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domingo, 23 de setembro de 2012

EL SUEÑO DE ARISTÓTELES



Se plantea una diferencia entre el objeto y la representación1. Esto se sabe por representárselo mentalmente. Bastan palabras que, como se dice, “evocan”, o sea “llaman”, a la representación.
   ¿Cómo concebía Aristóteles la representación? No lo sabemos más que por lo se conservó en un cierto número de discípulos de su época. Los discípulos repiten lo que dice el maestro. Pero a condición de que el maestro sepa lo que dice. ¿Quién juzga esto sino los discípulos? Pues son ellos quienes saben. Desdichadamente –es aquí que debo testimoniar en tanto psicoanalista–, sueñan también.
   Aristóteles soñaba, como todo el mundo. ¿No es acaso él quien se creyó obligado a interpretar el sueño de Alejandro sitiando a Tiro? Sátiros –Tiro es tuya–. Interpretación-juego (jeu)2 que es típica.
    El silogismo –Aristóteles se ha aplicado a él–, ¿el silogismo procede del sueño? Es necesario decir que el silogismo es siempre cojo –en principio, triple, pero en realidad aplicación a lo particular de lo universal–. “Todos los hombres son mortales”, luego uno entre ellos también lo es. Aquí, Freud interviene y dice que el hombre lo desea.
   El sueño es lo que lo prueba. Nada más espantoso que soñar que se está condenado a vivir a repetición. De donde la idea de la pulsión de muerte. Los freudoaristotélicos, ubicando la pulsión de muerte a la cabeza, suponen a Aristóteles articulando lo universal y lo particular, es decir, lo hacen algo así como psicoanalista.
   El psicoanalizante silogiza si se da el caso, es decir,  aristoteliza. Así, Aristóteles perpetúa su dominio. Esto no quiere decir que viva –sobrevive en sus sueños–. En todo psicoanalizante hay un alumno de Aristóteles. Pero hace falta decir que lo universal se realiza en la ocasión en el  farfullar.
   Ciertamente,  el hombre farfulla. Se complace en ello. Como se ve en el hecho de que el psicoanalizante vuelve a la hora fijada a lo del psicoanalista. Cree en lo universal, no se sabe por qué, puesto que es como individuo particular que se entrega a los cuidados de lo que se llama un psicoanalista.
   Es en tanto que el psicoanalizante sueña que el psicoanalista tiene que intervenir. ¿Se tratará de despertar al psicoanalizante? Pero este no lo quiere en ningún caso –sueña, es decir, se atiene a la particularidad de su síntoma–.
   El Peri psyqués no tiene la menor sospecha de verdad que constituye la resistencia al psicoanálisis. Debido a esto, Freud contradice a Aristóteles, quien, en este asunto del alma, no dice nada bueno –suponiendo que lo que ha quedado escrito de él resulte un decir fiel–.
   La discriminación del “to ti esti” y del “to ti en einai”, que se traduce por “esencia” y por “sustancia” en tanto que  vestida (ornée)   – “to horismon”–  refleja una distinción en lo real, aquella de lo verbal y de lo real que resulta afectado por ello. Yo mismo lo he distinguido como simbólico y como real.
   Si es verdad, como lo enuncié, que no hay relación sexual, a saber, que en la especie humana no hay universal femenino, que no hay “todas las mujeres”, resulta que hay siempre, entre el psicoanalista y el psicoanalizante, alguien más. Se halla lo que enunciaré no como representación sino como presentación del objeto. Esta presentación es lo que llamé en su momento el objeto (a). Es extremadamente complejo.
   Aristóteles descuida esto porque cree que hay representación, y es lo que arrastra a Freud a escribirlo. Aristóteles piensa –no concluye que sea sin embargo–, piensa el mundo, en lo que sueña como todo el mundo –como se le dice–, es decir, la gente. El mundo que piensa, lo sueña, como todos los que hablan. El resultado es, lo he dicho, que es el mundo quien piensa. La primera “esfera” es lo que él llama el “nous”.
   No  llegamos a saber hasta que punto el filósofo delira siempre. Freud, desde luego, delira también. Delira, pero observa que habla de números y superficies. Aristóteles hubiera podido recurrir a la topología, ¡pero no hay huella en él!
   Hablé del despertar. Ocurre que soñé hace poco que el despertador sonaba. Freud dice que se sueña con despertar cuando no se quiere en ningún caso despertar.
   Ocasionalmente, el psicoanalizante cita a Aristóteles. Esto forma parte de su material. Hay, pues, siempre cuatro personas entre el psicoanalista y el psicoanalizante. De vez en cuando, el psicoanalizante trae a Aristóteles. Pero el psicoanalista tiene detrás de sí a su inconsciente del que se sirve oportunamente para dar una interpretación.
   Es todo lo que puedo decir. Considero un buen signo que haya alucinado en mi sueño al despertador sonando,  puesto que, contrariamente a lo que dice Freud, ocurre que  yo me despierto. ¡Al menos en este caso me desperté!


Notas

1. Conferencia pronunciada en el cuadro del Coloquio organizado por la Unesco, en ocasión del 23º. Centenario de Aristóteles. Fechada en París, el 1º de junio de 1978. Texto publicado en Bulletin de l’Association freudienne internationale, n° 86, París, enero del 2000, p. 1.
2. Lacan juega con las expresiones jeu y je, aludiendo así al compromiso de Aristóteles en la interpretación que provee (N. del T.)

sexta-feira, 18 de maio de 2012

Entrevista a Jacques-Alain Miller. Psicoanalista Por Hanna Waar


Psychologies Magazine, octobre 2008, n° 278
Entrevista a Jacques-Alain Miller. Psicoanalista
Por Hanna Waar




"Amamos a aquel que responde a nuestra pregunta: ¿Quién soy yo?"












"Amamos a aquel que responde a nuestra pregunta: ¿Quién soy yo?"
"Hijo espiritual" de Jacques Lacan, Jacques-Alain Miller explora a su vez la cuestión del amor que el padre del pensamiento psicoanalítico contemporáneo evocaba en 1973, en uno de sus más famosos seminarios "Aún" en El Seminario, vol XX (Seuil, "Essais", 1999). Es igualmente el fundador de la Escuela de la Causa Freudiana. Ultima obra aparecida Le secret des dieux (Navarin editores, 2005)
"Amamos a la persona que protege, o una imagen narcisista de uno mismo".

El amor se dirige a aquel que, pensamos, conoce nuestra verdad y nos ayuda a encontrarla soportable, explica Jacques-Alain Miller. Mirada de un psicoanalista sobre esta cuestión fundamental.
* * *
Psicologías: ¿El psicoanálisis enseña algo sobre el amor?
Jacques-Alain Miller: Mucho, pues es una experiencia cuyo resorte es el amor. Se trata de ese amor automático, y a menudo inconsciente, que el analizante dirige al analista, y que se llama la transferencia. Es un amor artificial, pero de la misma estofa que el amor verdadero. Saca a la luz su mecánica: el amor se dirige a aquel que usted piensa que conoce vuestra verdad verdadera. Pero el amor permite imaginar que esta verdad será amable, agradable, mientras que de hecho es muy difícil de soportar.

P.: ¿Entonces, qué es verdaderamente amar?
J-A Miller: Amar verdaderamente a alguien es creer que amándolo, se accederá a una verdad sobre sí mismo. Amamos a aquel o a aquella que esconde la respuesta, o una respuesta a nuestra pregunta: "¿Quién soy yo?"

P.: ¿Por qué algunos saben amar y otros no?
J-A Miller: Algunos saben provocar el amor en el otro, los serial lovers, si puedo decirlo, hombres y mujeres. Saben qué botones apretar para hacerse amar. Pero ellos no aman necesariamente, juegan más bien al gato y al ratón con sus presas. Para amar, hay que confesar su falta, y reconocer que se necesita al otro, que le falta. Aquellos que creen estar completos solos, o quieren estarlo, no saben amar. Y a veces, lo constatan dolorosamente. Manipulan, tiran de los hilos, pero no conocen del amor ni el riesgo ni las delicias.

P.: "Estar completo solo": solo un hombre puede creer eso…
J-A Miller: ¡Bien dicho! Amar, decía Lacan es dar lo que no se tiene. Lo que quiere decir: amar, es reconocer su falta y darla al otro, ubicarla en el otro. No es dar lo que se posee, bienes, regalos, es dar algo que no se posee, que va más allá de sí mismo. Para eso, hay que asumir su falta, su "castración", como decía Freud. Y esto, es esencialmente femenino. Solo se ama verdaderamente a partir de una posición femenina. Amar feminiza. Por eso el amor es siempre un poco cómico en un hombre. Pero si se deja intimidar por el ridículo, es que en realidad, no está muy seguro de su virilidad.

P.: ¿Sería más difícil amar para los hombres?
J-A Miller: ¡Oh sí! Incluso un hombre enamorado tiene retornos de orgullo, lo asalta la agresividad contra el objeto de su amor, porque este amor lo pone en una posición de incompletad, de dependencia. Por ello puede desear a mujeres que no ama, para reencontrar la posición viril que él pone en suspenso cuando ama. Freud llama a este principio la "degradación de la vida amorosa" en el hombre: la escisión del amor y del deseo.

P.: ¿Y en las mujeres?
J-A Miller: Es menos habitual. En el caso más frecuente, hay desdoblamiento del partenaire masculino. De un lado, está el amante que las hace gozar y que desean, pero está también el hombre del amor, que está feminizado profundamente castrado. Solo que no es la anatomía la que comanda: hay mujeres que adoptan una posición masculina, incluso las hay cada vez más. Un hombre para el amor, en la casa, y hombres para el goce, que se encuentran en Internet, en la calle, o en el tren…

P.: ¿Por qué cada vez más?
J-A Miller: Los estereotipos socioculturales de la feminidad y de la virilidad están en plena mutación. Los hombres son invitados a alojar sus emociones, a amar, a feminizarse; las mujeres conocen por el contrario un cierto "empuje al hombre": en nombre de la igualdad jurídica, se ven conducidas a repetir "yo también". Al mismo tiempo, los homosexuales reivindican los derechos y los símbolos de los héteros, como el matrimonio y la filiación. De allí que hay una gran inestabilidad de los roles, una fluidez generalizada del teatro del amor, que contrasta con la fijeza de antaño. El amor se vuelve "líquido" constata el sociólogo Zygmunt Bauman(1). Cada uno es conducido a inventar su propio "estilo de vida", y a asumir su modo de gozar y de amar. Los escenarios tradicionales caen en lento desuso. La presión social para adecuarse a ello no ha desaparecido, pero es baja.

P.: "El amor siempre es recíproco", decía Lacan. ¿Aún es verdadero en el contexto actual? ¿Qué significa eso?
J-A Miller: Se repite esta frase sin comprenderla, o se la comprende de través. No quiere decir que basta con amar a alguien para que él lo ame. Eso sería absurdo. Quiere decir: "Si yo te amo, es que tú eres amable. Soy yo quien ama, pero tú, tú también estas implicado, puesto que hay en ti algo que hace que te ame. Es recíproco porque hay un ir y venir: el amor que tengo por ti es el efecto de retorno de la causa de amor que tú eres para mí. Por lo tanto, algo tú tienes que ver. Mi amor por ti no es solo asunto mío, sino también tuyo. Mi amor dice algo de ti que quizá tú mismo no conozcas." Esto no asegura en absoluto que al amor de uno responderá el amor del otro: cuando eso se produce siempre es del orden del milagro, no se puede calcular por anticipado.

P.: No se encuentra a su cada uno o cada una por azar. ¿Por qué él? ¿Por qué ella?
J-A Miller: Existe lo que Freud llama Liebsbedingung, la condición de amor, la causa del deseo. Es un rasgo particular – o un conjunto de rasgos- que tiene en cada uno una función determinante en la elección amorosa. Esto escapa totalmente a las neurociencias, porque es propio de cada uno, tiene que ver con la historia singular e íntima. Rasgos a veces ínfimos están en juego. Freud, por ejemplo, había señalado como causa del deseo en uno de sus pacientes ¡un brillo de luz en la nariz de una mujer!

P.: Nos es difícil creer en un amor fundado sobre esas naderías.
J-A Miller: La realidad del inconciente supera a la ficción. Usted no tiene idea de todo lo que se funda, en la vida humana, y especialmente en el amor, en bagatelas, cabezas de alfiler, "divinos detalles". Es verdad que es sobretodo en el macho que encontramos tales causas del deseo, que son como fetiches cuya presencia es indispensable para desencadenar el proceso amoroso. Particularidades nimias, que recuerdan al padre, la madre, el hermano, la hermana, tal personaje de la infancia, juegan también su papel en la elección amorosa de las mujeres. Pero la forma femenina del amor es más erotómana que fetichista: quieren ser amadas, y el interés, el amor que se les manifiesta, o que suponen en el otro, es a menudo una condición sine qua non para desencadenar su amor, o al menos su consentimiento. El fenómeno está en la base de la conquista masculina.

P.: ¿Usted no le adjudica ningún papel a los fantasmas?
J-A Miller: En las mujeres, sean conscientes o inconscientes, son determinantes para la posición de goce más que para la elección amorosa. Y es a la inversa para los hombres. Por ejemplo, ocurre que una mujer no pueda obtener el goce – digamos el orgasmo – sino a condición de imaginarse a sí misma durante el acto, siendo golpeada, violada, o siendo otra mujer, o incluso estando en otra parte, ausente.

P.: ¿Y el fantasma masculino?
J-A Miller: Está muy en evidencia en el enamoramiento. El ejemplo clásico, comentado por Lacan, está en la novela de Goethe (2), la súbita pasión del joven Werther por Charlotte, en el momento en que la ve por primera vez, alimentando a un grupo de niños que la rodea. Aquí es la cualidad maternal de la mujer lo que desencadena el amor. Otro ejemplo, tomado de mi práctica, es este: un jefe en la cincuentena recibe candidatas en un puesto de secretaria; una joven mujer de 20 años se presenta; le desencadena inmediatamente su fuego. Se pregunta lo que le pasó, entra en análisis. Allí descubre el desencadenante: encontró en ella rasgos que le evocaban lo que él mismo era a los 20 años, cuando se presentó a su primera solicitud de trabajo, de algún modo se enamoró de sí mismo.

P.: ¡Se tiene la impresión de que somos marionetas!
J-A Miller: No, entre tal hombre y tal mujer, nada está escrito por anticipado, no hay brújula, no hay relación preestablecida. Su encuentro no está programado como el del espermatozoide y el del óvulo; nada que ver tampoco con los genes. Los hombres y las mujeres hablan, viven en un mundo de discurso, es eso lo que es determinante. Las modalidades del amor son ultrasensibles a la cultura ambiente. Cada civilización se distingue por el modo en que estructura su relación entre los sexos. Ahora, ocurre que en occidente, en nuestras sociedades, a la vez liberales mercantiles y jurídicas, lo "múltiple" está en camino de destronar el "uno". El modelo ideal de "gran amor para toda la vida" cede poco a poco el terreno ante el speed dating, el speed living y toda una profusión de escenarios amorosos alternativos, sucesivos, incluso simultáneos.

P.: ¿Y el amor en su duración?, ¿en la eternidad?
J-A Miller: Balzac decía: "Toda pasión que no se crea eterna es repugnante".(3) ¿Pero el vínculo puede mantenerse toda la vida en el registro de la pasión? Cuanto más un hombre se consagra a una sola mujer, más ella tiende a tomar para él una significación maternal: tanto más sublime e intocable cuanto más amada. Son los homosexuales casados lo que desarrollan mejor este culto de la mujer: Aragon canta su amor por Elsa: cuando muere, ¡buen día a los muchachos! Y cuando una mujer se apega a un solo hombre, lo castra. Por lo tanto, el camino es estrecho. El mejor destino del amor conyugal es la amistad, decía en esencia Aristóteles.

P.: El problema, es que los hombres dicen no comprender lo que quieren las mujeres, y las mujeres, lo que los hombres esperan de ellas…
J-A Miller: Sí. Lo que es una objeción a la solución aristotélica, es que el diálogo de un sexo con el otro es imposible, suspiraba Lacan. Los enamorados están de hecho condenados a aprender indefinidamente la lengua del otro, a tientas, buscando las claves, siempre revocables. El amor, es un laberinto de malentendidos cuya salida no existe.

Entrevista realizada por HW

1) Zigmunt Bauman, El amor líquido, de la fragilidad de los lazos entre los hombres
2) Los sufrimientos del joven Werther de Goethe
3) Honorato de Balzac en La Comedia humana, vol VI "Estudios de las costumbres: escenas de la vida parisina"
Traducción: Silvia Baudini