de la venganza. Pero de algún modo Ofelia sabe que Hamlet fue enviado a la muerte - y que la Majestad de Dinamarca es Claudio, un cobarde “hecho de harapos y remiendos”.
Hamlet, por lo que a él respecta, se comporta realmente como un rey. No es por casualidad que se va a Inglaterra llevando en su equipaje el sello del Danés, el sello de Dinamarca, el de su padre, aquél cuyo guardián es ahora su linaje. Y también tiene este sentido de asunción de la realeza el grito que profiere desde dentro de la tumba de Ofelia: “Soy yo, Hamlet el Danés.” Y también deja claro a Horacio, cuando le relata la aventura del barco, que “ese que ha matado a mi padre y ha puteado a mi madre, se ha interpuesto entre la elección y mis esperanzas”; refiriéndose, claro está, a las de ser rey. Ya señalábamos que sus últimas palabras, las que le dan su voto a Fortimbrás, son las de un rey.
Aquí reside pues la tercera locura de Hamlet: ha de ser rey. Ha de ser por tanto algo que es y no es a la vez. Pero esa cosa, esa thing hecha de nothing, no llega a serla sino muerto.
Esta locura se pone de relieve aún más si comparamos a Hamlet con otro personaje en el que Shakespeare estuvo ocupado durante la misma época.
Kantorowicz analiza Ricardo II de Shakespeare para enseñarnos los secretos del cuerpo del rey. Es especialmente relevante la escena de su abdicación; y cómo, cuando pide un espejo para verse, lo rompe enseguida sin poderse mirar en él. También en Macbeth, cuando las brujas describen la procesión de un linaje real, el último de sus miembros porta un espejo en el que están reflejados todos sus ascendientes.
En la tetralogía que forman Ricardo II, Enrique IV (primera y segunda partes) y Enrique V, escrita en la misma época que Hamlet, Shakespeare muestra un linaje real, una corona mantenida inmortal por unos reyes ingleses que, más o menos indignos, estuvieron con todo a la altura del poder del reino.
Y, sobre todo, destacándose sobre el foil, sobre el contraste que forma Falstaff, encontramos el que parece el contraejemplo de Hamlet: Hal, o Harry, el futuro Enrique V. Ciertamente, el espectador es sacudido por un escalofrío cuando el desconsiderado Hal, el sinvergüenza, creyendo ya muerto a Enrique IV, se prueba la corona y es sorprendido por su padre. A pesar de la desmesura de ese acto, no es de mal augurio. Cuando efectivamente muere Enrique IV, Hal es coronado como rey Enrique V. Manda entonces a paseo a Falstaff, y hace lo que ha de hacer. Luego vemos a Enrique V como un gran rey, vencedor de la batalla de Agincourt, con la que comienza el imperialismo británico.
También podríamos comparar los obstáculos de Hamlet para llegar a ser cuerpo de rey. Veánse sus monólogos: “Esta carne que se derretirá...”, y contrástense con el monólogo de Enrique V en la noche anterior a la batalla: Upon the King! “¡Todo sobre el rey! (...) ¿Qué tienen los reyes que no tenga la gente, sino las ceremonias, las constantes ceremonias?”
Y por lo que se refiere a la relación con la herencia, con los pecados del padre y la manera cómo Enrique IV se había hecho con la corona de Ricardo II, antes de la batalla explica muy bien que ya tiene ajustadas todas las cuentas: una tumba, dos monasterios, trescientos pobres; una tumba nueva para Ricardo, dos monasterios con monjes que cantan, y trescientos pobres que comen gracias a él; a lo que se añaden sus propias acciones, que lo pagan todo. No hay que hablar más de eso, hoy es san Crispiniano, y lo que hay que hacer es batallar.
¿Por qué Hamlet no puede actuar así? Él sabe que es el Danés, un equivalente al reino, y que el otro es un usurpador. Un buen asesinato de Claudio crearía un poco de caos, pero bastaría que él dijera entonces, desde su poder incrementado: “No os preocupéis. Yo soy el heredero legítimo. ¡Y tú, Polonio, jubílate!” - Durarás poco. - “Laertes, veamos qué has aprendido en la corte de Francia; Horacio, quédate de consejero; Rosencrantz y Guildenstern, seguiré exprimiéndoos como una esponja.”. Hamlet se casa con Ofelia, y continúa haciendo inmortal el cuerpo del rey.
¿Pero por qué Hamlet no hace nada de ésto? ¿Por qué se detiene horrorizado ante el vientre de Ofelia? No es porque le falten ni fuerza ni inteligencia. Y sin embargo, sólo muerto puede poner su cuerpo al servicio de la ficción monárquica; no puede prestarlo antes a ser soporte de los signos del poder. Sólo muerto puede Hamlet mirarse en el espejo de su linaje: sólo muerto, sólo en un espacio entre dos muertes realizado como sacrificio. El por qué de esa su incapacidad ya lo sabemos: es un neurótico. Y lo es en la dimensión de los signos de la realeza, la cual es, todo el tiempo, su vocación, su destino: su deseo.
Pero Shakespeare nos invita a seguir preguntándonos: ¿Por qué Hamlet es un neurótico? Y la solución nos la dan los clowns sepultureros. Lo sabe cualquier simple: Hamlet nació el mismo día en que “nuestro último rey Hamlet venció a Fortimbrás”.
Situémonos en la época. Un duelo como ése no se improvisaba: se preparaba con tiempo, se anunciaba, la gente acudía. Y Hamlet fue concebido, y luego vino al mundo, bajo la sombra de ese duelo. La reina Gertrudis llevó en el vientre un hijo, que quizá viviría, que quizá sería varón. Y fue así, y rompió aguas el mismo día en que ella estaba en peligro de quedarse viuda y el reino descuartizado. Ese niño sería heredero de un rey que, en la situación del momento, esperando la hora fatídica del duelo a muerte de los reyes ya era, por anticipación, un muerto. Y esto sucedía con un rey de los tiempos antiguos, cuando los reyes tenían un solo cuerpo que, como en ese caso, era idéntico al reino.
Esta era la situación que Hamlet tuvo que encontrar en la repetición: un duelo que lo haría, o muerto, o rey; y definitivamente the Dane, el Danés.
Tengamos en cuenta que, además, al hijo que había de nacer le pusieron el mismo nombre de su padre; para Gertrudis era un Hamlet por otro.
Y es porque el padre murió anticipadamente en aquella decisión de jugarse la vida que ahora vuelve a aparecer, desde el mundo de los no todavía muertos del todo, vestido como el día del combate; y lo hace para recomponer el cuerpo inmortal del rey, para reordenar el linaje.
Hamlet es el sujeto concebido y parido bajo aquellos signos que, en la coyuntura de su tragedia, debe elegir entre aceptar y repudiar su herencia. Se trata de una elección forzada: no puede repudiarla; pero para aceptarla debe pagar un precio: no podrá, al contrario que Hal, calzarse la corona.
Los signos le matan el deseo, al mismo tiempo que se lo dan; es por esto que lucha, todo el tiempo, encarnizadamente, contra lo que lo mortifica. No se somete vergonzosamente al sacrificio, porque es, a pesar de todo, hombre de deseo.
¿Cuál podría ser la moraleja? Shakespeare, soporte de su monarca, la deja bien clara. Con La tragedia de Hamlet dice a sus contemporáneos: respetad la corona; es una ficción del reino; y más importante que el mismo rey. Fijaos en lo que pasa ese país, en Dinamarca, un país lo suficientemente lejano para no estar en la órbita inglesa, pero lo bastante cercano para no ser exótico: si falla, no el rey, sino la corona, el cuerpo político se desmembra; y, al cabo, acaba siendo conquistado por el extranjero.
Pero a nosotros nos interesa otra clase de genialidad: y es que Shakespeare no se limita a presentarnos el simple cuadro de los hechos y su moraleja, sino que trata a sus personajes como causas. Y por eso vemos en La tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca el vínculo que hay entre el inconsciente y las estructuras del poder, tal como hoy, como siempre, nos causan a todos.

 http://www.lacanian.net/Ornicar%20online/Archive%20OD/ornicar/articles/209vic.htm

Presentación del Seminario 6 - Jacques-Alain Miller

Voici un livre qui, dans l’édition que je viens de me procurer, compte 600 pages et se découpe en 24 chapitres. Cette épaisseur rend difficile de le résumer d’autant que tout son prix réside dans des analyses de détails. De plus ce livre, comme d’autres livres du séminaire, n’est pas un traité. Il ne constitue pas l’exposé d’une conception achevée. Ce n’est pas un texte dont la fin serait contemporaine du commencement. C’est un texte qui demande à être lu en tenant compte de son étoffe temporelle qui est faite d’une succession de prises de parole hebdomadaires sur toute une année universitaire. Il y a donc, d’une leçon à l’autre, des avancées, des corrections, des changements de perspective qui demandent à être relevés, notés, précisés à chaque fois. Et il y a des formules de Lacan parfois tranchantes qui paraissent définitives et qui ne seront plus reprises par lui ni dans un séminaire ni dans un écrit. Il s’agit donc de savoir, à chaque fois pour qui lit, si ce qui est lu est une pépite, un terme qu’il vaut de relever et de propager, de développer, ou si, au contraire, c’est un à-côté, un glissement qui est ensuite corrigé. Et en feuilletant une fois de plus, de nouveau, ce séminaire, cette fois-ci sous forme de livre, je me suis aperçu à quel point la question pouvait se poser pour de nombreuses phrases y compris pour des mots. Quand Lacan définit ici ou là un terme d’une façon qui restera unique, faut-il l’accentuer dans notre réflexion ? Est-ce que cela doit être repris parce que Lacan aurait là dévoilé un aspect méconnu ou est-ce qu’il s’agit d’un glissement, d’une dérive qui ensuite est corrigée ? Et l’exercice de lecture d’un séminaire, pour qui le lit, pour qui le rédige - l’ayant rédigé je suis aussi et encore à le lire - c’est de savoir d’une fois sur l’autre que la perspective se transforme, se déplace et que des corrections, le plus souvent tacites, sont opérées. Alors ici, dans cette masse de signifiants, je vais tirer un fil, un seul. C’est un fil qui, au début du séminaire, est très mince. Au début du séminaire, ce fil est perdu dans un écheveau mais, au fur et à mesure que progresse l’élaboration, ce fil s’épaissit et, finalement, devient une corde qu’on ne peut plus méconnaître. Plus personne ne peut le méconnaître. Ce fil c’est celui du fantasme.Ce séminaire s’intitule Le désir et son interprétation et c’est en effet dans la question de l’interprétation du désir qu’il prend son départ et au fur et à mesure que le séminaire progresse, il se révèle autre. Il se transforme de façon continue. Comme on voit dans les figures topologiques, il change de forme sans se déchirer. Et à la fin, il délivre une configuration sensiblement différente, très différente même, de ce qu’elle est au début. On ne connaît pas de livre de ce genre. En tout cas pour le moment je n’en vois pas de comparable. On en a d’autres comparables dans le séminaire de Lacan, mais ce livre est tout de même une sorte de livre très spécial. Pour aller vite je dirais que ce séminaire contient, élabore, la première logique du fantasme que Lacan a construite. Il y aura plus tard le Séminaire XIV qui portera ce titre de La logique du fantasme. Cette seconde logique du fantasme, la vraie si on veut, sera adossée à cet article de Lacan qui, je dois le supposer, a été étudié par beaucoup ici et qui s’appelle « Position de l’inconscient » et que Lacan a commenté dans son Séminaire XI, Les Quatre concepts fondamentaux à partir du couple de l’aliénation et de la séparation. Dans une note de l’édition des Écrits, Lacan signale que cet écrit « Position de l’inconscient » constitue le complément et presque le redépart de ce qu’il avait ouvert avec son texte inaugural « Fonction et champ de la parole et du langage ». Je m’étais jadis interrogé sur la valeur éminente que Lacan donnait à ce texte qui s’est trouvé rédigé au moment où il prononçait son Séminaire XI et qu’il a, dans le cours de ce séminaire, inclus dans ses commentaires.Le Séminaire VI comme première logique du fantasme reste dans le fil de « Fonction et champ de la parole et du langage » et il se centre progressivement sur la formule que Lacan donne du fantasme $ ◇ a. Cela s’écrit S majuscule avec une barre, ce que nous appelons le poinçon, c’est un losange, et le petit a qui est un a minuscule en italique. Nous pouvons d’emblée compléter le mot de fantasme par un adjectif qui vient à sa place essentiellement au chapitre XX, page 434, l’adjectif « fondamental ». Et cette expression a déjà, quand Lacan la profère dans son chapitre XX, figuré sous sa plume en particulier dans l’écrit qui précède exactement le séminaire VI à savoir « La direction de la cure ». Mais « La direction de la cure » est un rapport qui a été délivré en juillet de l’année 58 et Lacan commence son Séminaire VI en novembre de la même année. Le Séminaire VI prolonge donc le thème de « La direction de la cure ». Il prolonge en particulier la conclusion du texte qui porte précisément sur l’interprétation du désir. Donc c’est dans ce fil que ce Séminaire VI s’inaugure. Ce qui est affirmé à la fin de l’écrit est problématisé au début du séminaire VI qui prend la suite. Lacan conclut son article et, dans le fil-même, il rouvre la question et précisément la déplace. Et dans « La direction de la cure » on trouve, deux fois l’expression déjà du fantasme fondamental qui n’a pas encore dans cet écrit-même de précision. On trouve cette précision seulement dans le séminaire VI. L’expression « le fantasme fondamental » m’a paru mérité d’être portée en titre de ce chapitre XX et le fantasme fondamental ne se dit qu’au singulier. Chez Lacan il n’est pas monnayé sous la forme des fantasmes fondamentaux mais quand il apparaît dans son discours c’est porté au singulier. En quoi est-il fondamental ? C’est une question que jadis je m’étais posée et que nous nous étions posée dans un certain cercle et nous ne disposions pas d’un texte à ce moment-là qui nous permettait de trancher sur la valeur à donner à cet adjectif fondamental. En quoi est-il fondamental ? Je crois qu’on peut maintenant apporter cette réponse : en ce qu’il est minimal, c’est-à-dire qu’il s’écrit avec les deux termes de la formule et la relation à double entrée qui lie les deux termes. Cette relation est à double entrée puisqu’elle peut se lire dans un sens et dans l’autre. Ces deux termes et la relation à double entrée qui les lie sont sensés donner la structure minimale du fantasme. Il me semble qu’on peut dire que c’est une structure minimale du fantasme au sens où plus tard Lacan donnera la structure minimale de la chaîne signifiante en écrivant S1-S2. Il est d’autant plus justifié de rapprocher ces deux structures minimales que plus tard Lacan les regroupera, les articulera dans la formule du discours du maître, point de départ, canevas, du quatuor de ces discours. Avant même l’écriture mémorable de ce discours du maître on trouve déjà, dès Le Séminaire XI, adjointés ces deux couples de termes minimes.Dans cette même page 434, Lacan présente cette formule minimale comme la forme vraie de la prétendue relation d’objet et là, ce n’est pas un hapax, ce n’est pas dit une seule fois mais plusieurs fois au cours de ce séminaire. La véritable relation d’objet qui a fait le thème du séminaire IV de Lacan, la véritable relation d’objet se trouve au niveau du fantasme. C’est une assertion qu’on ne devrait pas admettre comme venant de soi. Elle veut dire, au sens de Lacan, que la relation d’objet ne se situe pas au niveau de la pulsion. Pourquoi ? Pourquoi, au fond, à cette date, n’y a-t-il pas à proprement parler chez Lacan, me semble-t-il, l’objet pulsionnel ? C’est qu’à cette date, dans l’élaboration de Lacan, la pulsion a le statut d’une demande et d’une demande d’autant plus impérative qu’elle est inconsciente. Comme demande, elle n’est pas attachée à des objets mais à des signifiants. Il y a parfois sur ce point des variations de Lacan mais je crois pourvoir dire que la pulsion dans le séminaire VI comme dans « La direction de la cure », désigne un rapport inconscient au signifiant et non pas à l’objet. Le rapport à l’objet se situe au niveau non pas de la pulsion mais du désir et ce par l’intermédiaire du fantasme. C’est ainsi que, dans son graphe, Lacan fait de la pulsion le vocabulaire ou plus précisément le code, c’est le terme qu’il emploie à l’époque, de la demande inconsciente, écrit $ ◇ D, tandis que le fantasme s’écrit $ ◇ a, a étant l’objet. Autrement dit et curieusement pour ceux qui suivent le cours de l’enseignement de Lacan et sont parfois entrés dans l’enseignement de Lacan par son dernier enseignement, avec la pulsion telle quelle est quand on lit le séminaire VI, on ne sort pas du signifiant. C’est seulement avec le désir qu’on a un rapport à l’objet par le biais du fantasme. Et d’une certaine façon je crois que tant que Lacan n’admettra d’objets qu’imaginaires, il n’y aura d’objet à proprement parler, que dans le fantasme. La page ne se tourne qu’à la fin du séminaire VI. En même tant que la page se tourne Lacan laisse de côté son graphe à deux étages qui suppose cet écart entre pulsion et fantasme. Tant que Lacan n’admettra d’objets qu’imaginaires, tant qu’il n’admettra d’objets que procédant du stade du miroir, tant qu’il n’admettra d’objets que dérivés de l’image de l’autre c’est-à-dire de l’image du corps propre, l’objet est celui du fantasme. Donc la difficulté pour ceux qui liront le séminaire VI alors qu’ils sont formés par l’enseignement postérieur de Lacan c’est de se mettre en position de lecture et d’étude qui comporte que ce séminaire s’élabore dans l’écart entre pulsion et fantasme et même dans un écart si grand que le fantasme éclipse la pulsion.C’est seulement à la fin que Lacan donne une sorte de coup de barre par un mouvement brusque qui se produit vers le chapitre 22. Dans le fil on commence à voir la pulsion reprendre ses droits et être évoqué un statut de l’objet qui soit réel, de l’objet comme réel. Et cela restera si peu assuré que, encore dans son Séminaire XIV La logique du fantasme ou peut être est-ce L’objet de la psychanalyse, je n’ai pas eu le temps de vérifier, Lacan surprendra son auditoire en disant le statut de l’objet a c’est un statut de réel et cela figure si l’on veut dans ces quelques lignes du séminaire VI.Au fond, ce revirement est tel qu’il n’a pas été enregistré par l’auditoire de Lacan et que lui-même ne l’a pas consolidé tant sa conception de l’objet des années durant est restée enracinée dans l’imaginaire et précisément dans la relation spéculaire, dans le stade du miroir, dans la relation du moi et du petit autre. Ce qu’on peut noter de ce revirement ne sera donc déployé et sanctionné que des années plus tard.Évidemment, je vous ramène à une autre époque c'est-à-dire au fondement même des discours que nous tenons. Je ne sais pas si j’exagère en disant que le terme de fantasme, par exemple, dans le colloque que nous avons tenu, le terme de fantasme, qui aurait pu être appelé par beaucoup des évocations cliniques qui ont été faîtes le terme de fantasme est, au contraire, presque, on aurait pu le croire, tombé en désuétude. C’est dire qu’il ne faut pas lire seulement ce séminaire comme le témoignage d’une époque passée et qu’il faut peut-être retrouver certains des fondements de notre propre abord dans ce séminaire. On trouverait à redonner parfois des couleurs ou de la précision à nos évocations cliniques d’aujourd’hui. Il est certain que, pour ce que j’ai entendu des débats qui ont eu lieu sur le genre et les aspirations des sujets au changement dont François Ansermet notait à juste titre qu’au fond il y a certitude - en effet il y a, si je puis dire 50 nuances de certitude pour reprendre le titre d’un roman - il est certain que pour préciser ces nuances, se référer au fantasme serait de la plus grande utilité pour la précision de nos constructions. C’est par un mouvement inverse que, plus tard, la pulsion retrouvera sa place et s’adjointera au fantasme, que l’objet sera reconnu comme étant du registre du réel et que dans le dernier enseignement de Lacan fantasme et pulsion seront confondus dans le sinthome comme mode de jouir. Autrement dit le ballet que j’esquisse entre fantasme et pulsion est de grand avenir dans l’enseignement de Lacan jusqu’au point où les deux termes vont trouver à se confondre dans l’usage que Lacan fera du terme de sinthome. Donc quand on s’est introduit à Lacan par son dernier enseignement, il faut un effort pour accommoder la vue sur le séminaire VI et pour pouvoir être enseigné par la perspective qu’il propose sur l’expérience du désir.L’expérience du désir c’est un terme que Lacan emploie dans le séminaire. Pour ne pas le laisser dans le vague j’en donnerai un premier exemple. Le premier exemple, ce serait le recours que le sujet fait au fantasme quand il a affaire à l’opacité du désir du grand Autre -et que cette opacité, son illisibilité a pour effet l’Hilflosigkeit freudienne, la détresse du sujet. C’est alors que le sujet a recours au fantasme comme à une défense. Ce n’est dit qu’une fois dans le séminaire par Lacan mais c’est une fois qu’il faut relever. Le sujet a recours au fantasme comme à une défense c'est-à-dire qu’il puise dans les ressources du stade du miroir qui lui offre toute une gamme de postures, du triomphe à la soumission, et c’est alors, dit Lacan page 29, que le sujet se défend avec son moi. C’est une telle expérience qui permet de parler de l’usage du fantasme que nous avons repris par la suite. Il faut voir que cela s’enracine exactement dans ce point : l’usage du fantasme comme une défense en face de l’opacité de l’Autre et cette expérience permet de parler de l’usage du fantasme parce qu’il est instrumentalisé à proprement parler afin de parer à la détresse. Ce que Lacan appelle dans ce séminaire l’expérience du traumatisme reste marqué du recours au fantasme.Christiane Alberti et Marie-Hélène Brousse ont donné dans les documents qu’elles ont diffusés pour préparer les prochaines Journées de l’ECF sur le thème du traumatisme, les références au traumatisme dans le séminaire VI. Ayant à ce moment-là ce séminaire sur mon ordinateur, tous les chapitres joints, je n’ai eu qu’à m’enquérir grâce à l’ordinateur du mot traumatisme ou trauma et j’ai pu leur communiquer toutes les occurrences. On peut donc compter que dans les Journées, il y a assez de temps entre maintenant et les Journées de l’ECF pour que ceux qui y participeront aient le temps de lire le séminaire VI et n’omettent pas, s’agissant du traumatisme, de donner sa place à l’usage du fantasme et, en particulier, à l’usage du fantasme comme défense. On me dit que les 500 exemplaires qui avaient été en primeur apportés ici, puisque pour l’instant aucune librairie en France ne les a encore, ces 500 exemplaires ont été vendus. On peut compter que l’intérêt sera maintenu pour les constructions de Lacan des époques antérieures parce que, au fond, les nouvelles constructions de Lacan n’annulent pas les anciennes, elles les prolongent. Mais parfois les nouvelles perspectives effacent des reliefs que les anciennes mettaient en évidence et je crois que concernant le fantasme c’est le cas. Bien que le fantasme ait été relancé par le séminaire XIV qui est La logique du fantasme, c’est un terme, je crois que notre colloque est probant là-dessus, c’est un terme qui est un peu tombé en désuétude et qui va retrouver des couleurs après l’étude de ce séminaire et, en tout cas, après le fil que je propose.Je rapprocherai ce passage de la page 29 d’un autre de la page 108 où Lacan isole ce qu’il appelle le point panique du sujet. Là le terme de point n’est pas négation. Le point signale ce qu’on obtient normalement en coupant deux lignes Ce point panique du sujet est celui, dit-il, où le sujet s’efface derrière un signifiant. Il ne faut pas entendre par cet effacement que le sujet est identifié mais qu’il est comme gommé : c’est le point où il ne peut plus rien dire de lui-même, où il est réduit au silence et c’est alors qu’il se raccroche à l’objet du désir. C’est la même logique du fantasme qui opère au niveau de l’inconscient où le sujet n’a pas la possibilité de se désigner lui-même, où il est affronté à l’absence de son nom de sujet. C’est alors au fantasme qu’il a recours et c’est dans son rapport à l’objet du désir que réside la vérité de son être. Ce que le séminaire VI explore, c’est un champ peu exploré, qui se trouve au-delà du signifiant et qui est désigné comme celui du fantasme. Il est articulé dit Lacan à partir d’une conciliation entre le symbolique et l’imaginaire. Cette conciliation est mise en évidence dans l’écriture même $ ◇ a. L’objet a vient de l’imaginaire, il est emprunté au stade du miroir, au miroitement de la relation spéculaire tandis que le sujet S barré est le sujet du signifiant, le sujet de la parole. Les deux éléments de Lacan donc ici se trouvent conciliés. On sait que Lacan donnera plus tard dans le séminaire IX sur l’identification une articulation topologique de cet adjointement de deux éléments hétérogènes. Mais on peut dire que, par référence à l’enseignement postérieur de Lacan, ce champ du fantasme fonctionne comme un réel. Ce terme de réel va s’imposer progressivement dans la dernière partie du séminaire.Il en est manifestement ainsi dans la 1ère partie du séminaire essentiellement consacrée à l’analyse du rêve fameux du père mort. Je vous rappelle le texte de ce rêve, que Freud a inclus d’abord dans sa « Formulation sur les deux principes » et qu’il a intégré ensuite à La science des rêves. Le père est encore en vie, il parle à son fils qui est le rêveur. Le fils a le sentiment douloureux que son père est déjà mort mais que le père n’en sait rien. Lacan détaille, y compris sur son graphe, comment Freud traite le rêve par le signifiant et l’interprète en restituant les clausules qu’il estime être élidées par le texte du rêve et en particulier le fameux « selon son vœu ». Il y a le traitement de ce rêve par Freud que Lacan reprend et le traitement de ce rêve par Lacan. Lacan traite essentiellement ce rêve par l’objet et non pas par le signifiant et traitant le rêve par l’objet, vous le verrez en particulier page 75, il implique le fantasme dans le rêve. Il pose la question : cette confrontation du père et du fils, cette scène structurée, ce scénario, qu’est-ce que c’est ? Est-ce un fantasme ? D’autres questions sont posées mais une réponse vient, dite une fois par Lacan, que c’est effectivement un fantasme. Il énonce ici que nous nous trouvons devant un fantasme de rêve. Lacan est donc amené, dans l’interprétation du rêver, non pas à procéder à l’analyse signifiante mais à assumer la représentation imaginaire qu’offre le rêve et à la qualifier de fantasme, une catégorie de fantasme qui est le fantasme de rêve. Il admet qu’un fantasme est passé dans le rêve. Cela fait sens précisément parce que nous sommes au niveau des représentations imaginaires au point que Lacan peut dire que ce fantasme peut garder la même structure et la même signification dans un autre contexte qu’il ne soit plus de Verneinung mais de Verwerfung, qu’il ne soit plus de dénégation mais de forclusion, qu’il ne soit plus de rêve mais de psychose. Autrement dit on a ici le début d’une gradation, d’un nuancier du fantasme où vous avez le fantasme de rêve mais vous avez aussi le fantasme de psychose. Mutatis mudandis il en donne l’exemple saisissant : ce sera dans la psychose le sentiment d’être avec quelqu’un qui est mort mais qui ne le sait pas. Autrement dit là, l’unité fantasme peut se déplacer du rêve à la psychose. Il ajoute même qu’après tout on peut avoir cela aussi dans la vie quotidienne quand on fréquente des gens momifiés et qu’on a le sentiment qu’ils ne le savent pas mais qu’ils sont déjà à bout. On peut penser que là il a en tête ceux qui sont alors ses adversaires dans la psychanalyse. La conclusion de l’interprétation freudienne c’est que ce rêve est manifestement un rêve œdipien et que le vœu dernier d’un rêve œdipien est en rapport au père, c’est le vœu de la castration du père. Eh bien pas du tout ! Cette conclusion-là n’est pas celle de Lacan puisqu’il considère que le fantasme conçu comme la réponse dernière au point panique va au-delà du vœu œdipien. On voit que l’Oedipe est encore dans le champ du signifiant et que Lacan pense qu’avec le fantasme on touche au-delà de ce qu’il en est même de l’Œdipe. Il le dit : le fantasme ici va bien au-delà du vœu œdipien. Vous lisez cela page 118. Plus essentielle, plus profonde que la souffrance du fils, il y a son affrontement à l’image du père comme le rival comme fixation imaginaire. Autrement dit l’interprétation dernière pointe le fantasme, pointe la présence irréductible de l’image. On peut dire que cette fonction de reste est justement l’indice de réel dont est affectée cette image. Il y a toujours chez un sujet un point panique, peut-on dire, pour autant qu’il y a dans le rapport du sujet au signifiant une impasse essentielle qui fait, là je cite Lacan, qu’il n’y a pas d’autre signe du sujet que le signe de son abolition de sujet et c’est pourquoi il s’accroche à l’objet imaginaire.La seconde partie du séminaire est constituée par la reprise d’un rêve analysé par la psychanalyste anglaise Ella Sharpe. Vous y retrouvez une dialectique entre le rêve et le fantasme. Je rappelle l’épisode qui précède l’analyse du rêve et la communication du rêve à l’analyste : le sujet a l’habitude, depuis quelques temps, de tousser avant d’entrer dans le cabinet de l’analyste. Je renvoie aux pages 181-182. Le sujet rapporte un fantasme qu’il a eu et Lacan valide en effet que c’est un fantasme. Ce qu’il s’agit d’analyser, dit-il, c’est le fantasme, et sans le comprendre, c’est-à-dire en y retrouvant la structure qu’il révèle. Dans le chapitre X Lacan procède à une consultation méthodique du fantasme et du rêve et il trouve entre fantasme et rêve, pages 211-212, une structure symétrique et inverse. Cette dialectique du fantasme et du rêve est d’autant plus prégnante que, page 269, il note qu’on peut distinguer le niveau du fantasme et celui du rêve. « On peut aussi dire qu’il y a fantasme des deux côtés, les fantasmes du rêve et ceux du rêve éveillé ». Autrement dit l’expression fantasme de rêve se retrouve là pour la seconde fois dans le séminaire et c’est ce que je vous invite à retrouver dans la lecture. Cette dialectique du rêve et du fantasme fait des analyses de rêve qu’on trouve dans ce séminaire la spécificité qui les décale tout à fait de celles qu’on trouve, par exemple, dans le séminaire V. L’originalité de ces interprétations de rêve est qu’elles impliquent le fantasme et cette catégorie singulière du fantasme qu’est le fantasme de rêve. On voit ici comme un dynamisme de la catégorie du fantasme : dès qu’il y a représentation il y a fantasme et, dans la même ligne, on pourrait dire que le rêve est fantasme. Lacan ira plus loin encore jusqu’à dire que la réalité est fantasme. Cette catégorie a un grand dynamisme et notre usage n’exploite pas sa vitalité propre, sa vitalité conceptuelle propre, qui est ici tout à fait en évidence. Notez page 274-275 que le dernier mot de l’interprétation du rêve que Lacan propose porte sur le rêve du patient d’Ella Sharpe. Ella Sharpe a analysé très complètement ce rêve, et Lacan le surinterprète. La surinterprétation lacanienne de ce rêve est un fantasme et c’est sur un fantasme que se termine cette partie, pages 274-275.Hamlet, sept leçons, que je ne vais pas reprendre. Il est clair qu’à cette occasion Lacan élargit le concept de l’objet a au-delà de l’autre imaginaire, qu’il admet que toute une chaîne, tout un scénario peut s’inscrire dans le fantasme et il reconnaît en même temps l’objet comme étant l’élément structural des perversions ce qui ouvre sur la distinction clinique entre le fantasme dans la névrose et dans la perversion, page 373. Le critère que Lacan met en avant, c’est le temps. Le fantasme de la perversion est hors temps, disons en simplifiant, et le fantasme de la névrose est, au contraire, sous-tendu par le rapport du sujet au temps, l’objet se chargeant dans ce cas de la signification de l’heure de vérité. C’est ce qui apparaît dans le phénomène bien connu de la procrastination d’Hamlet. Dans Hamlet et à travers les leçons d’Hamlet, le fantasme est indiqué comme le terme de la question du sujet comme le lieu où la question du sujet sur son désir trouve sa réponse c’est-à-dire comme le nec plus ultra du désir. Et c’est là que Lacan détermine le lieu où pour lui se jouera la fin de l’analyse quand il définira la passe. Il y a un certain paradoxe à ce que, dans notre clinique, le terme de fantasme se soit trouvé en quelque sorte effacé alors qu’on se passionne dans le même temps pour identifier et cerner la fin de l’analyse comme si, par un clivage, on réservait la question du fantasme à la fin de l’analyse et qu’on l’oblitérait du côté de la clinique. C’est le lieu où se jouera pour Lacan la fin de l’analyse quand il définira la passe comme la solution à l‘impasse essentielle du sujet dans son rapport au signifiant. Dans Hamlet vous verrez aussi le fantasme jouer un rôle essentiel. Il y a deux personnages qui viennent jouer le rôle de l’objet a, le personnage attendu, Ophélie, objet sublime du désir, qui se trouve ensuite par une oscillation objet déchu, mais aussi Laërte, son frère. Lacan accentue, ponctue le moment où ce frère ayant sauté dans la tombe creusée de sa sœur, est rejoint par Hamlet et qui s’affronte ici comme à son double à ce personnage. Autrement dit, il faut relire les sept leçons d’Hamlet qui sont encadrées par ces deux émergences essentielles du fantasme.La dernière partie qui comporte huit chapitres nous permet de saisir ce qui a ici mené Lacan. Il explique en effet dans ce chapitre XX qui est le premier de cette dernière partie, celui du fantasme fondamental, que c’est une limite de l’interprétation telle que lui-même l’avait posée en conclusion dans son article sur « La direction de la cure » à savoir – je le cite – « Tout exercice d’interprétation a un caractère de renvoi de voeu en voeu ». Nous avons une succession de désir et c’est ce qui est resté des analyses, par exemple, sur le rêve de la Belle Bouchère, etc… c’est précisément l’effet de renvoi indéfini du désir. La reprise dans le séminaire VI, c’est la reprise de la question de savoir comment interpréter le désir si le désir est essentiellement métonymique. Or ce qui était posé dans l’écrit de « La direction de la cure », qui est celui sur lequel Lacan a branché son séminaire, c’est en fait que le désir n’avait pas à proprement parler d’objet. Le désir tel qu’il figure dans « La direction de la cure », tel qu’il constitue même la cinquième et dernière partie de cet article, ce désir, au fond, est défini et là c’est une citation, il est défini comme métonymie du manque à être. Avant le séminaire VI le désir était précisément posé comme absolument insubstantiel mais en tant que la répercussion d’un manque. C’est pourquoi Lacan avait fixé cette image du Saint-Jean de Léonard souvent commentée, le doigt levé vers toujours ailleurs. Ceci nous arrêtait sur une définition de l’interprétation, qu’interpréter c’est faire signe vers ailleurs et que donc l’allusion est le mode énonciatif privilégié de l’interprétation. C’est précisément ce que Le Séminaire Le désir et son interprétation est fait pour rebuter et contester en posant au contraire que le désir implique un rapport à l’objet par le biais du fantasme et qu’il est possible dans ce séminaire, d’interpréter le fantasme. C’est même que le fantasme est lui-même l’interprétation du désir à condition de partir de la diachronie du désir, de la succession, tout en ramassant dans la synchronie et c’est la valeur de la formule $ ◇ D. Lacan propose ces deux registres, la diachronie et la synchronie. On voit bien qu’il a privilégié l’aspect métonymique du désir mais il le complète de la synchronie qui est articulée dans le rapport du sujet barré et de l’objet a. Et donc, si je vous renvoie à la page 446, vous y trouverez la logique du fantasme telle qu’elle est déployée et articulée dans ce séminaire. Premièrement, le sujet rencontre dans l’Autre un vide articulé. Ce vide, c’est celui qui est défini par la négation, il n’y a pas d’Autre de l’Autre, qui dément une catégorie qui avait été créée dans le Séminaire V, et laisse le sujet sans repère de nomination. Deuxièmement, le sujet fait alors venir du registre imaginaire – c’est l’usage, l’instrumentation de l’imaginaire – il fait venir du registre imaginaire une partie de lui-même engagée dans la relation imaginaire, dans la relation spéculaire au petit autre. Troisièmement, cet objet a une fonction de suppléance par rapport à la carence essentielle du signifiant. C’est alors que Lacan s’intéresse à ce qui est proprement la structure du sujet et la trouve dans l’intervalle de la chaîne signifiante, dans la coupure et la coupure sera au fond le dernier mot de ce séminaire.Mais ce qui est et qui doit créer une surprise à quelqu’un qui a saisi la cohérence de la construction de Lacan jusqu’alors, c’est qu’au chapitre XXII, quand Lacan questionne à nouveau ce qu’il en est de l’homme objet qui correspond à un sujet coupure, il fait venir l’objet prégénital qui a été de tout le séminaire tout à fait absent du registre fantasmatique. L’objet prégénital, dans tout le séminaire, a été abandonné à la pulsion et considéré essentiellement comme un signifiant. Il se retrouve ici impliqué dans le fantasme en tant qu’objet de coupure et c’est là un coup de barre sensationnel que Lacan donne à l’orientation du séminaire comme si de rien n’était. On découvre que cet objet a n’est pas seulement enraciné dans l’imaginaire mais que c’est aussi bien le sein à partir du sevrage en tant qu’objet de coupure, c’est aussi bien l’excrément qui est éjecté et coupé du corps et Lacan y ajoute la voix, et spécialement la voix interrompue et tous les objets de structure phallique qui sont impliquées dans la structure de coupure par la mutilation et par la stigmatisation. Et donc de façon surprenante, avec un effet de coupure pour le coup, à la fin, au chapitre XXII, nous voyons revenir le réel puisque les objets prégénitaux qui sont ici les objets du fantasme, Lacan pose la question de savoir que sont ici ces objets prégénitaux qui sont les objets du fantasme si ce n’est des objets réels. Et voilà d’un coup une nouvelle orientation prise et il signale que ce sont des objets réels qui sont dans un rapport étroit avec la pulsion vitale du sujet. Il ne reviendra pas là-dessus mais c’est déjà ici que s’introduit la fonction de la jouissance qui prépare la fonction dont Lacan rendra compte de la construction de ce séminaire deux ans plus tard quand il posera que le je inconscient est au niveau de la jouissance. A partir de là Lacan étudie, avec une précision clinique qui n’a pas d’équivalent ailleurs, le fantasme pervers dans le passage à l’acte de l’exhibitionniste et du voyeuriste et le compare avec ce qui est le fantasme dans la névrose. Le dernier mot du séminaire, c’est la coupure qui serait, dit Lacan, sans doute le mode le plus efficace de l’interprétation à condition qu’elle ne soit pas mécanique. C’est aussi la coupure qui fait le joint entre le symbolique et le réel, comme au début du séminaire c’est au fantasme qu’était dévolu de faire le joint entre le symbolique et l’imaginaire. C’est pour Lacan renouer avec le début de son enseignement, avec le séminaire consacré à « L’au-delà du principe du plaisir » et à la structure de la chaîne signifiante où déjà il émergeait que le symbolique trouve son fondement dans la coupure. Simultanément la fin du séminaire du désir ouvre sur celui de l’éthique de la psychanalyse qui prendra son départ de l’instant du réel. Ce sera aussi un séminaire qui tiendra pour acquis le joint fait entre fantasme et pulsion, condition pour que puisse émerger en tant que telle l’instance de la jouissance. Je terminerai en lisant un passage du dernier chapitre du séminaire du désir qui consonne étrangement avec ce qui se produit sous nos yeux cette année à savoir le remaniement des conformismes voire leur éclatement. C’est pourquoi il ne m’a pas paru excessif en présentant ce séminaire d’écrire que ce séminaire éloigné dans le temps d’un demi siècle néanmoins parlait de nous aujourd’hui. Voilà l’extrait que je vais lire pour conclure cette présentation du séminaire VI dans ce cadre où j’ai pensé parler à des lecteurs de Lacan. Page 569 : « Ces normes sociales, s’il est une expérience qui doive nous apprendre combien elles sont problématiques, combien elles doivent être interrogées, combien leur détermination se situe ailleurs que dans leur fonction d’adaptation, c’est bien celle de l’analyse. Dans cette expérience du sujet logique qui est la nôtre, une dimension se découvre à nous, qui est toujours latente, mais aussi toujours présente, sous toute relation intersubjective. Cette dimension, celle du désir, se trouve dans un rapport d'interaction, d'échange, avec tout ce qui, de là, se cristallise dans la structure sociale. Si nous savons en tenir compte, nous devons arriver à peu près à la conception suivante. Ce que je désigne par le mot de culture – mot auquel je tiens fort peu, et même pas du tout – c'est une certaine histoire du sujet dans son rapport au logos. Assurément, cette instance, le rapport au logos, a pu rester masquée au cours du temps, et, à l'époque où nous vivons, il est difficile de ne pas voir quelle béance il représente, à quelle distance il se situe d’une certaine inertie sociale. C’est pour cette raison que le freudisme existe à notre époque. Quelque chose de ce que nous appelons culture passe dans la société. Le rapport entre les deux, nous pouvons provisoirement le définir comme un rapport d'entropie, pour autant que ce qui passe de la culture dans la société inclut toujours quelque fonction de désagrégation. Ce qui se présente dans la société comme la culture – et qui est donc entré, à des titres divers, dans un certain nombre de conditions stables, elles aussi latentes, qui déterminent les circuits des échanges à l'intérieur du troupeau – y instaure un mouvement, une dialectique, qui y laisse ouverte la même béance que celle à l'intérieur de laquelle nous situons la fonction du désir. C'est en ce sens que nous pouvons poser que ce qui se produit comme perversion reflète, au niveau du sujet logique, la protestation contre ce que le sujet subit au niveau de l'identification, en tant que celle-ci est le rapport qui instaure et ordonne les normes de la stabilisation sociale des différentes fonctions […] Nous pourrions dire en somme que quelque chose s'instaure comme un circuit tournant entre, d’une part, le conformisme, ou les formes socialement conformes, de l’activité dite culturelle – l’expression devient ici excellente pour définir tout ce qui de la culture se monnaie et s’aliène dans la société – et, d’autre part, toute structure semblable à celle de la perversion, pour autant qu'elle représente au niveau du sujet logique la protestation qui, au regard de la conformisation, s’élève dans la dimension du désir, en tant que le désir est rapport du sujet à son être ». Et c’est là que Lacan promet de parler plus tard de la sublimation et ce sera l’éthique de la psychanalyse. Et Lacan termine en disant page 571 : « La sublimation se place comme telle au niveau du sujet logique, là où s'instaure et se déroule tout ce qui est, à proprement parler, travail créateur dans l'ordre du logos. De là, viennent plus ou moins s'insérer dans la société, viennent plus ou moins trouver leur place au niveau social, les activités culturelles, avec toutes les incidences et tous les risques qu'elles comportent, jusques et y compris le remaniement des conformismes antérieurement instaurés, voire leur éclatement ». Nous sommes aujourd’hui le 26 mai, et Paris est entrain, vous le verrez en sortant, de vivre en effet le remaniement des conformismes antérieures, leur éclatement et c’est précisément ce que Lacan nous annonçait déjà il y a un demi siècle. Merci.
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Presentación del Seminario 6 por Jacques-Alain Miller





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Hamlet, siete lecciones, que no voy a retomar. Es claro que en esa ocasión Lacan extiende el concepto de objeto a más allá del otro imaginario, admite que toda una cadena, todo un guion, puede inscribirse en el fantasma y reconoce al mismo tiempo el objeto como siendo el elemento estructural de las perversiones, lo que abre a la distinción clínica entre el fantasma en la neurosis y en la perversión, en la página 373. El criterio que Lacan resalta, es el tiempo. El fantasma de la perversión está fuera del tiempo, digamos simplificando, y el fantasma de la neurosis es, al contrario, sostenido por la relación del sujeto al tiempo, cargándose el objeto en ese caso de la significación de la hora de la verdad. Es lo que aparece en el fenómeno bien conocido de la procrastinación de Hamlet. En Hamlet y a través de las lecciones sobre Hamlet, el fantasma está indicado como el término de la pregunta del sujeto, como el lugar donde la pregunta del sujeto sobre su deseo encuentra una respuesta, es decir como el nec plus ultra del deseo. Y es allí que Lacan determina el lugar en donde para él se jugará el fin del análisis cuando habrá definido el pase. Hay una cierta paradoja en que, en nuestra clínica, el término de fantasma se haya encontrado en cierto modo borrado cuando al mismo tiempo nos apasionamos por identificar y cernir el fin del análisis, como si, por una escisión, reserváramos la pregunta por el fantasma para el fin del análisis y lo obliteráramos del lado de la clínica. Es el lugar en donde se jugará para Lacan el fin del análisis cuando definirá el pase como la solución al impasse esencial del sujeto en su relación al significante. En Hamlet, ustedes verán también que el fantasma juega un rol esencial. Hay dos personajes que vienen a jugar el rol esencial del objeto a, el personaje esperado, Ofelia, objeto sublime del deseo, que se encuentra después por una oscilación, como objeto degradado, pero también Laërte, su hermano. Lacan acentúa, puntúa el momento en el que este hermano, habiendo saltado a la tumba excavada para su hermana, es alcanzado por Hamlet y que se enfrenta aquí como a su doble a este personaje. Dicho de otro modo, hay que releer las siete lecciones sobre Hamlet que están enmarcadas por estos dos surgimientos esenciales del fantasma.

La última parte, que cuenta con ocho capítulos, nos permite discernir lo que aquí ha llevado a cabo Lacan. Él explica en efecto en el capítulo 20, que es el primero de ésta última parte, el del fantasma fundamental, que éste es un límite de la interpretación tal como él mismo lo había propuesto como conclusión en su artículo La dirección de la cura, a saber -lo cito- “Todo ejercicio de interpretación tiene un carácter de reenvío de anhelo en anhelo (voeu en voeu)”. [3] Tenemos una sucesión de deseo y es lo que ha quedado de los análisis, por ejemplo, del sueño de la Bella Carnicera, etc... este es precisamente el efecto de reenvío indefinido del deseo. Lo que se retoma en el Seminario 6, es lo que se retoma de la pregunta de saber cómo interpretar el deseo si el deseo es esencialmente metonímico. Ahora, aquello que es formulado en el escrito de La dirección de la cura que es aquel sobre el cual Lacan ha conectado su Seminario, es de hecho que el deseo no tenía, hablando con propiedad, un objeto. El deseo, tal como figura en La dirección de la cura que constituye incluso la quinta y última parte de este artículo, este deseo, en el fondo es definido, y en ese caso se trata de una cita, es definido como metonimia de la falta en ser. [4] Antes del Seminario 6, el deseo estaba precisamente formulado como absolutamente insustancial pero en tanto que repercusión de una falta. Es por esto que Lacan había fijado esta imagen de San Juan de Leonardo, a menudo comentada, el dedo elevado siempre hacia otra parte. Esto nos detenía sobre una definición de la interpretación, que interpretar es hacer signo hacia otra parte y que entonces la alusión es el modo enunciativo privilegiado de la interpretación. Esto es precisamente lo que El Seminario El deseo y su interpretación repele y contesta, estableciendo al contrario que el deseo implica una relación al objeto por el rodeo del fantasma y que es posible en este Seminario, interpretar el fantasma. Es incluso que el fantasma es él mismo interpretación del deseo a condición de partir de la diacronía del deseo, de la sucesión, recogiendo al mismo tiempo la sincronía y es éste el valor de la fórmula $◊D. Lacan propone estos dos registros, la diacronía y la sincronía. Se ve claramente que privilegió el aspecto metonímico del deseo pero lo completa con la sincronía que es articulada en la relación del sujeto barrado y el objeto a. Y entonces, si los envío a la página 446, encontrarán allí la lógica del fantasma tal como es desplegada y articulada en este Seminario.

Primeramente, el sujeto encuentra en el Otro un vacío articulado. Este vacío, es aquel que está definido por la negación, no hay Otro del Otro, que desmiente una categoría que había sido creada en el Seminario 5, y deja al sujeto sin índice de nominación. Segundo, el sujeto obtiene entonces del registro imaginario –es el uso, la instrumentación del imaginario- una parte de sí mismo comprometida en la relación imaginaria, en la relación especular al pequeño otro. Tercero, este objeto tiene una función de suplencia en relación a la carencia esencial del significante. Es entonces que Lacan se interesa en aquello que es propiamente la estructura del sujeto y la encuentra en el intervalo de la cadena significante, en el corte, y el corte será en el fondo, la última palabra de este seminario.

Pero lo que es y que debe crear una sorpresa a quien ha atrapado la coherencia de la construcción de Lacan hasta entonces, es que en el capítulo 22, cuando Lacan cuestiona nuevamente lo que tiene que ver con el hombre objeto que corresponde al sujeto-corte, convoca al objeto pre-genital que ha permanecido todo el seminario completamente ausente del registro fantasmático. El objeto pre-genital, en todo el Seminario, ha sido abandonado a la pulsión y considerado esencialmente como un significante. Se encuentra aquí implicado en el fantasma en tanto que objeto de corte y hay allí un golpe de timón  sensacional que Lacan da a la orientación del Seminario como si nada. Se descubre que este objeto a no está solamente enraizado en lo imaginario sino que es también el seno del destete en tanto que objeto de corte, es también el excremento que es expulsado y cortado del cuerpo y Lacan añade allí la voz, y especialmente la voz interrumpida y todos los objetos de estructura fálica que están implicados en la estructura de corte a través de la mutilación y de la estigmatización. Y entonces de manera sorprendente, con un efecto de corte esta vez, al final, en el capítulo 22, vemos volver a venir lo real puesto que los objetos pre-genitales que son aquí los objetos del fantasma, Lacan se pregunta qué pueden ser aquí estos objetos pre-genitales, que son los objetos del fantasma, sino objetos reales. Y he ahí, de repente una nueva orientación tomada, y él señala que son objetos reales que están en estrecha relación con la pulsión vital del sujeto. No volverá sobre ello pero es ya aquí que se introduce la función del goce que prepara la función a través de la cual Lacan dará cuenta de la construcción de este Seminario dos años más tarde, cuando dirá que el Yo (Je) inconsciente está a nivel del goce. A partir de aquí Lacan estudia, con una precisión clínica que no tiene equivalente en otro lugar, el fantasma perverso en el pasaje al acto del exhibicionista y del voyeurista y lo compara con lo que es el fantasma en la neurosis. La última palabra del Seminario, es que el corte sería, dice Lacan, sin duda el modo más eficaz de la interpretación, a condición de que ésta no sea mecánica. Es también el corte que hace unión entre lo simbólico y lo real, como al inicio del Seminario era al fantasma al que le correspondía hacer el lazo entre lo simbólico y lo imaginario. Para Lacan esto es reanudar el inicio de su enseñanza, con el Seminario consagrado al Más allá del principio del placer y a la estructura de la cadena significante, donde ya aparecía que lo simbólico encuentra su fundamento en el corte. Simultáneamente, el final del Seminario del deseo da paso al de la Ética del psicoanálisis que tendrá como punto de partida el instante de lo real. Este será también un Seminario que dará por sentado el lazo entre fantasma y pulsión, condición para que pueda emerger como tal la instancia del goce. Terminaré leyendo un pasaje del último capítulo del Seminario del deseo que está extrañamente en consonancia con aquello que se produce delante de nuestros ojos este año, a saber la reorganización de los conformismos, inclusive su estallido. Es por esto que no me pareció excesivo al presentar este Seminario, escribir que éste, hace ya medio siglo, hablaba de nosotros hoy en día. He aquí el extracto que voy a leer para concluir esta presentación del Seminario 6 en este marco en el que pensé hablar a los lectores de Lacan. Página 569: “Estas normas sociales, si hay una experiencia que debe enseñarnos cuán problemáticas son, cuánto deben ser interrogadas, cuánto su determinación se sitúa en otro lugar que en su función de adaptación, es sin duda la del análisis. En esta experiencia del sujeto lógico que es la nuestra, una dimensión se revela ante nosotros, que está siempre latente, pero también siempre presente, bajo toda relación intersubjetiva. Esta dimensión, aquella del deseo, se encuentra en una relación de interacción, de intercambio, con todo aquello que, de ahí, se cristaliza en la estructura social. Si sabemos tenerlo en cuenta, debemos llegar más o menos a la siguiente concepción. Aquello que designo con la palabra cultura -palabra a la cual le tengo poco aprecio, incluso ninguno- es una cierta historia del sujeto en su relación al logos. Ciertamente, esta instancia, la relación al logos, ha podido quedar encubierta a lo largo del tiempo, y, en la época en la que vivimos, es difícil no ver qué hiancia representa, a qué distancia se sitúa de una cierta inercia social. Es por esta razón que el freudismo existe en nuestra época. Algo de lo que llamamos cultura pasa en la sociedad. La relación entre los dos, podemos definirla provisoriamente como una relación de entropía, más aún cuando aquello que pasa de la cultura a la sociedad incluye siempre alguna función de desagregación. Lo que se presenta en la sociedad como la cultura –y que entonces entró, a títulos diversos, en un cierto número de condiciones estables, también latentes, que determinan los circuitos de intercambio al interior del rebaño- instaura ahí un movimiento, una dialéctica, que deja abierta la misma hiancia que aquella dentro de la cual situamos la función del deseo. Es en este sentido que podemos formular que aquello que se produce como perversión refleja, a nivel del sujeto lógico, la protesta contra lo que el sujeto padece a nivel de la identificación, en tanto que ésta es la relación que instaura y ordena las normas de la estabilización social de diferentes funciones [...] Podríamos decir en definitiva que algo se instaura como un circuito giratorio entre, por una parte, el conformismo, o las formas socialmente conformes, de la actividad llamada cultural- aquí la expresión resulta excelente para definir todo lo que de la cultura se amoneda y se aliena en la sociedad- y, por otra parte, toda estructura semejante a la de la perversión, en tanto que representa a nivel del sujeto lógico la protesta que, con respecto a la conformización, se eleva en la dimensión del deseo, en tanto que el deseo es relación del sujeto a su ser”. [5]

Y es allí que Lacan promete hablar más tarde de la sublimación y será de la ética del psicoanálisis. Y Lacan termina diciendo, página 571: “La sublimación se ubica como tal a nivel del sujeto lógico, ahí donde se instaura y se desarrolla todo lo que es, hablando con propiedad, trabajo creador en el orden del logos. De allí, vienen más o menos a insertarse en la sociedad, vienen más o menos a encontrar su lugar a nivel social, las actividades culturales, con todas las incidencias y todos los riesgos que éstas implican, hasta incluso la reorganización  de los conformismos anteriormente instaurados, inclusive su estallido”.

Estamos hoy al 26 de mayo, y París está, lo verán a la salida, viviendo en efecto la restructuración de los conformismos anteriores, su explosión y es precisamente lo que Lacan nos anunciaba ya hace medio siglo. Gracias.


Traducido del francés por : Gabriela Pazmiño y Luis Iriarte
Establecimiento del texto : Dalila Arpin y Raquel Cors Ulloa

 NOTAS

*  Continuación de la Presentación del Seminario 6 de J.-A Miller. La  primera  parte se encuentra en el Boletín Latigazo Nº1  www.latigolacaniano.com
3. N de los T : Esta cita corresponde a la página 426 del Seminario 6 en  francés. La presente traducción fue efectuada por el comité de  redacción de LATIGO.
4. N de los T : Esta cita corresponde, en español, a la página 609 de sus  Escritos: J. Lacan, La dirección de la cura y los principios de su poder,  Escritos 2, Siglo Veintiuno Editores, Buenos Aires, 2010.
5.  N de los T : La presente traducción fue efectuada por el comité de  redacción de LATIGO.
 http://www.latigolacaniano.com/espa%C3%B1ol.html