| En la actualidad se perdió la posibilidad de seguir sosteniendo cómodas generalizaciones sobre las costumbres y problemáticas de los adolescentes, tanto en lo que hace a su relación con el placer como a su modo de vivir la disyunción entre sexo y manifestaciones afectivas. Por eso el psicoanalista no puede quedarse con la afirmación de los estados del alma invariables desencadenados en la pubertad. La declinación del poder de las normas paternas para afrontar estas cuestiones, junto con el hedonismo que predica el sistema, condiciona un panorama complejo y diverso en este terreno, por lo que es necesario detenerse en las condiciones de vida y valores que son afectados por los nuevos modos de afrontar el núcleo abismal de la sexualidad por parte de los diferentes grupos de adolescentes. En este trabajo el autor, además de contrastar la descripción de las últimas décadas de diferentes observadores, se detiene en particular en la experiencia diferencial de los jóvenes de las grandes ciudades y la de los suburbios. El adolescente generalmente hace obstáculo al discurso convenido de la psicopedagogía. Un tipo de edad a una distancia también inestable de una generación a otra, y sobretodo cuyo franqueamiento es también incierto, desalienta el mensaje del educador más convencido. El cliché del estado de desarrollo o del pasaje crucial entre dos épocas palidece frente a la explosión de las normas aún encarnadas por la generación de sus padres, y sobretodo la de la norma sexual. La generación nacida en los años setenta, después, la posmoderna de los años noventa, son, cada una a su manera, reveladoras de la maldición sobre el sexo que la ideología de los años sesenta y ocho creyó poder superar. Con relación a esta subversión, el psicoanalista no puede quedarse con la afirmación de los estados del alma invariables desencadenados en la pubertad. Recordemos, a título de indicación, los paradigmas con los cuales Anna Freud calificaba al adolescente, sin encontrar motivo para elevar la clínica psicoanalítica a la altura de los nuevos síntomas más bien inquietantes. "Admito que es normal para un adolescente tener durante mucho tiempo un comportamiento incoherente e imprevisible, combatir sus pulsiones y aceptarlas, mantenerlas a distancia y ser desbordado por ellas, amar a sus padres y odiarlos, rebelarse contra ellos y depender de ellos, estar profundamente avergonzado de su madre ante los otros y, de manera inesperada, desear hablarle con el corazón abierto; complacerse en imitar a los otros e identificarse a ellos y sin embargo estar en la búsqueda incesante de su propia identidad; de ser más idealista, artista, generoso y desinteresado como no lo será jamás, pero también lo contrario: centrado en sí mismo, egoísta, calculador. Tales fluctuaciones entre los extremos opuestos parecerían totalmente anormales en cualquier otro momento de la vida".[1] Estas palabras de alivio contrastan con los aspectos más dramáticos que la actualidad revela a lo largo del tiempo sobre los adolescentes, así se trate de los dramas del amor como de las formas modernas del síntoma: droga, sida, suicidio y otros pasajes al acto. Estamos incitados a considerar al adolescente más bien a partir de este real clínico. Este punto de vista había sido ilustrado por un número de L҂ne[2] de 1985, sin llegar, sin embargo, a las derivas de hoy. Hace veinte años, yo mismo había endurecido el tema y puesto en cuestión esta "normalidad" teniendo en cuenta la posición de Freud: la mutación de la sexualidad a esta edad cambia la teoría simplista de la sexualidad infantil. Es decir que todo no se jugó a los seis años. El momento de la pubertad pone en juego un real del sexo sin precedentes que dejará marcas. Es con acentos sulfurosos dignos de Dostoïesvsky que, en "El hombre de los lobos", son descritos los desarreglos de la sexualidad del varón en la adolescencia, en particular bajo la modalidad de las tentativas de seducción de la hermana. Más allá de la psicología de los estadios, la sociedad psicoanalítica de Viena consagró muchas de sus sesiones a esta cuestión con un cierto acento dramático, especialmente a propósito de El despertar de la primavera de Frank Wedekind y del suicidio de niños. En 1910, se comentaba el libro del doctor Abraham Baer[3] respecto a esta cuestión. La obra pone en evidencia los efectos del goce en los estados del alma de los jóvenes. La tesis higienista de Baer (1901) no fue bien recibida en la época porque la misma lo imputa a la sexualidad asimilada en esa época a una fuerza vital nietzscheana, a la responsabilidad de la autodestrucción: "Baer cree […] que el aumento de los suicidios de niños debe ser puesta en relación con la precocidad creciente de nuestra juventud hipersofisticada, que se hastió por el goce de toda suerte de placeres".[4] Más allá de su ingenuidad, estas líneas son más elocuentes hoy que en la época de Freud, ya que las mismas presentan la maldición sobre el sexo como el reverso de los años locos. Nosotros seguimos a Christian Baudelot y a Roger Establet cuando afirman como durkhemianos: no es la sociedad la que aclara el suicidio, es el suicidio que aclara la sociedad.[5] Sin desarrollar acá la cuestión de los suicidios de los jóvenes, creemos, mutatis mutandi, que la sexualidad de estos últimos aclara la sexualidad contemporánea. La misma revela el impasse así como la caricatura trasmitida por "estos verdaderos niños que son los padres".[6] El hiperconsumo y la sexualidad "viento en popa" ¿La permisividad de la época realiza finalmente el "gozar sin trabas" predicado por los mayores? ¿O bien es necesario descifrarlo en función del desencadenamiento del consumo de las sociedades contemporáneas? ¿Libertinaje o liberalismo? Al modo de Jean Baudrillard, un observador atento al malestar contemporáneo caracteriza más bien la vida sexual por "el alineamiento del orden erótico sobre el orden económico".[7] Las características de la sociedad de consume son aplicadas acá a la sexualidad, volviendo obsoletos los sintagmas fijos del psicoanálisis, connotados por la angustia y la represión. Los años 2000, según los comentadores del malestar moderno y los psicosociólogos, son caracterizados por el hiperindividualismo, la permisividad, la interferencia de los roles y de las identidades. La precocidad de las relaciones sexuales se revela, especialmente en las niñas. La información en materia de sexualidad siguió todas las innovaciones tecnológicas e informáticas de estos dos decenios. La prensa people arroja sobre los adolescentes una relajación, un cinismo y una crudeza que rompe con los tabúes de la generación precedente. El "sexo" es condenado a sufrir la suerte del hiperconsumo y la ley de la economía del mercado: performance, rapidez, competencia, etc. Gilles Lipovetsky describe el imaginario sexual de las jóvenes generaciones como espejos que reflejan los clichés y los imperativos conductuales hoy "atalonados en las empresas y los deportes"[8] : el estallido del goce, la inconstancia y la inestabilidad de los sujetos, la fragmentación pulsional son asimilados a una "balcanización del consumo".[9] Es tentadora la analogía entre el comportamiento "fragmentado, sin reglas, volátil" imputado a un consumo patchwork, y la inestabilidad afectiva. Sin embargo el imperativo de una performance dictada por el amo es una simplificación. La lista de sentimientos –amistad, sexualidad, ternura, amor….- ciertamente fragmenta las elecciones de objeto. ¿No es más bien la ausencia de normas y de modelos lo que abre la vía a esta deriva de la pulsión? Un observador subraya "que a diferencia de sus mayores, no hay más vía legítima para entrar en la sexualidad".[10] La banalización de la relación sexual tendría como consecuencia borrar al mismo tiempo el ideal amoroso. Esto lo verificamos en los adolescentes. Lipovetsky podía describir en 1983 una suerte de indiferencia en materia de amor, una apatía new-look, sin síntomas. Contrariamente al spleen característico del nihilismo, ninguna desesperación sería el resultado de esto.[11] En la misma época, Françoise Dolto describía el "nuevo comportamiento amoroso" como intimidad platónica generada por la mixtura en un fantasma andrógino: "ellos se pasan su chicle con éxtasis, comparten tomando una coca-cola de la botella, intercambian el cigarrillo de marihuana, y todos se besan en las mejillas".[12] Esta versión soft del compañerismo incluye ciertamente la cama pero, con pesar para el psicoanalista nostálgico, sin pasión ni "encuentro verdadero"."[13] Es cierto que el hiperconsumo no parece encontrar su consagración en materia de sexualidad en los jóvenes, sino más bien su auto limitación. Poco antes del sesenta y ocho, Lacan, muy conectado con el reverso de la vida contemporánea suscribía a esta evidencia: en materia de sexualidad las cosas han cambiado mucho. La sexualidad perdió algo del goce clandestino y transgresivo. Sólo se habla de eso: "La sexualidad es algo mucho más público".[14] Su atención se refería a la actualidad de una sexualidad "viento en popa".[15] Introducía allí un bemol: la pretendida libertad sexual de los jóvenes y de las jóvenes enmascara una defensa. Lacan escribe: Eso apunta a lo exual. ("Ça visse exuelle").[16] ¿En efecto, no se describe a los jóvenes como fijados, atornillados, a sus blogs, sus SMS, sus pantallas donde se negocia y se programa el no encuentro? No el encuentro imposible sino la indeferencia por éste como forma moderna de no relación sexual: hablar poco, hacerlo eventualmente, sacar la menor consecuencia posible. Hay algo muy diferente que un agotamiento del goce debido a la pretendida facilidad de acceso al cuerpo del partenaire. Ninguna prueba de verdad. Acá la sexualidad hace "agujero en la verdad".[17] Más que un arte de vivir new age, la indiferencia de los jóvenes no sería sino una defensa contra ese vacío, entonces un síntoma. A la ficción de un acto sexual "que no tiene más importancia, diríamos, que beber un vaso de agua"[18] Lacan oponía, por otra parte, la angustia y la turbación suscitadas en esa ocasión. Una fórmula análoga es aplicada específicamente a los adolescentes en el comentario sobre Wedekind. Pero ya no es más cuestión de verdad: esta vez, la sexualidad hace agujero en lo real.[19] En el mismo número de L҂ne, destacábamos que el comentario de "El despertar de la primavera"[20] de Lacan volvía sensible la turbación de la sexualidad confrontada, no a la prohibición, sino a lo real del traumatismo del encuentro, con la no relación. Desde entonces, este tema ha sido ampliamente confirmado por la experiencia analítica con los adolescentes. EL CPCT-Adolescentes constituye un laboratorio de elección a este respecto que rompe con la doxa media del mito de la permisividad. El defasaje del sexo y del sentimiento es acá llevado al máximo. La relación sexual entre chicas y varones, describe a menudo con crudeza, la falta de las mediaciones convenidas, de los semblantes de los discursos instituidos. ¿Y el discurso psicoanalítico? La rectificación que Lacan opera en 1973, en "Televisión", relativa al impacto del psicoanálisis, vuelve a acentuar la responsabilidad de éste en la ideología de la liberación del deseo. El error consistía en un contrasentido hecho sobre la represión. No es la práctica sexual que es reprimida, sino el bien decir sobre el sexo que es imposible. Lo real, es la imposibilidad del encuentro no con el objeto, sino con el partenaire complemento del sujeto. Una maldición que, pese a la multiplicidad de las relaciones, genera dos afectos específicos en los jóvenes: el tedio y la morosidad[21]; no son extraños al refugio en una oscura espiritualidad que eventualmente toma formas inquietantes. Flores azules Queda por saber si, como lo cree Lipovetsky, el liberalismo sexual "engendra un neo pauperismo tanto libidinal como afectivo".[22]Observamos, por otra parte, que en el 2006 el sociólogo rectifica significativamente su descripción postmoderna de la apatía en provecho de valores que consagran un "hedonismo moderado", suerte de suspensión del desencanto amoroso. Don Juan está, parece, fatigado. La apatía seductora masculina correspondería a "El empuje de una cultura que privilegia lo relacional, la autenticidad, la escucha de sí mismo, la comunicación intimista."[23] Ya Françoise Doltó constataba lo mismo en 1988 en la serie de emisiones de televisión consagradas a los adolescentes: los jóvenes quieren la amistad, la fidelidad y la complicidad más que nada. En esa época, los interlocutores de Dolto estaban impactados por este conformismo del "narcisismo de a dos".[24] Lipovetsky lo confirma: "Los jóvenes aspiran cada vez más temprano a vivir en pareja "instaladas" y fieles". La trasgresión no es más lo que era. Al "desencanto del sexo" por la banalización de la libertad sexual sigue el desmoronamiento del imaginario controversial. Agreguemos a esto la ideología del compañerismo en lugar de la pasión sexual; de lo que resulta un serio debilitamiento de la relación sexual. Como lo dice Françoise Dolto: "el sentido se pierde y los sentidos* no son más aguzados como eran".[25] De todo esto resulta un "hedonismo moderado", alejado del modelo de fusión de la pasión, que preserva sin embargo, el ideal amoroso. "Los adolescentes mismos no pueden escapar a una referencia, aunque sea leve, al sentimiento y al amor, para velar la desnudez de la pulsión, las jóvenes expresando el deseo que los jóvenes reconocen, expresando con las palabras, lo que ellos sienten".[26] Nada nuevo bajo el sol. Salvo que el sentimiento amoroso viene a hacer "bloqueo* al consumo-mundo".[27] Así se encuentra controvertida una versión hard e hipermoderna del empuje a gozar contemporáneo para todos. Bajo la vestimenta ilusoria de la libertad sexual, encontraríamos lo invariante de lo sentimental. Obscenidad de lo sentimental No se trata entonces de la muerte de la afectividad ni el supermercado del goce en los jóvenes. La permanencia de una disyunción entre el sexo y el sentimiento forma parte de los clichés obligados a los cuales recurre todo observador. [28] Este binario se sostiene de otro idealizado, ciertamente no perimido, pero en declinación. Constatamos, sino la era del vacío, al menos al fin de la educación sentimental. La ruptura es grande respecto a la trasmisión paterna de los valores en materia de sentimientos. Este binario, si se confirma, no recubre completamente el clivaje paradigmático del romanticismo para el varón: o sea, el ideal femenino y "el frecuentar asiduamente burdeles".[29] Este tema novelesco está destinado a una larga duración, aunque variantes y mutaciones históricas lo jalonen. La historia del primer y del segundo romanticismo francés destaca los avatares del ideal amoroso y del desencanto.[30] El fantasma del tercero excluido en el tumulto de las pasiones en la juventud, la disputa de las ideas de la época según las generaciones – 1820, 1830, etc. -, acentúan tanto la exaltación conquistadora como la depresión del neurótico. Podríamos confrontar Le Lys dans la vallée (1836) de Balzac con Volupté (1834) de Sainte-Beuve para no confundir el espíritu de una época con un síntoma obsesivo. Si buscamos el peso del gusto que afecta la esfera sentimental en los jóvenes, se subrayará el momento en el que, en la historia de los sentimientos, la jerarquía de los sentimientos se invierte. Roland Barthes lo describió bien al considerar que la indecencia del sexo ha sido reemplazada por "la obscenidad de lo sentimental".[31] Lipovetsky no suscribe a esta mutación, lo que no es falso en el plano de lo observable. Retengamos, sin embargo, que Barthes no se refería a la desaparición del sentimiento, sino a la obscenidad de su mediatización. Constataba la extrema soledad del sentimiento amoroso "abandonado por lenguajes próximos", es decir despreciado o burlado por ellos. Una verdadera transmutación de los valores caracteriza históricamente nuestra época: "No es más lo sexual lo que es indecente, es lo sentimental."[32] La exhibición pública y mediática de la intimidad tomó proporciones aún desconocidas en esta época. No es que el sentimiento amoroso se haya debilitado, pero el amor se ha vuelto obsceno "es por esto precisamente que él pone lo sentimental en el lugar de lo sexual".[33] De esto surge un impasse específico, el obstáculo en los adolescentes que caracteriza la imposible confesión amorosa, particularmente por parte de los varones, no que por el pudor o el ideal viril deban excluirlo, sino porque las palabras no existen más. El análisis de Roland Barthes es bastante flaubertiano. Consagra la estupidez propia de las palabras de amor. No es por azar que el héroe de Novembre, escrito en 1842 a la edad de veintiún años, es un adolescente que no habla frente a una puta sentimental. Los roles están invertidos. Es ella quien habla, le dice que lo ama, pero él se calla. En El idiota de la familia[34], Sartre remarcaba la opacidad de los nombre de La Mujer en el hombre joven, el misterio que constituían para él las palabras: "amante, mujer, adúltera". Esta vacilación del significante frente al enigma del significado deja al joven hombre sin apoyo en una época donde sin embargo el ritual de la pérdida de la virginidad está perfectamente codificado. Frente a la ausencia de una inscripción en lo simbólico, lo indecible del goce de la mujer tiene ya para el joven Flaubert acentos bovaristas: "este misterio de la mujer por fuera del matrimonio, y más mujer aún a causa de eso mismo, me irritaba y me tentaba con el doble atractivo del amor y la riqueza."[35] El sentimentalismo provinciano es el de los colegiales de la época de Flaubert con relación a la capital: "las últimas expansiones del romanticismo llegan hasta nosotros […] comprimidas por el medio provinciano hacen en nuestros cerebros extrañas efervescencias."[36] Sartre comenta destacando un desfasaje, una alteración del mensaje, un malentendido que hace que el romanticismo, elaborado en la capital, pero debilitado después, fue vivido con violencia en las Provincias. Veamos si nosotros podemos aplicar estas distorsiones al clivaje ciudad/suburbios de hoy donde el hedonismo moderado no parece ser la regla. Extrañas pasiones se codean allí con los clichés precedentes. Suburbios bajo castración Es el momento de precisar que el clivaje ciudad/suburbios se impone como discriminando las costumbres sexuales de los adolescentes.[37] Encontramos allí una curiosa mezcla de sexismo arcaico, sentimentalismo obsoleto, impulsos de cortesía y de cinismo obsceno y violento, a veces en los mismos, como si el estallido y los embrollos del sexo provocaran para ellos mismos jerarquías y exclusiones. El binario del sexo y del sentimiento se halla complicado por los diferentes objetos femeninos que discriminan hoy los jóvenes de los suburbios: una pluralización que corresponde a varias funciones tanto de iniciación como de consumación. El objeto encuentra su lugar en una jerarquía entre los dos. Se distinguirá a las vírgenes y las otras, y entre estas últimas las cerdas, las perras, las puercas (las grandes y las pequeñas), las viciosas. [38] Al lado de esto, está el flirt. La historia "del flirt", particularmente en los adolescentes, muestra la persistencia de su independencia con relación a la sexualidad, su autonomía con relación al placer preliminar. "Menos del 15% de los adolescentes hacen las primeras caricias a la persona que ha sido el partenaire de su primer beso, y un porcentaje más débil aún practica el coito con esta persona. La apuesta del flirt no es pues en lo inmediato el acceso a relaciones genitales, sobretodo para los adolescentes".[39] El psicosociólogo está perturbado por la importancia que le dan los jóvenes de las ciudades a la clasificación de las jóvenes "en un contexto histórico en que las jóvenes generaciones borraron los límites sobre los que se fundaban las prohibiciones e interdicciones". Los códigos sexuales parecen hipersocializados, empujando a los jóvenes a buscar contactos en el exterior. Se conserva entonces el binario: permanencia y revolución. Volvamos a la pretendida apatía, esta está contrabalanceada por afectos y comportamientos más inquietantes tales como la droga y el alcoholismo de los jóvenes, sobre todo cuando su rol es establecido en los pasajes al acto suicidas, la violencia y los maltratos sexuales. Cinismo y sadismo cautivan hoy a jóvenes verdugos de quince años. Difícil de inscribir los virajes en el hiperconsumo. La indiferencia a la gravedad de la violación no proviene ciertamente de las teorías sexuales infantiles. Las jóvenes, pareciera, se comprometen en lo mismo, sumergidas en la envidia, los celos, el odio al alter ego y llegan hasta torturar a sus vecinas. Es probable que lo que resulta de la fiesta no alcanza para la catarsis del plus de gozar; estos desbordes son sin ley. En contraste con la pareja unisex, hay observadores que ponen ahora en evidencia asimetrías que, en su gran mayoría, no son a favor de los varones, especialmente "menos educados".[40] A uno le gustaría tener datos como Durkheim sobre el grado de celos en unos y otros. Parece que los roles se han invertido a este respecto: los varones enamorados "son confrontados a situaciones que eran típicamente las que se imponía a las mujeres: ser abandonados un poco brutalmente o ser ‘compartidos’." Este cambio de las costumbres pone a los varones en una situación inestable, se vuelven celosos como tigres. Aún más en la medida que el discurso femenino los lleva a esto. O el macho se resiste o se civiliza. Hay estadísticas sobre este tema. En los varones, se cree saber, "el amor que era enunciado como el motivo de las relaciones sexuales en el 40% de los casos en 1970, lo es cerca del 65% de los casos en 1990."[41] ¿Habrán sido escuchadas las jóvenes? Apreciaremos las declaraciones de una jovencita de un monoblock: "en general, lo que ellos (los hombres) quieren, es que estemos por debajo, vamos. No quieren que seamos iguales".[42] Un film interesante, L’esquive de Abdellatif Kechiche, describe admirablemente el contraste entre la performance del sentimiento amoroso y la ausencia de todo discurso en el cual inscribirse. Donde la acción se sitúa, la retórica romántica no corre por las calles. El drama es que, por una parte, la misma sobrevive en los libros, y que por otra parte, no es reemplazada por nada. Jóvenes musulmanes escolarizados son enrolados por un maestro en un grupo de teatro. Actúan una obra de Marivaux. Las jóvenes no se desenvuelven mal, una de entre ellas, especialmente, exagera su coquetería con un talento natural mezclándolo con la retórica más aguda del hablar suburbano. El defasaje es perfecto: una verdadera coqueta de suburbio se desdobla y hace semblante de coquetería en los juegos del amor y del azar sin comprender bien lo que ella dice. Un joven adolescente perdidamente enamorado de ella, poco locuaz, cree deber tomar el lugar que ocupa su rival en la escena de teatro y recitar su papel a la bella. Finalmente logra ocuparlo, desplaza al rival, salvo que él no comprende una sola palabra de la declaración de amor que lee con una dicción imposible y olvidando la mitad del texto. Después de su mal papel, se queda mudo, es trágico. Es poco decir que las palabras le faltan. La lengua del amor le es desconocida, él solo sabe que la misma existe en el Otro. El joven llega solamente a convencerse de la necesidad de la palabra de amor en iguales circunstancias y de la impotencia que surge de la imposibilidad de decir. Lo más fuerte no es el defasaje entre su hablar al revés (verlan)[43] y Marivaux porque, en ningún momento, el joven hombre es cómico; lo trágico reside en la certidumbre que tiene este último de ser desposeído del decir que hace falta en la ocasión. Los especialistas confiesan el divorcio que existe entre las demandas afectivas de los dos sexos en la adolescencia. Si a esto agregamos que los jóvenes de los suburbios "están cerrados a interrogarse sobre su vida afectiva"[44], podemos entonces considerar que la vida sexual de los jóvenes de los suburbios cristaliza la mayoría de la cuestiones sobre los adolescentes en la actualidad. Es lo que confirman los diversos hechos cuando ponen en evidencia la emancipación de las jóvenes confrontadas a la protesta viril. | ||
| Traducción: María Inés NegriNotas | ||
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domingo, 30 de setembro de 2012
El sexo débil de los adolescentes: sexo-máquina y mitología del corazón
por Serge Cottet [*]
domingo, 17 de junho de 2012
Reseña: I Coloquio Internacional de Toxicomanías y Alcoholismo: “¿Todos Adictos?” Claudio Spivak (Buenos Aires)
http://www.blogelp.com/index.php
El sábado 21 de Abril tuvo lugar el “I Coloquio Internacional TyA”, en Buenos Aires. El título elegido para el encuentro fue “¿Todos Adictos?” y los textos de referencia seleccionados fueron “Una Fantasía” de Jacques-Alain Miller y “La toxicomanía generalizada”, de Ernesto Sinatra.
Con una masiva presencia de colegas de diversas partes del mundo y con trabajos de España, Argentina, Brasil, Francia y Bélgica, el Coloquio contó con las presentaciones de Judith Miller, Pierre-Gilles Gueguen, Ernesto Sinatra, entre otros, y tres mesas con nueve trabajos tanto clínicos como teóricos.
La apertura estuvo a cargo de Judith Miller, quien fuera presentada por Luis Salamone.
Salamone se refirió al éxito del significante TyA, el cual ha sido adoptado por los colegas que han decidido trabajar cuestiones referidas a la toxicomanía y al alcoholismo, siguiendo la orientación lacaniana. Señaló que está orientación se diferencia de las otras por no seguir la propuesta del “eso marcha” del discurso amo (tal como podemos encontrar, por ejemplo, en las Comunidades Terapéuticas). Nos recordó que Lacan al final de su enseñanza transmitió un “eso fracasa”, marca de nuestra relación con lo imposible.
También se refirió al constante interés de Judith Miller por el TyA, el que se ha traducido en encuentros y una comunicación fluida. Cabe señala que Judith Miller a formado parte también de la Comisión Organizadora del Coloquio.
Judith Miller inició su exposición relatando el trabajo que realizó, junto a distintos colegas, para conformar el argumento del Coloquio. Afirmó que su deseo era inventar los principios de la política que tenemos que elegir para enfrentar el ataque que sufre el psicoanálisis lacaniano. Explicó que la conversación era una ocasión preciosa para elaborar la política a seguir y dar respuesta a los planteos de la época actual. Señaló que hay amenaza para el psicoanálisis de orientación lacaniana por parte de lo que llamó “las buenas prácticas”, es decir, prácticas que son producto del empuje a la evaluación, prácticas que intentan sofocar los síntomas, sin tener en cuenta que esos síntomas expulsados por la puerta, retornan por la ventana.
Judith agradeció la presencia de colegas europeos, así como de Chile, Méjico, Brasil y Argentina. Luego agradeció el trabajo realizado en Europa por Pierre Malengreau y otros colegas, quienes han impulsado la creación de la Carta del TyA en el viejo continente.
Recordó también la importancia de tener en cuenta la diferencia entre especificidad y especialización en el tratamiento de sujetos llamados adictos, así como mencionó que no debemos perder de vista que el TyA, en sus siglas, incluye al alcoholismo.
Luego, Fabián Naparstek presentó a Pierre-Gilles Gueguen Gueguen tituló su exposición “Siempre uno por uno y, a menudo, Uno solo”. Recordó la referencia de Jacques-Alain Miller en “Las profecías de Lacan”. Allí declaraba que Lacan había deducido que la sexualidad pasaría del uno de fusión al Uno solo, cada Uno a lo suyo, para cada Uno su manera de gozar. Con esto, ahora nos encontramos con una nueva cara del derecho humano: el derecho de cada uno al propio goce. Explicó que esa es una de las causas de que el modelo general del siglo XXI sea adicción. El Uno goza solo con su droga y cualquier actividad puede devenir droga: el Facebook, el Internet, el trabajo, el deporte, etc.
Gueguen señaló que el psicoanálisis ha de vérselas con lo que hay, y no con lo que podría ser. Lo que hay es la toxicomanía generalizada. La sociedad ya no encuentra su fundamento en el Ideal encarnado por un jefe, sino en comunidades de goce. Esto corresponde al ascenso del judicialismo, al desenfrenado del capitalismo financiero y tentativa de poner en primer plano a los derechos humanos en tanto derecho a gozar.
Explicó que como solución algunos han propuesto restituir al Otro de la ley, al tiempo que otros han apostado por el apoyo filosófico dado por el relativismo. El relativismo, afirmó, se lleva bien con el auge de las terapias medicamentosas, fundadas en un pragmatismo que olvida la subjetividad. Señaló que el psicoanálisis ha de buscar su propia propuesta, una que sepa servirse del padre para poder ir más allá de él.
Continuó señalando que nuestro interés pasa por la praxis del psicoanálisis y por cómo acoger en el discurso psicoanalítico a todo el abanico de los fenómenos adictivos. Esto sabiendo que existe un hiato entre la definición de adicción del DSM y lo que entendemos por toxicomanía, desde nuestra concepción del síntoma psicoanalítico.
Recordó que para que haya psicoanálisis tiene que haber psicoanalistas, recordando la sentencia de Lacan: “el psicoanálisis es la operación que se espera de un psicoanalista”. También mencionó los dichos de Miller en “Hacia Pipol IV”, quien señalaba que los efectos del psicoanálisis no dependen del ambiente, no dependen del diván o del consultorio. Sí dependen de la relación de quien sostiene el discurso psicoanalítico y la experiencia con la cual se ha comprometido. Y es por eso que se pueden lograr efectos psicoanalíticos en la institución, siempre que la institución no haga imposible la práctica analítica.
Dijo que el analista es el que permite al sujeto que haya un enganche con el saber supuesto, aunque sea un enganche fugaz. Rememoró que las nociones de enganche y desenganche fueron trabajadas en la Conversación de Antibes.
Luego se refirió al contemporáneo uso masivo del tóxico, que aleja del amor y el sexo y se preguntó por la respuesta que puede dar el psicoanálisis en el tratamiento de las toxicomanías.
Entonces explicó que el objeto a, en la última enseñanza de Lacan, es real y que la pulsión lo rodea como a un hueco. Del objeto, si está enganchado al fantasma, sólo se puede decir lo qué es episódicamente, o sea puesto en función significante. Señaló que para que dicha operación sea posible hay que creer en el significante y que sólo constatamos la existencia del inconsciente y del objeto a por estos efectos. No podemos saber lo que es el inconsciente ni el objeto a, a no ser por los efectos.
El analista tendría ahí un lugar de intervención. No se puede saber de antemano en qué lugar se instaló el vacío del objeto a en la constelación significante que porta un sujeto. Tenemos que apostar, afirmó, a que el objeto que elija el toxicómano no sature el goce. También podemos ayudar a soportar dicho goce, proponiendo el tratamiento por la cadena significante. Explicó que esta movilización puede ser difícil, dado que el producto consumido puede ser tanto lo que sostiene como lo que destruye al sujeto en el universo del lenguaje.
A continuación hubo un espacio para las intervenciones de los participantes. Fabián Naparstek animó la conversación y puso énfasis en la noción de Uno solo. Las intervenciones rondaron acerca de las practicas realizadas en diversos ámbitos, tanto en privado como en el institucional. En una nueva intervención, Gueguen se refirió al amor como la única manera de superar el hecho de la no existencia de la relación sexual. Rescató entonces la importancia de la transferencia como elemento que da cuenta de nuestra creencia en el amor. La transferencia permite soportar la soledad del sujeto hipermoderno.
La siguiente mesa fue coordinada por Dario Galante y contó con los trabajos deWilma S. de Farias (Belo Horizonte, Brasil), Nadine Page (Bruselas, Bélgica) y una presentación conjunta de Guillermo Drikier, Claudio Spivak y Jazmin Torregiani (Buenos Aires, Argentina). El trabajo de Page tomó como referencia el exceso y se apoyo en una presentación clínica. La presentación clínica de S. de Farias nos presentó a un sujeto donde el consumo de alcohol se acompañaba de drogas. La presentación de Drikier, Spivak y Torregiani fue teórica y buscó una orientación para el practicante del psicoanálisis en la época actual.
La conversación tomó como eje el posible cambio de posición subjetiva en el caso presentado por Page, la afirmación del grupo de Buenos Aires de tomar al síntoma toxicómano como paradigmático de la época y el lugar que han tenido el alcohol y el trabajo en el caso presentado por Farias.
La mesa que se presentó a continuación fue coordinada por Hilda Vittar. Hubo presentaciones clínicas de Irene Domínguez Díaz (Barcelona, España), Cassandra Dias Farias (Brasil) y Jorge Castillo (Córdoba, Argentina). Vittar puso énfasis en la idea de función del tóxico y señaló que ésta era distinta en cada uno de los casos presentados.
La conversación giró alrededor del detalle de “el llanto permanente” y la función de la droga para lograr un sentimiento de vida en el caso de Domínguez Díaz, la ruptura del lazo con el Otro en el caso de Dias Farias, al tiempo que en el caso presentado por Castillo la discusión intentó ubicar el lugar que la droga y la ansiedad han tenido en el sujeto presentado así como su relación con el analista. Otro tema que se prestó a la discusión fue la presencia del cuerpo, de la relación de sujeto y el cuerpo, en los casos presentados.
Finalizada la mesa, la Comisión Organizadora convocó a un Break. Ya se habían dispuesto diversas vituallas y bebidas, las cuales fueron recibidas con alegría por los participantes. La conversación continuó durante el receso y se hizo evidente el entusiasmo que enmarcó al Coloquio.
Regresados a la actividad, se presentó una tercera mesa, la cual fue coordinada porMabel Levato. Los trabajos clínicos fueron presentados por Maria Célia Reinaldo Kato (San Pablo, Brasil), Susana Colabianchi en representación del TyA Rosario (Rosario, Argentina) y Cristina Pinelli Nogueira (Belo Horizonte, Brasil).
La conversación, en relación al caso presentado por Reinaldo Kato, tomó como eje la posición del analista, siendo la referencia una afirmación de Eric Laurent, quien proponía "cierta humildad y modestia "(1) frente a la toxicomanía, y "precisamos introducirnos en una tolerancia con relación a lo imposible, sin ceder ni a la resignación, ni al cansancio, delante de una carrera que concierne al imposible”. Mientras tanto, en el trabajo conjunto presentado por el grupo de investigación de Rosario, la discusión se cernió en el uso del tóxico como barrera ante el dolor y una intervención que localizaba las horas del consumo como las mismas en las que han fallecido seres queridos de la entrevistada. Por otra parte, en el caso presentado por Pinelli Nogueira, la charla se orientó por el uso de la internación y la presencia del alcohol como modo de tramitar el dolor.
Un punto interesante que surgió fue el debate acerca de la despenalización del consumo de drogas. Gueguen se refirió entonces a la relación del psicoanálisis con la ley y la interdicción. Dijo que el hecho de la prohibición no va a poner límite a la pulsión de muerte.
Luego llegó el momento de la presentación de Ernesto Sinatra , fundador del TyA junto a Mauricio Tarrab y Daniel Silliti. En la ocasión Luis Salamone recordó que el TyA cumplía 20 años.
Sinatra convocó a tomar una posición clara en relación a la sanción de nuevas leyes, como son la Ley de Identidad de Género y la Ley de Salud Mental, siendo nuestro horizonte el respeto por la subjetividad.
A continuación presentó su ponencia con el título de “Un paradigma de la hipermodernidad: la canallada del paco”. El paco es el nombre que se da en Argentina al residuo químico que queda de la elaboración de la cocaína. En el país se agrega a ese residuo polvo de limpieza o vidrio molido, lo que potencia su efecto devastador. Dado su bajo costo es consumido por la clases sociales con menos recursos, aunque recientemente se ha generalizado el consumo. Esto es así por la velocidad mayor en la producción de su efecto, del flash toxicómano. Sinatra se refirió a la producción de drogas de diseño, las cuales se fabrican casi a la medida del consumidor.
Sinatra explicó que las narcociencias han logrado con el paco lo imposible: reintroducir el resto de la producción de la cocaína en el mercado. Ya no se trata de eliminar el resto sino de venderlo, lo que fue caracterizado como una operación canallesca, Ideal del capitalismo. A los individuos que son los caídos del mercado, el resto y real del mercado de consumo, se les destina lo que ese mismo mercado había descartado. En la producción del paco se realiza lo lógica del mercado capitalista, que circula sin perdida, transformando el desecho en mercancía. Todo se recicla, nada se pierde, salvo las vidas humanas. Afirmó entonces lo que era una conclusión lógica: el paco es a la producción lo que los individuos al mercado de consumo, el resto de la operación.
Luego mencionó la referencia de Lacan, comentada por Miller en “Una Fantasía”, donde propone que el discurso hipermoderno de la civilización muestra la dictadura del plus de gozar, al elevarlo al cenit del cielo social. Entonces afirmó que el plus de gozar se ha tragado al Ideal, siendo que la dictadura del Nombre del Padre ocultaba la dictadura del plus de gozar.
Propuso distinguir las dos caras del objeto a, la de causa y la de desecho, es decir, discernir entre el vacío de la causa y la saturación del desecho, para luego señalar que las drogas constituyen el desecho que suturan el vacío del objeto a, sede de la no relación sexual, causa de lo humano. La consecuente paradoja de esta operación es que cuánto más se repite el consumo para suturar la inexistencia de la relación sexual, más se hace evidente dicha inexistencia. Las drogas en su empuje autoerótico hacen evidente la no relación sexual. La droga viene a suturar ese vacío, el flash parece lograrlo, pero sólo por un instante. De ahí la instalación de la repetición entre el goce evanescente del flash y el posterior sentimiento de vacío ocasionado por la falta de droga. Ahí se ubica el fracaso y el éxito de la droga, quedando ésta elevada al cenit de la civilización.
Finalizada la presentación de Ernesto Sinatra, Luis Salamone recortó lo que llamó “una buena táctica” para el practicante del psicoanálisis. Se trata de apuntar al punto de fracaso de la droga, allí donde se hace evidente la no relación sexual.
Judith Miller hizo una larga intervención que Sinatra resumió del siguiente modo: hay que hacer saber a la comunidad que el intento de erradicar el síntoma es una práctica totalitaria.
Como despedida, Salamone agradeció la presencia de los colegas y el trabajo realizado por la Comisión Organizadora, compuesta por Judith Miller y Luis Salamone (como responsables), Liliana Aguilar, Romina Carbone, Cecilia Fava, Miriam Pais y Claudio Spivak.
Notas:
1-. LAURENT, E. "Post-War on drugs?” Cómo el psicoanálisis puede contribuir al debate político sobre las drogas en "Pharmakon 12”. Grama. 2011. Buenos Aires.
1-. LAURENT, E. "Post-War on drugs?” Cómo el psicoanálisis puede contribuir al debate político sobre las drogas en "Pharmakon 12”. Grama. 2011. Buenos Aires.
domingo, 11 de março de 2012
El semblante entre un hombre y una mujer
Por Silvia Tendlarz
Cuenta una leyenda guaraní que hace años habitaba en el río Iguazú una enorme serpiente llamada Boi. Los indígenas guaraníes debían sacrificarle una bella doncella una vez por año arrojándola al río. En cierta ocasión, un joven cacique, Tarobá, se enamora de Naipí, la joven destinada al sacrificio. Para salvarla, la rapta y huyen juntos a lo largo del río. La serpiente, furiosa, encorva entonces su lomo y de ello resulta que parte el curso del río formando las Cataratas del Iguazú. Transforma luego al joven cacique en un árbol y la larga cabellera de Naipí se convierte en la caída del río. Se sumerge luego en la Garganta del Diablo para vigilar que los amantes no se vuelvan a encontrar. Pero, en los días en los que resplandece el sol, el arco iris que emerge sobre las aguas del río, supera el poder de la serpiente Boi, y vuelve a unir a los amantes una y otra vez.
La autora se sirve de una interesante leyenda en la que dos amantes se vuelven a unir, una y otra vez, para pensar qué es lo que hace posible el encuentro entre los seres sexuados, siendo que existe una imposibilidad de que se escriba la relación entre los sexos. A partir de allí, realiza una clara y rigurosa precisión de los modos en que Lacan conceptualiza, en diferentes momentos de su enseñanza, al falo como significante, al falo como semblante, hasta llegar al concepto de sinthome como aquello que vuelve posible al parlétre su relación al Otro sexo.
1. El falo como meteoro
El arco iris es uno de los meteoros examinados por Descartes en su célebre Tratado. Como el trueno, o las nubes, forma parte de la naturaleza. Por definición, dice tempranamente Lacan en el Seminario 3, el meteoro "es eso". Detrás nada se oculta, está enteramente en la apariencia y, al mismo tiempo, su origen está en su nominación como tal. Si se trata de alcanzar al arco iris, nunca se lo logrará, puesto que, dice Lacan, "los pedacitos de sol que bailan en la superficie del lago como el vaho que de ella se escapa, nada tienen que ver con la producción del arco iris, que comienza con determinada inclinación del sol y a cierta densidad de las gotillas en cuestión".
El meteoro del arco iris forma parte de la categoría del semblante. La naturaleza está llena de semblantes que no se confunden con lo real, de allí que Lacan afirme que nunca nadie creyó que el arco iris fuera algo curvado y trazado que estuviera allí verdaderamente. Aunque se vea es intangible y nadie puede alcanzar su lugar. La categoría de semblante se vuelve así la conjunción entre imaginario y simbólico en oposición a lo real.
Hombres y mujeres son el destino de cómo ser reparten los seres hablantes a partir del discurso. No hay nada natural en ello, si lo entendemos como una expresión biológica. El sexo es un decir, afirma Lacan, tiene que ver con el lenguaje y en su corazón se aloja lo real de la imposible inscripción de la relación sexual.
Tempranamente, y a la mejor manera freudiana, Lacan analiza la vida amorosa puntuando sus desencuentros, sus errancias, sus desvaríos, el malentendido fundamental que toma sus vestiduras y sus semblantes en la psicopatología de la vida amorosa. La clínica de "la relación entre los sexos" es orientada por el falo en los juegos de semblantes en tanto el falo mismo es un semblante. El ser y el tener involucrados, bajo sus distintas modalidades, incluyen el parecer en la relación sexual por la acción del significante fálico. El hombre protege su tener, la mujer enmascara la falta. Jacques-Alain Miller indica que no debe pensarse que ser el falo pueda tener otro sentido que el de ser el semblante, y quetener el falo sea algo diferente a poseer un semblante.
El falo así planteado queda articulado a la negatividad propia del deseo y de la castración. El ser se inscribe del lado del semblante y ambos se oponen a lo real y, al mismo tiempo, el ser no se opone al parecer sino que se confunde con él. El velo ocupa así un lugar esencial en medida en que esconde, disimula la castración, el velo mismo cubre la nada.
El examen de la relación entre el falo y el velo es ilustrado por Lacan a través del comentario de la pintura de Zucchi denominada Psiche sorprende Amore. Cuando Psiche levanta la lámpara sobre Eros para conocer a su amante nocturno que nunca había visto hasta entonces, un florero lleno de flores disimula el falo de Eros. El velo de las flores es correlativo al falo como significante y el cuerpo de Psyche aparece entonces como la imagen fálica presente en el cuadro.
Ahora bien, si la relación con el partenaire queda atravesado necesariamente por el falo y la castración, a nivel del goce, ¿qué lugar les queda reservado a unos y otros en el encuentro amoroso?
2. El falo, significante del goce
En la medida en que el falo no traduce solo una negatividad, un significante que nombra la castración, sino que expresa un significante enlazado a la positividad del goce, Lacan introduce nuevos matices.
La identificación sexual no depende de la fisiología, de la situación real ni de creerse que en realidad se pertenece al propio sexo. Lacan dice en el Seminario 18 que en tanto que el falo toca lo real del goce sexual, para los hombres la mujer es el falo y lo castra. Y, de la misma manera, el hombre es el falo para la mujer, pero ellas solo consiguen el órgano del pene, por lo que quedan igualmente castradas. Retoma así sus antiguas formulaciones de la equivalencia Girl=Phallus que circula entre los hombres y la demanda de falo por parte de las mujeres, pero enlazándolos al goce.
Al incluirse el goce sexual, las mujeres rápidamente señalan la equivalencia entre el goce y el semblante que cobran para un hombre. "Busquen a la mujer", a la manera de una novela policial, señala Lacan, busquen a la mujer, y podemos añadir nosotros, encontrarán a un hombre. Lacan indica que la verdad de un hombre es su mujer, eso le da su peso, el peso de su sinthome que hace que pueda creer en ella.
La verdad de un hombre es su mujer, pero eso no es recíproco en relación a las mujeres. La mayor libertad que ellas poseen respecto del semblante hace que en algunos casos, no en todos, puedan darle peso a un hombre que incluso no tiene ninguno. De allí el estrago como perspectiva de qué puede llegar a ser un hombre para una mujer.
Vemos así que la cama de Procusto que un hombre puede proponer como ideal para una mujer, y al que ella consiente para hacer amar y desear, tiene su contrapartida. La libertad de las mujeres con respecto al semblante vuelve a un hombre el íncubo ideal de una mujer recibiendo así su palabra todo su peso.
Un hombre le cree a una mujer, ella es su verdad. Una mujer es creada por un hombre, aunque no solo por él, toma sus semblantes, prestados por cierto. Pero, nada de eso asegura que puedan inscribir una relación hombre-mujer.
El hacer de hombre es dar signos a la mujer de que lo es. El cortejo, propio de la naturaleza, se ubica de entrada en la dimensión del semblante. No obstante, a diferencia de la especie animal en que los movimientos están estrictamente pautados, el cortejo puede tener sus tropiezos que a veces lo contraría con pasajes al acto que atraviesan el semblante y los vuelve no tan corteses. Lacan lo ejemplifica con la violación. Habla también de la pasión, semblante montado sobre la escena, acting-out al decir de Lacan, pero que nada dice acerca de su efecto ulterior entre un hombre y una mujer.
J.-A. Miller indica que en el orden sexual no basta ser, sino que también hay que parecer ser y esto condiciona no solo cómo se presenta el ser, a través de qué semblantes se presenta al otro, sino qué efectos tiene sobre cada uno de ellos la relación con el semblante fálico.
El hombre permanece esclavo del semblante que sostiene "todo hombre" bajo el régimen del falo. En cambio la mujer, más cercana a lo real, "no toda" en este semblante, objeta el universal del significante fálico y eso determina su particular tratamiento del semblante. Son las condiciones de goce las que fijan a la mujer en la posición de verdad de un hombre. El goce femenino produce una apertura del conjunto pero que al mismo tiempo lo cierra. No toda en el falo, pero tampoco por fuera de él.
Concluimos, entonces, con una paradoja de estructura: el falo como significante del goce, semblante del goce sexual y matriz misma de toda significación, ocupa el lugar de la imposibilidad de simbolizar la relación entre los sexos.
3. El partenaire-sinthome
La positivación del goce conduce a Lacan, como lo muestra J.-A. Miller en su curso "Cosas de finura en psicoanálisis", al desarrollo relativo alsinthome.
Los modos de gozar de los seres hablantes determinan su repartición en posiciones sexuadas y los matices en el entrecruzamiento entre el amor, el deseo y el goce. El partenaire-síntoma es una manera de situar al partenaire en términos de goce y esto conduce a un novedoso análisis de la vida amorosa.
En el Seminario 23 Lacan afirma que para todo hombre una mujer es un sinthome. En cambio, para las mujeres es necesario encontrar otro nombre para decir qué es un hombre para una mujer: puede ser una aflicción peor que un sinthome, incluso un estrago. Si no existe unsinthome universal para ambos sexos, la no equivalencia lo lleva a especificar el sinthome en cuestión, a captar su singularidad.
Esto aclara la paradoja señalada por Lacan "hay relación sexual y no hay relación" Hay relación al sinthome en la medida en que la relación con el otro sexo está sostenida por el sinthome, no hay relación, proporción, no hay equivalencia sexual.
¿Qué hace que dos sujetos se vuelvan una pareja? El goce por sí mismo, el goce del Uno, dado su estatuto autoerótico, vuelve solitarios a los amantes. El cuerpo del Otro, de su partenaire, resulta inalcanzable. El hombre queda a solas con su órgano, la mujer, con su goce. La castración da una posibilidad de encuentro en la medida en que el goce autista resulte perdido y se vuelva a encontrar en el partenaire bajo la forma del objeto a, plus de goce, semblante ya no universal sino singular. De esta manera, la castración obliga a encontrar el complemento de goce en el Otro que toma parte de ese goce y le da la significación de la castración. La verdad de la castración es que para gozar hay que pasar por el Otro y cederle parte de su goce. Así, el objeto a es el partenaire a nivel del goce.
En tanto el sujeto se enlaza a un partenaire, puede encarnar su síntoma puesto que se vuelve la envoltura del objeto a. El partenairefundamental para los dos sexos es finalmente aquel que puede volverse su síntoma, incluso cuando para una mujer un hombre sea un estrago.
Para concluir
Podemos puntualizar tres tiempos lógicos en la enseñanza de Lacan relativos a la relación entre un hombre y una mujer en los que intervienen de diferente manera los semblantes.
1) Hay relación, relación entre los sexos. El significante del falo, en la medida en que responde a la negatividad del deseo y que está articulado a la castración, es un semblante que ordena la relación entre los sexos.
2) No hay relación, relación sexual. El falo como semblante, significante del goce, correlativo efectivamente a la positividad de goce, funciona como un obstáculo para el goce sexual. No hay inscripción de la relación sexual.
3) "Hay relación sexual y no hay relación", como dice Lacan en el Seminario 23. El sinthome permite una relación con el otro sexo, aunque sea imposible la inscripción de la relación sexual. Nos desplazamos así de los semblantes al sinthome.
En el circular de las aguas y de los "juegos de la orilla con la onda" apreciados por Tristan l’Hermitte, los arcos iris se expanden en la luminosidad del día. Sobre ellos, sobrevuelan distintas especies de mariposas que pueblan de un sinfín de colores las Cataratas del Iguazú. Mariposas que hacen soñar, o, como en el apólogo de Chuang-tsú, nos vuelven un sueño. Y entre los sueños de mariposas, en el breve instante en que dura el arco iris, en la contingencia de ese instante, Tarobá y Naipí se vuelven a encontrar, esta vez para mostrar que un sueño nunca es tan solo un sueño.
* Este texto fue presentado por Silvia Tendlarz en el VII Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis: Semblantes y Sinthoma, realizado en París en abril del 2010. Fue divulgado en francés por la red de la NLS (New Lacanian School of Psichoanalysis).
Agradecemos a Silvia Tendlarz su disposición para que sea publicado en Consecuencias.
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