domingo, 23 de setembro de 2012

"Discurso de clausura de las jornadas sobre psicosis infantil" (.) Jacques Lacan







"Discurso  de clausura de las jornadas sobre psicosis infantil" (.)

Jacques  Lacan



Ante todo, quisiera agradecer a Maud Mannoni, a quien debemos estos dos días, de reunión y, por consiguiente todo lo que de ellos se pudo extraer. Logró su propósito gracias a la extraordinaria generosidad que la caracteriza y que le permitió pagar, con su esfuerzo junto a cada uno el privilegio de traer desde todos los horizontes a todo aquel que pudiera responder a una pregunta­ que ella hacía suya. Luego, borrándose ante el objeto, le formulaba interrogaciones válidas.
Para partir de ese objeto que está bien centrado, quisiera hacerles sentir su unidad a partir de algunas frases que pronuncié hace unos veinte años en una reunión en casa de nuestro amigo Henri Ey, quien indudablemente ha sido, en el campo psiquiátrico francés, lo que llamaríamos un civilizador. En esa oportunidad, planteó la cuestión de la enfermedad mental de tal modo que cabe decir que por lo menos despertó al cuerpo de la psiquiatría en Francia sobre la más grave de las cuestiones: lo que ese cuerpo
mismo representaba.

Para llevar todo a su más justo fin, tuve que contradecirla órgano-dinamismo del cual Henry Ey se había convertido en promotor. Así me expresaba yo, sobre el hombre en su ser, en estos términos: "Lejos de ser la fisura contingente de las fragilidades de su organismo, la locura es la permanente virtualidad de una fisura abierta en su esencia. Lejos de ser un insulto a la libertad (como lo enuncia Henri Ey), es su más fiel compañera, sigue su movimiento como una sombra. El ser del hombre no sólo no puede ser comprendido sin la locura, sino que no sería el ser del hombre si no llevara en sí la locura, como límite de su libertad" (1).

A partir de ahí, no puede parecer extraño que en nuestra reunión se hayan reunido las cuestiones que tratan del niño, de la psicosis y de la institución. Debe parecer natural, por el contrario, que en ninguna parte mejor que en esos tres temas se evoque más  constantemente la libertad. Si la psicosis es la verdad de todo lo que verbalmente se agita bajo esa bandera, bajo esa ideología, actualmente la única con que el hombre civilizado puede armarse, comprendemos mejor el sentido de lo que para testimoniarla hacen nuestros amigos y colegas ingleses con la psicosis, de que hayan instaurado, justamente en ese campo y justamente con esos compañeros, modos y métodos en los que se invita al sujeto a pronunciarse en lo que ellos piensan que son manifestaciones de su libertad.
¿Pero no hay allí una perspectiva un poco corta, quiero decir, acaso esa libertad suscitada y sugerida por cierta práctica dirigida a esos sujetos no lleva en sí misma su límite y su engaño?

En cuanto al niño, al niño psicótico, esto desemboca en leyes, leyes de orden dialéctico, resumidas de algún modo en la pertinente observación del doctor Cooper: para obtener un niño psicótico hace falta por lo menos el trabajo de dos generaciones, ya que él mismo es el fruto en la tercera.
Si se plantea en fin la cuestión de una institución que se relacione propiamente con este campo de la psicosis, se comprueba que siempre, en un punto cuya situación es variable, prevalece en el una relación fundada en la libertad.
¿Qué significa esto? No, seguramente, que yo pretenda de algún modo cerrar así estos problemas, ni tampoco, como se dice, abrirlos o dejarlos abiertos. De lo que se trata es de situarlos o dejarlos abiertos. De lo que se trata es de situarlos y de asir la referencia desde donde podamos tratarlos sin quedar nosotros mismos encerrados en cierto engaño. Para ello habrá que dar cuenta de la distancia donde se alberga la correlación de la que somos prisioneros. El factor de que se trata es el problema más ardiente de nuestra época, en cuanto ella ha de ser la primera en soportar el cuestionamiento de todas las estructuras sociales por el progreso de la ciencia. Es aquello con lo cual tendremos que ver, y siempre del modo más apremiante, no sólo en nuestro dominio de psiquiatras, sino también tan lejos como nuestro universo se extienda: la segregación (2).

Los hombres se comprometen en un tiempo que llamamos pla­netario, en el cual se informarán de ese algo que surge de la destrucción de un antiguo orden social que yo simbolizaría con el Imperio, tal como su sombra se perfiló durante largo tiempo en una gran civilización, para que lo sustituya algo muy distinto y que no tiene en absoluto el mismo sentido: los imperialismos, cuya cuestión es la siguiente: ¿cómo hacer para que las masas humanas condenadas al mismo espacio, no sólo geográfico sino también familiar, permanezcan separadas?

El problema, en el nivel en que Oury lo ha articulado con el justo término de segregación, no es pues más que un punto local, un pequeño modelo de lo que se trata de saber: cómo responderemos nosotros, los psicoanalistas, a la segregación puesta en la orden del día por una subversión sin precedentes. No debemos despreciar aquí la perspectiva desde la cual Oury pudo plantear que, en el interior de lo colectivo, el psicótico se presenta esencialmente como el signo, signo en impasse, de lo que legitima la referencia a la libertad.


La tristeza, nos dice Dante, es el mayor pecado. Es preciso preguntarnos cómo nosotros, comprometidos en el campo que acabo de limitar, podemos sin embargo permanecer afuera.
Todos saben que soy alegre, y hasta travieso: me divierto. Constantemente me sucede, en mis textos, que hago bromas que no son del gusto de los universitarios. Es cierto. No soy triste. 0 más exactamente, no tengo más que una sola tristeza, en lo que ha sido el curso de mi vida: que haya cada vez menos personas a quienes pueda decir las razones de mi alegría, cuando las tengo.
Lleguemos sin embargo al hecho de que si podemos plantear las preguntas como desde hace algunos días se ha hecho aquí, es que en lugar del "x" encargado de responderlas, durante mucho tiempo el alienista, luego el psiquiatra, ha dicho su palabra alguien llamado psicoanalista, figura nacida de la obra de Freud.
¿Qué es esta obra?
Ustedes saben que justamente para enfrentar las carencias de cierto grupo me vi arrastrado a este lugar que de ningún modo ambicionaba, para tener que interrogarnos, con quienes podían oírme, sobre lo que hacíamos como consecuencia de esta obra, y para eso volver sobre ella.
Precisamente ante las cumbres del camino que instauré de su lectura antes de abordar la transferencia, la identificación y la angustia, no es por azar, a nadie se le ocurriría esa idea, que este año, el cuarto antes de finalizar mi seminario en Sainte Anne, haya creído que debíamos asegurarnos sobre la ética del psicoanálisis.

Parece que en efecto arriesgamos olvidar en el campo de nuestra función que en su principio hay una ética y que, por lo tanto, cualquier cosa que se diga, sin mi consentimiento además, sobre el fin del hombre, se refiere a una formación que podemos calificar de humana y que es nuestro principal tormento.
Toda formación humana se dirige, por esencia y no por accidente, a refrenar el goce. La cosa se nos aparece desnuda ‑y ya no a través de esos prismas o lentes llamados religión, filosofía. . . o aun hedonismo‑ pues en el principio del placer se halla el freno del goce.

Es un hecho que hacia el final del siglo XIX ‑no sin chocar en alguna medida con las seguridades de la ética utilitarista‑ Freud devolvió al goce su lugar, que es fundamental, para apreciar todo lo que a lo largo de la historia se afirma como moral.
¿Qué agitación fue necesaria -en las bases, quiero decir‑ para que de ella volviera a emerger ese abismo al cual nos entregamos dos veces por noche, dos veces por mes? ¿Nuestro contacto con alguna pareja sexual?
No es menos notable que nada ha sido más raro en nuestras charlas estos dos días que recurrir a uno de esos términos que podemos llamar la relación sexual (para dejar de lado el acto), el inconsciente, el goce.
Eso no quiere decir que su presencia no nos dominara, invisible, pero igualmente palpable en tal gesticulación detrás del micrófono.
No obstante, jamás fue teóricamente articulada.

Lo que (inexactamente) se entiende de la propuesta de Heidegger de buscar el fundamento en el ser‑para‑la‑muerte (3) da motivo a ese eco que hace resonar durante siglos, siglos de oro además, del penitente como puesto en el corazón de la vida espiritual. No desconocer en los antecedentes de la meditación de Pascal el apoyo de un salto del amor y la ambición apenas si sirve para asegurarnos mejor del lugar común, va en su época, del retiro donde se con­suma el afrontamiento del ser‑para‑la‑muerte. Comprobación que encuentra su pago en el hecho de que Pascal, al transformar esa ascesis en apuesta, de hecho le pone fin (4).
¿Estarnos sin embargo a la altura de lo que por la subversión freudiana parecería que estuviéramos llamados a llevar: el ser-para‑el‑sexo?
No parecemos tan valientes como para mantener esa posición.
Ni tampoco muy alegres. Lo que prueba ‑pienso‑ que de hecho no estamos en ella.
Y no lo estamos en razón de lo que los psicoanalistas dicen demasiado bien para que soporten saberlo, y que gracias a Freud designan como castración: el ser‑para‑el‑sexo.

El asunto se aclara gracias a lo que Freud ha dicho en forma de anécdota, que nos es preciso subrayar, y es que, tan pronto como hay dos, el‑ser‑para‑la‑muerte, crean lo que creyeren quienes lo cultivan, deja ver en el menor lapsus que de lo que se trata es de la muerte del otro. Lo que explica las esperanzas puestas en el ser‑para‑el‑sexo. Pero en contraste, la experiencia analítica demuestra que, cuando hay dos, la castración que el sujeto descubre no podría ser sino la suya. Lo que para las esperanzas puestas en el ser‑para‑el‑sexo representa el papel del segundo término en el nombre de los Pecci‑Blunt: el de cerrar las puertas que antes se habían abierto de par en par.

Por consiguiente el penitente pierde mucho al aliarse con el psicoanalista. En los tiempos en que él daba el tono dejaba el campo de los retozos sexuales increíblemente más libre que desde el advenimiento del psicoanalista, como lo atestiguan muchos documentos en forma de memorias, epístolas, informes y bromas. Si bien parece difícil juzgar con justicia si la vida sexual era mas fácil en los siglos XVII o XVIII que en el nuestro, el hecho de que los juicios hayan tenido más libertad para referirse a ella decide con toda justicia en nuestra contra.
No significa demasiado por cierto referir esta degradación a la “presencia del psicoanalista”, entendida en la única acepción en que el empleo de este término no es una impudicia, es decir, en su efecto de influencia teórica, marcada precisamente por la falla de la teoría.
Si nos reducimos a su presencia, los psicoanalistas merecen que uno advierta que ellos no juzgan las cosas de la vida sexual ni mejor ni peor que la época que les hace lugar, que en su vida de pareja no son dos con mayor frecuencia que en otras partes, cosa que no los molesta en su profesión ya que tal pareja no tiene nada que ver en el acto analítico.
Por supuesto que la castración sólo adquiere forma al término de ese acto, pero cubierta por el hecho de que en ese momento el compañero se reduce a lo que yo llamo el objeto a. Es decir que el ser‑para‑el‑sexo se ha de ensayar en otra parte: entonces, en la creciente confusión que aporta la difusión del psicoanálisis mismo, o de lo que así se intitula.

Dicho de otra manera, lo que instituye la entrada en el psicoanálisis de la dificultad del ser‑para‑el‑sexo,  pero la salida, si se lee a los psicoanalistas de hoy, no sería otra cosa que una reforma de la ética en la que el sujeto se constituye. No somos nosotros, pues, Jacques Lacan, los que no confiamos más que en
operar sobre el sujeto en tanto pasión del lenguaje, sino quienes lo absuelven, los que deben obtener de él la emisión de bellas pa­labras.
Por quedarse en esa ficción sin exigir nada a la estructura donde ella se realiza, no se piensa ya en otra cosa que en fingirla real y se cae en la falsificación.
El valor del psicoanálisis reside en que opera sobre la fantasía. El grado de su éxito ha demostrado que ahí se enjuicia la forma que sojuzga como neurosis, perversión o psicosis.
De donde se plantea, con sólo mantenerse ahí, que la fantasía convierte en realidad su encuadre: ¡evidente!

Y además imposible de mover, a no ser por el margen que deja la posibilidad de exteriorización del objeto a.
Se nos dirá que es precisamente aquello de lo que se habla con el término de objeto parcial.
Pero justamente por presentarlo con ese término, ya se está hablando demasiado para decir de ello nada pertinente.
Si fuera tan fácil hablar de ello, lo llamaríamos de otro modo que objeto a.
Un objeto que necesita la reanudación de todo el discurso sobre la causa, no es asignable a discreción, ni siquiera teóricamente.
Sólo tocamos aquí esos confines para explicar cómo en psicoanálisis se retorna de manera tan breve a la realidad, a falta de tener una visión de su contorno.
Notemos que aquí no evocamos lo real que en una experiencia hablada no accede sino virtualmente, y que en el edificio lógico se define como lo imposible.
Son necesarios muchos estragos cometidos por el significante para que la realidad entre en cuestión.
Esos estragos hay que asirlos muy atemperados en el status de la fantasía, sin lo cual el criterio establecido de adaptación a las instituciones humanas significa un regreso a la pedagogía.

Impotente para instalar el status de la fantasía en el ser‑para‑el-sexo (que, se disimula en la engañosa idea de la “elección” subjetiva entre neurosis, perversión o psicosis), el psicoanálisis urde apresuradamente, con el folklore, una fantasía postiza, la de la armonía alojada en el hábitat materno. Allí no podría haber ni incomodidad ni incompatibilidad, y la anorexia mental queda relegada como una rareza (bizarrerie).
No se puede medir hasta qué punto ese mito obstruye el acceso a tantos de esos momentos que fueron aquí señalados y que aún hay que estudiar. Como por ejemplo el del lenguaje encarado bajo el signo de la desdicha. ¿Qué consistencia se espera obtener al destacar como proverbial el preciso instante que precede a la articulación patente de aquello en torno de lo cual parecía flaquear la voz misma del locutor: la gage?*, la gache? ** Tardé un momento en reconocer la palabra: langage***.

Pero lo que yo pido a todos los que hayan oído la comunicación que cuestiono, es que respondan por sí o por no, si un niño que se tapa los oídos, ¿ante qué?, algo a punto de expresarse, no está ya en lo posverbal, ya que del verbo se protege.
En lo que concierne a una pretendida construcción del espacio que se cree aprehender ahí, en estado naciente, me parece más bien que lo que se encuentra es el momento que testimonia una relación ya establecida con el aquí y el allí, que son estructuras del lenguaje.
¿Es necesario recordar que al privarse del recurso lingüístico, el observador no podría sino perder la eventual incidencia de las oposiciones características de cada lengua para connotar la distan­cia, aunque más no fuera para entrar por ahí a los nudos que más de una posición nos incita a situar entre el aquí y el allí? En suma, lo lingüístico está en la construcción misma del espacio.

Tanta ignorancia, en el sentido activo que ahí se oculta, no permite casi evocar la diferencia, tan bien marcada en latín, de taceo a silet.
Si el silet ya apunta allí, sin que aún uno se espante de ello, falto del contexto de “los espacios infinitos”, a la configuración de los astros, ¿no es para hacernos observar que el espacio apela al lenguaje en una dimensión totalmente distinta de aquella en que el mutismo impulsa una palabra más primordial que
Mom-mom?
Lo que conviene sin embargo indicar aquí es el irreductible prejuicio con que se grava la referencia al cuerpo mientras no se levanta el mito que cubre la relación del niño con la madre.
Se produce una elisión que no puede notarse sino por el objeto a, en tanto este objeto precisamente el que es por esta elisión sustraído a toda aproximación exacta.
Digamos pues que no se la comprende sino oponiéndose a que sea el cuerpo del niño el que responda al objeto a: lo que es deli­cado, pues, justamente es ahí donde, no surge ninguna pretensión semejante, la que no se animaría más que a sospechar la existencia del objeto a.
Se animaría justamente en tanto el objeto a funciona como inanimado, ya que aparece en la fantasía como causa.
Causa respecto de lo que es el deseo, cuyo montaje es la fantasía.
Pero también, en relación con el sujeto que se escinde en la fantasía fijándose en ella a una alternancia, armazón que hace posible que el deseo no sufra por eso gracias a ella ningún retroceso.
Una fisiología más exacta de los mamíferos placentarios o simplemente tener más en cuenta la experiencia del partero (de la que podemos asombrarnos que se contente en lo psicosomático con las chácharas del parto sin dolor) sería el mejor antídoto contra un pernicioso espejismo.
Recuérdese que como clave el narcisismo primario se nos sirve como función de atracción intercelular postulada por los tejidos.

Nosotros fuimos los primeros en situar exactamente la impor­tancia teórica del objeto llamado transicional, aislado como rasgo clínico por Winnicott.
Winnicott mismo se mantiene en un registro evolutivo para poder apreciarlo.
Su extrema finura se desgasta en ordenar su descubrimiento como paradoja, ya que sólo puede ser registrado como frustración, en la que ella haría de la necesidad apremio, como fin de la Providencia.
Sin embargo, lo importante no es que el objeto transicional preserve la autonomía del niño sino que el niño sirva o no de objeto transicional a la madre.
Este suspenso revela su razón al mismo tiempo que el objeto revela su estructura. Que es la de un condensador para el goce, en tanto que por la regulación del placer, le es sustraído al cuerpo.

¿Es lícito aquí indicar rápidamente que al huir de esos pasadizos teóricos todo aparecería como una impasse de los problemas planteados a la época?

Por una parte, problemas del derecho al nacimiento ‑pero tam­bién en el impulso del: tu cuerpo es tuyo, donde se vulgariza hacia principios de siglo un adagio del liberalismo, la cuestión de saber, si por el hecho de la ignorancia en que ese cuerpo es mantenido por el sujeto de la ciencia, se va a alcanzar el derecho de dividir ese cuerpo para el cambio.

¿No se discierne la convergencia de lo que hoy he dicho? ¿Des­tacaremos las consecuencias del término del niño en general? Ciertas antimemorias (5) están estos días de moda (¿por qué son “anti” esas memorias? Si es porque no son confesiones, se nos advierte, ¿no es ésa desde siempre la diferencia de las memorias? Sea lo que fuere, el autor las abre por la confidencia de extraña resonancia con que un religioso lo despide: “He acabado por creer, vea usted, al declinar mi vida, le dice, que las personas mayores no existen”.
He ahí lo que signa la entrada de todo un mundo en el camino de la segregación.

¿No es por lo que sea necesario responder a ello que ahora entrevemos por qué Freud sintió sin duda que debía reintroducir por el goce nuestra medida en la ética? ¿Y no es intentar actuar tanto con ustedes como con quienes desde entonces se hizo la ley, abandonarlos con la pregunta: Cuál es la alegría que encontramos en lo que constituye nuestro trabajo?

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Nota de Jacques Lacan de fecha 26‑IX‑68


Esto no es un texto sino una alocución improvisada.
Como ningún compromiso puede justificar a mis ojos su transcripción palabra por palabra, que tengo por fútil, necesito excusarla.
Primero su pretexto: fingir una conclusión cuya falta, habitual en los Congresos, no excluye sus beneficios, como aquí fue el caso.
Me presté a ello para rendir homenaje a Maud Mannoni, o sea a quien, por la rara virtud de su presencia, supo aprehender a todos en las redes de su pregunta.

La función de la presencia, tanto en este campo como en todos, debe juzgarse por su pertinencia.
Ciertamente, se la debe excluir, salvo notoria impudicia, de la operación psicoanalítica.
Para el cuestionamiento del psicoanálisis, aun del psicoanalista mismo (tomado esencialmente), desempeña su papel supliendo la falta de apoyo teórico.
En mis Escritos le doy curso como polémica, hecha de intermedio en lugares de intersticio, cuando no tengo otro recurso contra la obtusión que desafía todo discurso.
Por cierto que es sensible en el discurso que nace, pero es una presencia que no vale sino porque finalmente se borra, como se ve en matemáticas.
Sin embargo en psicoanálisis hay una que se suelda con la teoría: es la presencia del sexo como tal, entendiéndolo en el sentido en que lo presenta el ser que habla: como femenino.

¿Qué quiere la mujer? es, como se sabe, la ignorancia en que Freud permaneció hasta el fin, en la cosa que dio a luz.
Lo que la mujer quiere, además de estar aún en el centro ciego del discurso analítico, lleva en su consecuencia que la mujer sea psicoanalista nata (como uno se da cuenta, en tanto el análisis es regenteado por las menos analizadas de las mujeres).

Nada de todo esto se relaciona con el caso presente puesto que se trata de terapia y de un concierto que no se ordena en el psicoanálisis sino retornándolo en la teoría.
Aquí me fue preciso suplirla para quienes no están oyéndome, por una suerte de presencia que hay que decir que es abusiva ... ya que conviene a la tristeza motivada por una alegría reanudada hasta apelar al sentimiento de incompletitud ahí donde sería preciso situar ésta en lógica (****).
Parecería que tal presencia provoca agrado. Qué rastro queda pues aquí de lo que aporta como palabra, ahí donde se excluye el acuerdo: el aforismo, la confidencia, la persuasión, o aún el sarcasmo.

Una vez más, como se habrá visto, he tomado ventaja al hacer que sea evidente un lenguaje donde se obstinan en hacer figurar lo preverbal.

¿Cuándo se verá que lo que yo prefiero es un discurso sin palabras? (6).




NOTAS:

(.) Nota S.R.; Del Prefacio: "En octubre de 1967 se reúne en París un grupo de especialistas para llevar a cabo un coloquio sobre la infancia alienada, coloquio promovido y organizado por la psicoanalista francesa Maud Mannoni".

* El sueldo, **la paleta, ***lenguaje [N. del T.].

+ El autor en su crítica a la concepción del lenguaje que se desprende del trabajo de Sami‑Ali, juega con el paradigma de langage ‑intraducible término a término al castellano‑ demostrando que la significación nace de la diferencia y oposición de los significantes, y más específicamente de la sustitución de un significante por otro (condensación‑metáfora) [N. del T.].

**** Cfr. “La science et la verité", Écrits, p. 861, donde Lacan hace referencia al teorema de Gödel (sobre la incompletitud de los sistemas axiomáticos) y lo que de él se desprende en relación con el carácter no suturable del sujeto de la ciencia [N. del T.].


(1) [Nota S.R.] Se trata del texto en los "Escritos", 'Acerca de la causalidad psíquica', apartado: La causalidad esencial de la locura.

(2) [Nota S.R.] Las consideraciones siguientes acerca de la práctica humana de la segregación son especialmente valiosas para poder tomar en cuenta la perspectiva siempre atenta de Jacques Lacan en referente no a lo social meramente, sino a lo constitutivo de sus observaciones acerca de lo social. Constitutivo para nosotros de lo que podemos llamar indicaciones de rumbos y vías no sólo para ser seguidas sino también para ser confrontadas con lo propio de nuestras coordenadas sociales, culturales y epocales y también como 'eso social', léanse aquí especialmente las prácticas y discursos que se alojan en su espacio, que son constituyentes de aquello que llamamos el sujeto del inconciente.

Referencia 'Escritos', J. L. , "Del trieb de Freud y del deseo del psicoanalista":

"Las pulsiones son nuestros mitos, ha dicho Freud. No hay que entenderlo como una remisión a lo irreal. Es lo real lo que mitifican, según lo que es ordinario en los mitos: aquí el que hace el deseo reproduciendo en ello la relación del sujeto con el objeto perdido.
Los objetos que pueden someterse a provechos y pérdidas no faltan para ocupar su lugar. Pero sólo en número limitado pueden llenar un papel que simbolizaría perfectamente la automutilación del lagarto, su cola soltada en la desesperación. Malaventura del deseo en los setos del goce, que acecha un dios maligno.
Este drama no es el accidente que se cree. Es de esencia: pues el deseo viene del Otro, y el goce está del lado de la Cosa.
Lo que el sujeto recibe por ello de descuartizamiento pluralizante, a eso es a lo que se aplica la segunda tópica de Freud. Ocasión de más para no ver lo que debería saltar allí a los ojos: que las identificaciones se determinan allí por el deseo sin satisfacer la pulsión.
Esto por la razón de que la pulsión divide al sujeto y al deseo, deseo que no se sostiene sino por la relación que desconoce de esta división con un objeto que la causa. Tal es la estructura del fantasma.

¿Cuál puede ser entonces el deseo del analista? ¿Cuál puede ser la cura a la que se consagra? ¿Va a caer en el sermoneo que hace el descrédito del sacerdote cuyos buenos sentimientos han sustituido a su fe, y asumir como él una "dirección" abusiva?
Sólo podremos aquí observar que, con la salvedad de ese libertino que era el gran cómico del siglo del genio, no se ha atentado en él, como tampoco en el siglo de las luces, contra el privilegio del médico, no menos religioso sin embargo que otros.

¿Puede el analista cobijarse en esta antigua investidura, cuando, laicizada, se dirige hacia una socialización que no podrá evitar ni el eugenismo, ni la segregación política de la anomalía?
¿Tomará el psicoanálisis el relevo, no de una escatología, sino de los derechos de un fin primero?
Entonces, ¿cuál es el fin del análisis más allá de la terapéutica? Imposible no distinguirlo de ella cuando se trata de hacer un analista.
Pues, lo hemos dicho sin entrar en el resorte de la transferencia, es el deseo del analista el que en último termino opera en el psicoanálisis.

El estilo de un congreso filosófico inclina, al parecer, a cada uno más bien a hacer valer su propia impermeabilidad.
No somos para eso mas ineptos que cualquier otro, pero en el campo de la formación psicoanalítica, ese procedimiento de desplazamiento hace la cacofonía de la enseñanza.
Digamos que en esto ligo la técnica al fin primero.
Hemos lamentado al concluir que, en conjunto, haya quedado apartada la pregunta que es la de Enrico Castelli, profunda.
El nihilismo aquí (y el reproche de nihilismo) han tenido mucho estómago para ahorrarnos afrontar lo demoníaco, o la angustia, como se prefiera.


Seminario XVII, "El reverso del psicoanálsis", J.L., clase 9:

"Sea como sea, sí no les molesta, habría que ver de todos modos lo que las cosas quieren decir. Está este mito de Edipo tomado de Sófocles, y además está el bolazo del que les hablaba hace un rato: el asesinato del padre de la horda primitiva donde es bastante curioso que el resultado sea exactamente el contrario, a saber: se lo mata al viejo papá que las tenía todas para él, -lo que ya de por sí es fabuloso: por qué iba a tenerlas todas para él habiendo otros muchachos, que por  lo menos debían tener también sus antojos- de todas formas se parte de ahí. La consecuencia -esto es de todos modos algo muy distinto al mito de Edipo- la consecuencia es que por haber matado al viejo, al viejo orangután, pasan dos cosas de las que pongo una entre paréntesis porque es fabulosa: ellos se descubren hermanos. En síntesis si esto puede darnos alguna idea sobre lo que es la fraternidad se los doy así como una pequeña idea mientras tanto, porque puede ser que de acá hasta fin de año tengamos tiempo de retomar, en fin, esta energía que ponemos en ser todos hermanos prueba evidentemente que no lo somos. Aún con el hermano sanguíneo, nada nos prueba que somos hermanos. Podemos tener un montón de cromosomas totalmente opuestos.
Entonces este encarnizamiento en la fraternidad, sin contar el resto, la libertad y la igualdad, es algo fenomenal de lo que convendría saber que es lo que recubre. No se conoce más que un sólo origen de la fraternidad -me refiero a la humana, siempre el humus- es la segregación. Estamos evidentemente en una época de segregación, ¡puaj, nunca hubo más segregación! Es inaudito!  Es inaudito cuando uno lee los diarios. Simplemente la sociedad, como se la llama -no quiero llamarla humana precisamente porque reservo los términos, pongo atención en lo que digo, no soy un hombre de izquierda- constato que todo lo que existe está fundado en la segregación y en primer término la  fraternidad. No se concibe ninguna fraternidad, no tiene el menor fundamento, como acabo de decirles el menor fundamento científico, si no es porque estamos aislados juntos, aislados del resto por algo de lo que se trata de saber la función y el por qué. Pero en definitiva salta a los ojos que es así a fuerza de hacer como si no fuese cierto, debe tener sin embargo algunos inconvenientes.
¡Es semi-decir lo que les estoy diciendo!. No les digo porque es así. Por empezar porque si yo digo eso, no puedo decir por qué es así. Ahí tienen un ejemplo.  En fin, como sea, ellos se descubren hermanos. Uno se pregunta en nombre de qué segregación. Hay que decir que como mito, es más vale flojo. Y en segundo lugar ellos deciden unánimemente que no se va a tocar a las mamitas, porque encima hay más de una.  Ellos podrían intercambiarlas puesto que el viejo padre las tiene todas: ellos podrían acostarse con la mamá del hermano justamente porque sólo son hermanos por el padre".

(3) [Nota S.R.] Ver "Ser y Tiempo", Martín Heidegger, edición castellana: CFE. Ver especialmente: segunda sección 'El "ser-ahí" y la temporalidad", Punto I, El posible "ser-total" del "ser-ahí" y el "ser relativamente a la muerte", parágrafos 46 a 53.

(4) [Nota S.R.] Para remitirse a las citas acerca de la apuesta de Pascal en los seminarios de J. Lacan dirigirse especialmente a:
Seminario XII, Problemas cruciales para el psicoanálisis, clase 6, 20-I-1965.
Seminario XIII, El objeto del psicoanálisis, clase 9, 2-II-1966.
Seminario XVI, De un Otro al otro, clase 6, 8-I-1969; clase 7, 15-I-1969; clase 8, 22-I-1969; clase 9, 28-I-1969; clase 10, 5-II-1969; clase 11, 12-II-1969; clase 21, 21-V-1969; clase 22, 4-VI-1969; clase 23, 11-VI-1969.

Apuesta de Pascal, referencia: "Pensamientos", Pascal - artículo II, "De como es más ventajoso creer lo que enseña la religión cristiana". La apuesta se refiere al problema de si Dios existe, o no existe. El juego de esta apuesta -si o no- es similar al juego de la moneda, donde Pascal encuentra la equivalencia del si o no, en el resultado de cara o cruz. La apuesta no es voluntaria, todos apostamos, incluso no apostando. La razón no nos puede ayudar en esta elección ya que      no nos otorga un punto de afirmación desde donde podamos elegir. Aquí la razón se muestra insuficiente. Considerará, luego, la apuesta en términos del "azar de la ganancia y de la pérdida", en relación a lo finito y lo infinito de lo a ganar, o a perder. Expone así las probabilidades presentes en cualquier partida. Por último, introduce al jugador en tanto la "certidumbre" o la "incertidumbre" y llega a la conclusión de que hay tantos riesgos de un lado como del otro -certidumbre de ganar y certidumbre de perder- y así la partida se juega igual contra igual. De este modo: "nuestra proporción tiene una fuerza infinita, cuando se trata de arriesgar lo infinito en un juego en que hay iguales posibilidades de ganar y de perder y en que lo que se gana es el infinito. Esto es demostrativo, y si los hombres son capaces de algunas verdades, ésta figura en el número de ellas".


(5) [Nota S.R.] Se trata de la autobiografía titulada: "Antimemorias", de André Malraux.

(6) [Nota S.R.] Referencia Seminario XVI, "De un Otro al otro", J. Lacan; Clase 1: "Estos son propósitos iniciales, recuerdos de certitudes, no de verdades. Y quisiera —antes de introducir hoy los esquemas de los cuales intento partir— marcar que, si algo de ahora en más, debe quedarles en el hueco de la mano, es lo que he tomado cuidado en escribir, hace un momento en el pizarrón, sobre la esencia de la teoría: 'La esencia de la teoría psicoanalítica es un discurso sin palabra'. La esencia de la teoría psicoanalítica es la función del discurso y precisamente en lo que podría parecerles nuevo, o al menos paradojal: que yo lo diga sin palabra. Se trata de la esencia de la teoría en tanto que eso es lo que está en juego".

Clase 3: "Hemos dibujado aquí, en un tiempo precoz o suficientemente bueno, en la articulación de ese discurso que me encuentro soportando en la experiencia analítica, hemos ya cuestionado este problema de lo que puede decir, al nivel del discurso, formación del inconsciente, del Witz, en la ocasión que puedo aquí decir: Yo digo (Je dis). Pues he distinguido precisamente, y esto desde el origen de este discurso, la distinción de lo que a él se refiere, del discurso y de la palabra, y la fórmula-clave que he inscripto este año en el primero de estos seminarios, de lo que es un discurso sin palabras, esencia —he dicho— de la teoría analítica".


Texto extraído de "Psicosis infantil", varios autores, págs. 150-161, editorial Paidós, Buenos Aires, Argentina, 1976.
Traducción: Héctor Yankelevich.
Edición original: Revista 'Recherches', Infancia alienada, 2 vol., septiembre 1967 y diciembre 1968.
Corrección de texto: Cecilia Falco.
Selección, destacados y notas: Sergio Rocchietti.
Con-versiones, marzo 2007

sexta-feira, 21 de setembro de 2012

Sobre el amor entendido como imbecilidad transitoria


Los enamorados ignoran la abrumadora evidencia de que su pasión es perecedera, efímera y volátil. Esta es la prueba más concluyente de que estamos ante una formidable arma de idiotización masiva

 8 SEP 2012 - 00:07 CET


“Te vas a casar con otro, con otro que no soy yo”
El Fary (Paloma que pierde el vuelo)

En nuestra sociedad, cuando uno es requerido a hablar del amor, se diría que resulta poco menos que obligado hacerlo en términos elogiosos, cuando no abiertamente entusiastas. Parece como si constituyera una contradicción conceptual (que colocaría además en el lugar de un antipático aguafiestas al que se atreviera a sostenerla) referirse a dicho sentimiento de manera crítica, señalando sus limitaciones, sus contradicciones y ya no digamos la función oscurecedora o directamente engañosa que a menudo cumple la apelación a lo amoroso en el mundo actual. No resulta difícil comprender tan generalizada prevención: ¿cómo hablar en clave negativa de una de las experiencias que mejor ha representado en nuestra cultura el ideal de felicidad, con la que incluso se ha asociado en múltiples ocasiones a la misma bondad?
Pero de una tal constatación cabe extraer conclusiones de diverso tipo. Una, que puede contar sin duda con buenas razones a su favor, es la de que la consideración inequívocamente positiva del amor constituye una de las columnas básicas sobre las que se sostiene la visión del mundo hegemónica en nuestra sociedad. Cumple dicha función precisamente porque se imbrica con un conjunto de convencimientos fuertemente arraigados en la mente de los individuos, de manera que mucha gente barrunta o intuye que cuestionar la importancia de aquél arrastraría en su caída a éstos, dejándonos en una situación de incertidumbre y desamparo extremos. Además, cabría añadir en nombre de un presunto sentido común bastante extendido, ¿para qué tocar aquello que funciona? ¿No parece mayoritariamente aceptado que un gran amor constituye el ideal de la plenitud de sentido para una vida? ¿O que, entretanto éste no se alcanza, los diversos grados de la felicidad o el bienestar imaginables vienen indisolublemente ligados a una proporcional presencia de lo amoroso? Dicho de una forma extremadamente simplificadora, por la que me disculpo de antemano, ¿acaso alguien, cuando fantasea unas maravillosas vacaciones, se representa unos días en un paraje idílico, pero en estricta y rigurosa soledad?
Es difícil hablar en clave negativa de lo que mejor representa en nuestra cultura el ideal de felicidad
Sin embargo, la conclusión anterior no es la única, como ya anticipábamos. A partir de idénticas premisas, también los ha habido que han extraído una conclusión, de signo bien distinto, acerca de la urgente necesidad de combatir la forma dominante de entender el amor a la que nos venimos refiriendo. En efecto, lo arraigado y difundido de la misma, lejos de constituir un argumento incontestable para aceptarla, estaría informando precisamente de la gravedad de nuestra situación. Porque si un tal amor no pasa de ser, como así mismo se ha dicho más de una vez, una variante particular de imbecilidad transitoria, su abrumadora generalización no resultaría un argumento en contra sino a favor de la necesidad de combatir decididamente lo que en última instancia no habría resultado ser otra cosa que una formidable arma de idiotización masiva.
Acerca de la primera conclusión no hay mucho que añadir. Para ella el amor ya está bien como está o, lo que viene a ser lo mismo, alcanzarlo representa una aspiración válida cuando no directamente deseable como horizonte regulador para nuestras vidas. La segunda, en cambio, en la medida en que impugna el imaginario colectivo dominante en uno de sus aspectos vertebrales, implica toda una invitación no sólo a la crítica, sino también a la elaboración de una alternativa existencial adecuada (excepto para quienes pudieran considerar que vivir sin amor ya constituye, por sí sola, la alternativa).
¿De qué rasgos, según esto, debería desprenderse nuestra idea de amor para empezar a resultar, como mínimo, aceptable? ¿Qué nuevas determinaciones debería asumir para que empezara a abandonar su condición de intolerable espejismo engañoso? Para algunos, que dicen saber de la cosa, el hecho de que la beatitud alcanzada por los enamorados sea, de acuerdo con la estadística y el cálculo de probabilidades, perecedera y volátil, pero que, a pesar de tan abrumadora evidencia, sea considerada por sus protagonistas como imperecedera y eterna representa la prueba más concluyente de hasta qué punto el amor constituye el territorio privilegiado de la estupidez humana.
Cuando perdemos a la persona amada sentimos que solo queda darse por muerto en vida y añorarla
Siguiendo con el razonamiento, una perspectiva adecuada (¿o deberíamos decir, directamente, postmoderna?)del amor sería aquella en la que los amantes asumieran sin conflicto ni desgarro alguno la condición efímera de su pasión, abandonando tópicos que corresponderían a una concepción anacrónica de la misma, como el tópico de la irrepetibilidad de la persona amada (canónicamente expresada en el verso nerudiano “a nadie te pareces desde que yo te amo”). En su lugar, lo procedente sería interiorizar sin complejos (sobre todo de culpa) la actitud descrita por la cantautora británica Adele en su éxito Someone like you, en el que, dirigiéndose a un antiguo amante, le manifiesta su convencimiento de que encontrara a alguien que ocupe su lugar, esto es, alguien en cierto sentido intercambiable. No puede decirse que en esta perspectiva se esté renunciando por completo a la idea del amor, sino más bien que se la está adaptando convenientemente a la liquidez de los tiempos. Hasta el punto de que uno de estos enamorados de nuevo cuño podría hacer suya la vieja retórica amorosa, sólo que introduciendo un pequeño matiz diferencial, y afirmar “uno se enamora una sola vez en la vida, sólo que de diferentes personas”. En el fondo, a poco que se piense, la expuesta resulta una actitud bastante acorde con la época que nos ha tocado vivir. En efecto, ¿cómo creer, en tiempos de disolución del sujeto, que una determinada persona, y sólo ella, está predestinada a ser el hombre o la mujer de nuestra entera vida?
Aunque tal vez, pensándolo mejor, el problema no sea tanto de la otra persona como de uno mismo. Encuentro en el libro de Miquel Bassols Tu yo no es tuyo una frase del escritor Julián Ríos que tal vez proporcione la clave de la dificultad. Frente a la máxima bíblica “yo soy el que soy”, acaso lo único que en el presente podamos afirmar acerca de nosotros mismos sea “yo soy el que es hoy”. Escaso bagaje, ciertamente, para andar en búsqueda de un otro del que es de suponer que no estamos en condiciones de esperar mayor entidad que la nuestra, tan liviana ella. Probablemente la única pregunta posible, llegados a tal punto, sea la siguiente: ¿consideramos que éste es un lugar para quedarse a vivir?
Porque la propia Adele —a la que alguno opinará que estoy citando como si se tratara del mismísimo Hegel: secuelas del verano, que reblandece las neuronas— señala en otros pasajes de su canción algo particularmente relevante. Encontraré a alguien como tú, proclama, pero eso significa que ese amor perdido ha pasado a convertirse en un punto de referencia y, curioso, no sirve de consuelo para el espíritu ni de bálsamo para el corazón pensar que esa persona ya no es ahora la que uno amó tiempo atrás y ha pasado a ser otra distinta (tan volátil como uno mismo). Acaso esté revelando algo mucho más importante que una mera debilidad el hecho de que cuando se pierde a la persona amada —a ese hombre o a esa mujer que pudieron llegar a ser percibidos en un determinado momento como un auténtico destino— luego ya sólo queda o darse por muerto en vida o añorarla para los restos, y errar como alma en pena, buscándola, en vano, en otras personas.
Muy probablemente lo que todo lo anterior esté mostrando es que en materia amorosa no hemos conseguido escapar de los territorios del posibilismo, más allá de unos cuantos aditamentos ocasionales. Me atrevería a afirmar, con escaso temor a equivocarme, que si hiciéramos una encuesta preguntando a la gente acerca de su opinión sobre ese tópico ideal de relación amorosa en el que una persona colma por completo y para siempre las expectativas de todo orden que cualquiera pudiera plantearse, la inmensa mayoría declararía su radical escepticismo respecto a la probabilidad de dar con dicha persona. Pero si, pertinaces, perseveráramos en la pregunta inicial añadiéndole la puntualización: “en el caso de que Vd. tuviera la insólita fortuna de encontrarla, ¿suscribiría el modelo heredado de relación amorosa?”, albergo pocas dudas de que la inmensa mayoría respondería afirmativamente. Lo cual, por si no ha quedado claro, en modo alguno pretende constituir un elogio indirecto de dicho modelo, sino una constatación de nuestra incapacidad —hasta el momento— para elaborar otro mejor.
Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona. Premio Jovellanos de Ensayo 2012 por el libro Adiós, historia, adiós.

sábado, 15 de setembro de 2012

"El capitalismo inventó el amor"


La modernidad acabó con el matrimonio concertado y con la idea de Dios, dice el filósofo francés Luc Ferry. Para el autor de Aprender a vivir (Taurus), el desafío es alcanzar una espiritualidad laica que permita aceptar la muerte de quienes amamos
Por Luisa Corradini  | LA NACION
 A simple vista, Luc Ferry puede parecer la antítesis de un filósofo. En vez de vivir en un barril, como el cínico Diógenes, este gran burgués de 56 años cultiva sus amistades en los círculos políticos de la derecha y da sus citas en el café más à la mode de París. Lejos de practicar una asidua misantropía, como la mayoría de sus históricos colegas, este brillante profesor universitario y exitoso autor es refinado, cordial y disponible. A pesar de que admira a los estoicos, no trata de disimular que le encanta ser popular y que la mayoría de sus amigos figuran en las páginas delWho s who .
Pero las apariencias suelen ser engañosas. Ex ministro de Educación, doctor en filosofía y en ciencias políticas, descendiente de Jules Ferry -padre de la escuela obligatoria, gratuita y laica en Francia-, este Ferry es un intelectual sólido, provocador y con grandes dotes de comunicación. Gracias a una auténtica capacidad de divulgación, en pocos años se ha transformado en un conspicuo miembro del reducido grupo de filósofos decididos a devolver a la filosofía su vocación original: ayudar al hombre a vivir mejor, más libre, despojado de vanos temores, cargando en el espíritu solo unas pocas verdades razonablemente adquiridas. Ese cambio comenzó hace unos 20 años, cuando algunos pensadores, como Pierre Hadot, hicieron redescubrir al público los "ejercicios de sabiduría" de las escuelas griegas y romanas.
Poco a poco, las viejas evidencias regresaron: el pensamiento modela la existencia, se puede aprender a vivir, nuestra vida moderna exige la invención de una sabiduría "a medida". ¿Qué rescatar de las doctrinas antiguas, como el epicureísmo o el estoicismo? ¿Cómo forjar preceptos adaptados al nuevo mundo? En Francia, hubo tres autores de sensibilidades diferentes que aceptaron el desafío: Michel Onfray, André Comte-Sponville y Luc Ferry. En 2002, Ferry publicóQué es una vida realizada . En ese libro intentaba mostrar el camino hacia un nuevo humanismo a través de las grandes etapas de la historia del pensamiento, de los griegos a nuestros días, pasando por la gran limpieza hecha por Nietzsche. Saludado por la crítica, el trabajo padeció las consecuencias de las circunstancias: su autor, designado ministro de Educación del gobierno conservador de Jean-Pierre Raffarin, había dejado de ser leído como filósofo, para ser atacado como figura política.
En 2005, durante unas cortas vacaciones familiares junto a su amigo el ex primer ministro Dominique de Villepin, Luc Ferry aceptó el desafío de tratar de explicar los grandes principios de la sabiduría filosófica a su hija adoptiva -de origen colombiano- y a un grupo de adolescentes amigas. De esa experiencia nació Aprender a vivir . Tratado de filosofía para las jóvenes generaciones , que ya vendió más de 300.000 ejemplares en Francia, fue traducido a decenas de idiomas y acaba de ser publicado en español.
-Aprender a vivir se está transformando en un éxito planetario. ¿Esperaba ese maremoto?
-No, pero creo comprender las razones. Por un lado, en Occidente, sobre todo en los países democráticos, entre los que incluyo a América Latina, el ocaso de las religiones parece irreversible: la fe, las creencias religiosas ya no tienen la misma fuerza que hace 150 años. Sin embargo, el hombre sigue teniendo los mismos miedos, los mismos interrogantes, la misma necesidad de respuestas. Lo que digo en mi libro es que las grandes filosofías son también doctrinas de salvación. Doctrinas de salvación laicas, sin Dios, pero capaces de liberar al ser humano de los miedos que lo acosan. Creo que no hay actualmente otro libro que diga que las grandes filosofías son teorías de la salvación. Honestamente, creo que he sido el primero en hacerlo.
-En ese libro usted también afirma que lo que se enseña en las aulas no es filosofía.
-Es verdad. A los jóvenes se les dice que la filosofía es la reflexión, el espíritu crítico, la argumentación; que la filosofía los ayudará a pensar por sí mismos, a pensar en las grandes cuestiones de sociedad. Todo eso está muy bien, pero no tiene nada que ver con la filosofía. ¿Quién no reflexiona? Esa no es la especificidad de la filosofía. La cualidad principal de la filosofía es enseñarle al hombre a superar los miedos que le impiden vivir bien.

-¿EL MIEDO A LA MUERTE?

-Sí, ese miedo que engloba todos los demás. Cuando el hombre está sometido a los miedos, no puede ser íntimamente libre ni generoso con los demás. Cuando el hombre tiene miedo (a las ratas, a los ascensores, al cáncer ), está totalmente privado de libertad y cerrado a los otros. El sabio es aquel que consigue superar los miedos que lo acosan. Ese es el gran principio que recorre toda la filosofía, desde los griegos hasta Heidegger, incluido Nietzsche. Aquel que gracias a la filosofía llega a esa especie de serenidad que los griegos llaman sofía . Los grandes maestros griegos, tanto de la tradición estoica como epicúrea, que son las dos grandes tradiciones filosóficas griegas, decían a sus discípulos: "Mientras tengas miedo de la muerte, no podrás vivir una buena vida". La filosofía nació de ese miedo a la muerte, que con frecuencia no es solo miedo a la propia muerte sino también a la muerte de los seres queridos. Desde ese punto de vista, las grandes filosofías son las grandes competidoras de las religiones. Desde siempre, las grandes teorías filosóficas han sido las competidoras de las religiones. En la tradición griega, mitología y filosofía son realmente competidoras. Ambas dicen la misma cosa: una por el mito, la otra por la razón. Lo mismo que las grandes filosofías occidentales lo fueron con el cristianismo.
-¿Se puede decir que el miedo a la muerte incluye el miedo a toda pérdida irreversible?
-Así es. Como en el poema de Edgar Allan Poe, donde el cuervo dice " Never more " (nunca más). Hay en nuestras vidas cosas que pasan para siempre: un divorcio, una mudanza, la pérdida de un empleo, la disputa con un amigo. Durante la vida hay experiencias de pequeñas muertes que nos hacen palpar lo irreversible del tiempo que pasa. Es algo muy angustiante. Un poeta latino decía: "No hay nada peor que los buenos recuerdos".

-¿Y CÓMO PERDER EL MIEDO A LA MUERTE?

-Una fórmula estoica que me gusta mucho dice: "Sabio es aquel que lamenta un poco menos, que espera un poco menos y que ama un poco más". Nietzsche retomará esa bella idea y la llamará "la inocencia del devenir". En pocas palabras, el sabio consigue reconciliarse con la vida cuando deja de relativizar el presente con los recuerdos del pasado o con las expectativas del porvenir. En toda su historia, desde los estoicos hasta Nietzsche, la filosofía está atravesada por una misma problemática: tratar de aprender a vivir mejor.
-Dios suele ser una excelente respuesta a las angustias del hombre. ¿Por qué ese alejamiento para, después, encontrarse delante del vacío?
-Hay dos respuestas a esa pregunta. La primera y la más superficial es que el racionalismo moderno, el espíritu crítico que nace con la democracia, con la Revolución Francesa, se basa en la idea de que es preciso cuestionar las tradiciones (lo que se recibe de nuestros padres, de nuestros ancestros). Ese es el gesto de Descartes, de la Revolución Francesa y de todo el pensamiento moderno. Durante dos siglos, las bases del pensamiento religioso fueron fragilizadas por la presión del pensamiento racional. Pero hay otra razón mucho más profunda. La historia de Europa, de los Estados Unidos y de América Latina fue marcada por lo que Thomas Weber llamó "el desencanto del hombre" (el alejamiento de Dios), no solo por el desarrollo del espíritu crítico, sino por una consecuencia inesperada de la aparición del capitalismo en los siglos XVIII y XIX: entre otras cosas, el capitalismo fue el inventor del matrimonio por amor y del amor familiar. En la Europa medieval y campesina, la gente vivía en pueblos, en comunidades rurales y religiosas, donde había un cura y estrictos ritos religiosos. Cuando el capitalismo inventó el asalariado, no imaginó el efecto concreto que tendría en la historia del mundo: los pequeños individuos dejaron sus comunidades de origen para ir a trabajar a la ciudad y, al mismo tiempo, se emanciparon del peso de la tradición y de la religión, y adquirieron una formidable libertad. Todo eso, gracias a esa enorme autonomía financiera -aunque escasa-, por primera vez en la historia.
-Y esa escasa autonomía material daba a la gente la libertad de casarse con quien se le diera la gana
-Exactamente. Porque, hasta ese momento, los casamientos eran arreglados por los padres, por el cura o por la comunidad. La condición del hombre moderno está estrechamente ligada a ese fenómeno. Ese es el momento de la invención del "matrimonio por amor", que es una institución reciente, una institución que aún no existe en la mayor parte de los países del mundo, donde todavía se casa a los jóvenes por la fuerza.

-Y DE PASO, TAMBIÉN SE INVENTÓ EL DIVORCIO

-Si uno impone el casamiento por amor, cuando este desaparece, es necesario divorciarse. Con la aparición del capitalismo, para casarse dejó de contar el linaje, el patrimonio, la economía. Lo único importante es el amor, el sentimiento. Ese matrimonio por amor va a hacer aparecer dos cosas desconocidas hasta ese momento: un amor desmesurado por los hijos y el alejamiento del hecho religioso.
-¿Usted quiere decir que en la Edad Media no se quería a los hijos?
-Los niños tenían menos "valor" que los adultos. Cito siempre una frase de Montaigne, que escribió a uno de sus amigos: "He perdido dos o tres bebés " ¿Es posible imaginar en la actualidad a alguien que no sepa cuántos bebés ha perdido? Rousseau abandonó a todos sus hijos sin ningún remordimiento. Bach perdió diez hijos, Lutero perdió otros diez. En el siglo XVIII, en Francia, 30 por ciento de los niños recién nacidos eran abandonados. Y otros muchos eran confiados a nodrizas. En esa época, moría el 90 por ciento de los niños confiados a nodrizas. Los únicos hijos que contaban eran el primero y, tal vez, el segundo; los demás no existían. Como el matrimonio no estaba fundado en el amor, no había transferencia de amor hacia los hijos.
-En otras palabras, el amor a los hijos es un reflejo del amor matrimonial.
-Sí, con la aparición del amor matrimonial, se inventa una relación con los hijos, en la cual estos se transforman en el momento más importante de la vida afectiva.

-Y EL HOMBRE SE ALEJÓ DE DIOS...

-Al mismo tiempo que se emancipa de la autoridad terrenal de la Iglesia, se priva del mensaje salvador del amor cristiano, simbolizado en la resurrección de Lázaro por Jesús. Jesús llora cuando se entera de la muerte de Lázaro porque es su amigo y lo quiere. Cuando lo resucita, envía el mensaje de que el amor es más fuerte que la muerte. Pero el hombre moderno, al alejarse del mensaje evangélico, entra en una nueva lógica, en la cual la muerte de los seres queridos se vuelve insoportable. Los creyentes estaban relativamente protegidos del dolor porque creían que volverían a ver a sus seres queridos en el más allá. Al dejar de creer en la resurrección, el hombre se ve más expuesto al vacío de la muerte y mucho menos protegido. En esa condición del hombre moderno reside, a mi parecer, el éxito de mi libro. La verdad es que el hombre ha dejado de ser creyente, e incluso cuando es creyente, no cree demasiado.
-Entonces Ferry les dice: "Ahora que ustedes no creen en Dios, les voy a explicar cómo ser felices".
-No, para nada. Primero les digo: "Que ustedes no sean creyentes no quiere decir que las cuestiones de espiritualidad no les interesen". No hay que confundir moral con espiritualidad. La moral es el respeto del otro. Grosso modo , moral quiere decir derechos humanos. Cualquiera sea la moral que uno escoja -hay tres o cuatro por ahí-, todas se basan en el respeto y la honestidad. Pero aunque uno sea perfectamente moral, respetuoso y honesto, igual seguirá estando expuesto a la muerte de sus seres queridos, a la vejez o a tener un hijo con cáncer. El duelo, el sufrimiento, la enfermedad, la vejez, la separación son cuestiones que dependen de la espiritualidad. Después les señalo [a los lectores] cuál es el objeto mismo de la filosofía: "Si bien usted no es creyente, recuerde que hay una espiritualidad laica". También digo que en filosofía no es importante la pregunta (¿cómo alcanzar la serenidad?), sino la respuesta. La historia de la filosofía es una serie de tentativas de responder a esa pregunta sobre la espiritualidad. En otras palabras, ¿cómo vivir con la gente que uno ama cuando se sabe que van a morir y que uno va a morir? ¿Cuál es el diálogo que uno tiene con sus padres cuando se acerca el momento de la muerte? En resumen, ¿cuál es la sabiduría del amor cuando uno es mortal?
-¿Qué responde a quienes lo acusan (lo mismo que a André Comte-Sponville y a Michel Onfray, aunque los tres tienen distintas ópticas filosóficas) de bastardear la filosofía reduciéndola a una serie de fórmulas al estilo de "cómo vivir bien en diez lecciones"?
-Primero, creo que esas críticas son producto de los celos. Es cierto que los tres somos muy diferentes, pero los tres tenemos la misma concepción de la filosofía, a saber, que su objetivo último es determinar cómo vivir mejor. La segunda razón es que nuestros libros se venden muy bien y eso es un excelente motivo para la animosidad. Por último, el argumento de la improvisación es inaceptable: tanto Comte-Sponville como yo somos universitarios de toda la vida. Yo he pasado veinte años de mi vida traduciendo a los filósofos alemanes. Soy profesor desde los treinta años y fui el profesor universitario de filosofía más joven de los últimos cincuenta años en Francia. Tanto Comte-Sponville como yo nos liberamos muy rápido de la tiranía de la nota a pie de página (característica de todo trabajo científico) y eso hace rechinar los dientes. Pero, la verdad, me importa un bledo.
-¿Y cuál es para usted, como filósofo, la cuestión fundamental?
-Lo que yo llamo "la sabiduría del amor". Para mí es fundamental porque la cuestión del amor mortal se plantea hoy en las sociedades democráticas en forma totalmente diferente a como se plantea en contextos religiosos o cosmológicos. Nuestra civilización ha salido de la deconstrucción. De aquella atmósfera de deconstrucción de las tradiciones que Nietzsche llamó "el crepúsculo de los ídolos" o "cómo filosofar con un martillo". Ese período deconstructivista, que es la marca de fábrica de Nietzsche y de Heidegger, duró, digamos, hasta la generación de Gilles Deleuze, Michel Foucault o Jacques Derrida. Creo que hemos salido de la época de las vanguardias filosóficas. Hoy la filosofía debe plantearse en términos mucho más positivos: ¿cómo vivir una espiritualidad laica y moderna? Esa es la gran pregunta.

-¿Y SU RESPUESTA?

-Para mí, los tres grandes ejes de la filosofía contemporánea ("teoría", "moral" y "doctrina de la salvación", es decir, de la serenidad) se plantean hoy en términos completamente inéditos. En el terreno teórico, la cuestión de fondo es la integración del campo histórico. Para comprender el presente, es necesario darse una vuelta por las experiencias del pasado. La teoría filosófica actual debería organizarse un poco sobre el principio del psicoanálisis: comprender el pasado como medio de entender el presente. En el plano ético, la moral contemporánea está representada por la universalización del sentimiento humanitario. La globalización de lo humanitario ha hecho estallar el marco tradicionalmente nacional de los derechos humanos, franceses o anglosajones, poco importa. En el terreno espiritual, el problema al que estamos enfrentados en la actualidad es la cuestión de la muerte de los seres queridos, la muerte del amor. ¿Cómo lograr la espiritualidad y la sabiduría que deberían acompañar esa muerte dentro de un marco laico y sin Dios? Esos son mis tres ejes de reflexión. Si tengo tiempo, si no muero antes, me gustaría escribir un libro que hable de esos tres ejes. Quizás el resultado no sea bueno, pero se tratará realmente de filosofía

 .



sexta-feira, 7 de setembro de 2012

Cleopatra vuelve

El autor interroga por la autoridad que legitima el poder y encuentra “una lógica masculina de la autoridad” que, bajo la sociedad de control, produce “un penetrante efecto de despersonalización”. Pero discierne también una autoridad femenina, simbolizada por la Cleopatra de la película de Mankiewicz, que enuncia: “No soy tu esclava, tú eres mi huésped”.

Por Marco Focchi *


El mundo contemporáneo se ha habituado a una cada vez mayor presencia femenina en los lugares de poder. Tenemos mujeres ministras, mujeres emprendedoras, dirigentes, periodistas de relieve, formadoras de opinión pública. En Italia en este momento la presidencia de la Confederación General de la Industria y la secretaría de uno de los sindicatos más representativos son sostenidas por las mujeres; asimismo, la presidencia de la Radio Televisión Italiana (RAI), que es la agencia cultural más influyente del país. En el mundo anglosajón tenemos la presencia decisiva de figuras como Ariana Huffington, Ophray Winfrey, Hillary Clinton. Estados Unidos, Francia y China son las naciones con la más alta concentración de mujeres de poder. Estamos viendo un hombre de color en la presidencia de los Estados Unidos, no es difícil imaginar que veremos pronto a una mujer en la conducción de la mayor potencia del mundo occidental.
Por un lado podemos decir que hoy día los medios conceden cada vez más atención al fenómeno de las mujeres en el poder, exhibiendo de ellas una proliferación de imágenes. Por otro lado, tendremos que considerar que seguramente hay un crecimiento cuantitativo del poder femenino, si bien este fenómeno no resulta típicamente moderno. La historia está ornamentada por las figuras luminosas de emperatrices y reinas, de Teodora a Isabel de Castilla, de Isabel I de Inglaterra a Catalina de Rusia, por tomar solo las primeras que vienen a la mente.
¿Hay un estilo que podemos definir como femenino en la gestión? ¿O el poder es simplemente un lugar de decisión operativo, en el cual siempre han podido ingresar las mujeres particularmente enérgicas, que supieron superar los prejuicios y los obstáculos materiales de su época para investirse de un rol administrado con una expresión y determinación tal que les hizo destacarse por sobre la competencia masculina, en un terreno caracterizado por la connotación fálica? No es este, a mi parecer, el problema decisivo y, sin duda, les cedo aquí gustosamente la palabra a los argumentos de diversas escuelas de pensamiento.
En cambio, me parece más interesante interrogar las fuentes de legitimación del poder: aquello que hace que un poder sea ejercido legítimamente y la autoridad que lo sostiene. Sabemos que a partir de la modernidad la forma tradicional de la autoridad está en crisis. Si queremos tomar una imagen representativa del desencadenamiento de esta crisis debemos ir a la Dieta de Worms, en 1521, cuando Lutero declara, frente a Carlos V, que solo puede obedecer a su propia conciencia. Carlos V, emperador por derecho divino, sólo puede decir: “Me debes obediencia porque Dios está detrás de mí para guiar las decisiones que tomo por todos ustedes”. Lutero, escuchando sólo su propia conciencia, le responde: “Dios está dentro de mí”. Es el primer paso para eliminar el fundamento sobre el cual se apoya la autoridad: “Dios no está detrás o sobre mí, está dentro de mí”, dice.
Después de este primer paso la disgregación de la autoridad tradicional ha sido imparable, hasta arribar hoy día al escepticismo generalizado en la política, al abstencionismo masivo, al funcionamiento rutinario que delega todas las decisiones en los procedimientos y la burocracia administrativa. No hay un vacío de poder en la sociedad occidental, pero seguramente hay un vaciamiento de la autoridad, que trae consigo un progresivo abandono de la responsabilidad, una generalización de la victimización, un cese de los mecanismos de transmisión en el seno de las instituciones educativas.
Ahora bien, de un lado surgen las invocaciones a un retorno salvífico de la autoridad tradicional; por otro lado, la pérdida de la credibilidad en la autoridad tradicional se ve compensada aferrándose a la certeza de la ciencia, que extiende desmedidamente el dominio racional en campos donde el sujeto, que no responde al cálculo, se ve puesto en cuestión, bajo la modalidad de las programaciones y los experimentos de los procedimientos científicos basados en la evidencia (evidence based). En nuestros debates sobre la declinación del Nombre del Padre entramos en esta vía, y pienso que tenemos algo para decir acerca del modelo caracterizado por la lógica masculina con el cual funciona la autoridad tradicional.
En la sociedad de la soberanía, la autoridad procedía legitimando el control del territorio. En las sociedades disciplinarias todo se ha desplazado al control de los cuerpos. En la sociedad en la cual vivimos, donde en cada esquina de la calle hay una cámara de video, el control se ha generalizado y, mediante la palabra imperativa lanzada al ruedo por los medios, se designa quién es creíble y quién no. La prevención, saliendo del ámbito sanitario ha devenido un imperativo universal. La lógica masculina de la autoridad siempre ha funcionado prohibiendo y consintiendo, y el monopolio de la credibilidad en la sociedad de control ha asumido toda la prerrogativa con un penetrante efecto de despersonalización.
¿Podemos imaginar un modelo distinto de autoridad de aquello implícito en la lógica masculina del prohibir y el consentir y que tenga en sí mismo los rasgos de un rostro femenino? Quisiera extraer de la antigüedad un ejemplo que me parece tiene todas las cartas en regla para presentarse en el mundo hipermoderno. Plutarco cuenta una divertida anécdota de la vida de César. César, habiendo llegado a Egipto para encauzar la disputa dinástica de Ptolomeo, se establece en Alejandría, en el palacio de donde había huido Cleopatra. Cuando la reina egipcia decide presentarse al César, se hace llevar en secreto al palacio por un siervo, envuelta en una alfombra. En el inolvidable film Cleopatra, de Joseph Mankiewicz, la reina tiene el rostro irresistible de una Liz Taylor apenas treintañera. Cuando el esclavo es llevado a la presencia del general romano con la alfombra en los brazos, un desconfiado César tantea el tapiz con la punta de su espada, pero Apollodoro, el esclavo, lo frena: “¡Se trata de un tejido muy preciado!”. César ya impaciente tira con brusquedad del borde del tapiz para desenrollarlo y he aquí que Cleopatra rueda afuera, enmarañada y espléndida, radiante de belleza y de despecho. César, estallando en carcajadas, la ayuda a enderezarse y se apresura a despedir a Apollodoro dándole instrucciones de que prepare una habitación para la reina. Pero, cuando Apollodoro está por salir, Cleopatra lo intima: “¿Acaso yo te he dicho que te vayas?”. Luego, volviéndose a César, le dice: “Este es mi palacio César, todo lo que hay aquí está sujeto a mi voluntad; yo no soy tu esclava, sino que tú eres mi huésped.”
Se puede leer esta escena como una pulseada entre dos potencias que se confrontan, donde hay una disimetría interesante en el movimiento con que Cleopatra da vuelta la situación. “No soy tu esclava, tú eres mi huésped.” El acento recae sobre el lugar.
César controla materialmente el palacio con sus guardias pero, sin embargo, él está en el territorio de Cleopatra; es tan sólo viniendo de ella como tal cosa puede tener lugar.
La declinación femenina de la autoridad, que deseo proponer, es la siguiente: si en la lógica masculina la autoridad es aquella que prohíbe o consiente ejercitando así un control, en la versión femenina la autoridad es esto que dona lugar, es esto que produce acontecimiento.
La autoridad es un modo de tratar lo real; del lado masculino, la lógica es la ciencia de lo real. En esta perspectiva, el real se encuentra siempre como imposible. En la feminidad, en cambio, lo real no es el residuo que resiste a la lógica, porque en la feminidad el goce no está focalizado en el falo, no pasa por la filiación lógica ni por las torsiones de la dialéctica. La legitimación no tiene necesidad de equilibrarse entre negación y afirmación, ni de tener bajo control una situación a fin de prevenir las sorpresas. Al contrario, todo nace del gesto que sorprende, del acontecimiento imprevisto.
Hacer acontecer y no prevenir el evento, es esto lo que preside a una forma de autoridad, de la cual deberemos explorar sus recursos, antes que apelar a los tiempos perdidos donde las águilas volaban altas en los cielos del imperio, o pedir auxilio a las certidumbres de una ciencia que tiene potentes medios para tratar la materia inerte pero que se convierte en estafa cuando queremos hacerle expresar en una fórmula los secretos del goce.

La escaramuza y la dama

En cuanto a la relación que la autoridad y el poder tienen con lo real, el poder es mucho más pragmático, alude al lugar en el cual se toman decisiones. En este sentido es más neutral respecto de la sexuación. No es a partir del lugar del poder como es puesta en juego la discriminación fálica. El poder afecta al hecho de ocupar un lugar a partir del cual es posible dar una dirección a los acontecimientos. Pero es la autoridad el lugar que legitima el hecho mismo de que puedan producirse acontecimientos políticos. Si el poder es un lugar concreto de operaciones, la autoridad es más bien un lugar simbólico. Y aquí podemos ver las mutaciones de lo simbólico respecto del hecho que este lugar se configure según la lógica masculina, o fálica, o según la lógica femenina, o suplementaria. Es con respecto al carácter fálico (los símbolos imperiales del soberano) que la autoridad se configura como prohibición o consenso, mientras que es con respecto al carácter suplementario del goce femenino que la autoridad se configura como legitimación productiva. Por ejemplo, en los salones del siglo XVIII, eran los literatos los que entrecruzaban las escaramuzas de sus discursos, pero esto era posible sólo porque las damas, señoras del lugar, creaban el ámbito en el cual esto podía advenir y lo legitimaban con su presencia.
Otra cuestión concierne al movimiento con el cual Cleopatra da vuelta la situación en la que César quiere ponerla, sustrayéndose de su control y tomando la iniciativa. Es un movimiento al revés. Hay algo de análogo en la mitología griega, y de esto nos habla Vermant cuando se refiere a la estrategia de la astucia. La Grecia antigua nos ofrece dos modelos: uno es el del pulpo que con sus tentáculos inmoviliza al adversario, y se acerca sin ser advertido gracias a su capacidad mimética. Esto me parece más afín a la modalidad masculina que contrasta, bloquea, domina usando la fuerza. El otro modelo es el del zorro que se ofrece como cebo al pájaro que quiere capturar, pero cuando el predador, bajando en picada, está encima suyo, él da un salto dando vuelta la situación y capturando a quien lo iba a cazar. Esta estrategia me parece más afín a la posición femenina, donde la mujer se pone en juego a sí misma, ofrece su propia presencia, la propia apariencia, no se mimetiza, para subvertir después a último momento la situación con un movimiento sorprendente.
* Exposición contenida en el volumen del VIII Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis El orden simbólico en el siglo XXI no es más lo que era. ¿Qué consecuencias para la cura?, que distribuye en estos días ed. Grama.